Maradona en "modo político": así fue su faceta más contradictoria y que simbolizó la esencia de los argentinos

POLÍTICA Por Por Fernando Gutiérrez para Iprofesional
El ídolo celebró en la Casa Rosada con Videla y con Alfonsín, fue gran simpatizante menemista y luego militó la causa bolivariana, sin sentir contradicción

"Vale diez palos verdes, se llama Maradona", cantaba la hinchada de Boca allá por 1981, cuando el joven astro ascendía verticalmente a la condición de ídolo mundial. Y ya en aquella época quedaba en claro que Diego Armando Maradona trascendía por lejos la condición de futbolista destacado y rápidamente alcanzó el estatus de ícono cultural y también, a su modo, un personaje político. 

Para algunos, la expresión más acabada de lo que los argentinos pueden lograr, para bien y para mal: la gloria deportiva y el bochorno en lo personal. También el compendio de contradicciones a la hora de manifestar sus opiniones sobre temas de actualidad.

Pero, por supuesto, nada de eso importaba. Porque era Maradona, no sólo el mejor futbolista de todos los tiempos, sino un personaje carismático, rebelde, en quien las contradicciones y debilidades no hacían más que acentuar su condición de héroe trágico que no traicionaba su esencia y que sabía ganarse el amor de las masas.

Los gobiernos no tardaron en comprender esa situación. Maradona era un juvenil de 18 años que había quedado fuera del Mundial 78 porque César Luis Menotti creyó que no estaba maduro para soportar la presión, pero que un año después ya tenía fama global y se preparaba para ganar el mundial juvenil en Japón. Por su edad, le tocaba hacer el servicio militar, y el gobierno de Jorge Videla tenía que tomar una decisión al respecto: se decidió exonerarlo de las obligaciones de la colimba, pero a modo de compensación se le pidió asistir al regimiento, cortarse el pelo y vestir el uniforme militar solamente para la foto.

 

Esa utilización política sería la primera de muchas intentadas por gobiernos de diversa índole. Maradona posó sonriente con uniforme militar. Y cuando pocos meses después le ganó la final a la Unión Soviética, fue con sus compañeros a saludar al dictador Videla en la Casa Rosada, también previo corte de pelo. Ese día, el régimen militar aprovechó el fervor popular para canalizar el festejo deportivo hacia un acto de repudio a los enviados de organismos de derechos humanos.

Pero, a diferencia de lo que ocurrió con los ganadores del Mundial 78, que nunca lograron sacarse del todo el estigma de haber sido funcionales al esquema propagandístico de la dictadura, Maradona no sufrió una mancha. Tampoco cuando en plena guerra de Malvinas el gobierno de Galtieri quiso aprovechar la coincidencia del Mundial de España para darle mayor difusión a la postura argentina.

A esa altura, Maradona ya estaba acostumbrado a alternar con personajes del poder, tanto a nivel político como deportivo. Raúl Alfonsín también intentó contagiarse de su popularidad, una situación que tuvo su momento de mayor intensidad en el balcón de la Casa Rosada, cuando Diego llevó la copa del mundo lograda en México.

Por ese entonces, el plan Austral ya vivía sus primeras fisuras, y muchos criticaron que, mientras se realizaban los festejos por el Mundial, el equipo económico de Alfonsín aprovechaba para hacer un ajuste de tarifas, acaso con la ilusión de que pasaran inadvertidas por la euforia.

Mientras tanto, el gobierno intentaba aprovechar la figura del ídolo para apoyar políticas públicas, como una que años más tarde sería vista como una de las mayores ironías argentinas: en 1984, Diego protagonizó la campaña para que la juventud se mantuviera alejada de las drogas.

"Ho visto Maradona"

En esos días, Maradona evitaba pronunciarse explícitamente de temas políticos, aunque ya dejaba ver una veta profundamente rebelde y una gran intuición para ganarse la simpatía popular. En Argentina, se limitaba a expresar su deseo de que el pueblo pudiera superar las dificultades. Pero en Italia, sus opiniones fueron mucho más a fondo.

Maradona captó inmediatamente que en la nación peninsular existía una fuerte división entre el norte rico, liderado por las ciudades industriales de Milán, Turín y Génova (cuyos equipos, no por casualidad, siempre ganaban los campeonatos), y el sur agrícola empobrecido y decadente, con sus puntos destacados en Napoli y Sicilia.

Fue ahí que empezó la idolatría napolitana por Maradona, acaso más intensa que la que existe en Argentina. Maradona fue el primer deportista en afirmar en televisión nacional que los napolitanos eran discriminados y despreciados por el norte, y que merecían un mejor trato. Y, para coronar la simpatía que dejaron sus declaraciones, ganó el mítico "scudetto" por primera vez para Napoli.

La consecuencia de esa pasión napolitana fue bien visible en el mundial de Italia 90. En el partido semifinal Argentina-Italia, que se jugó en Napoli, el público local hinchó por Argentina, luego de que Diego se hubiese encargado de "calentar" el ambiente previo.

Al día de hoy, impresiona el culto napolitano a Maradona, que se expresa en murales, recuerdos de todo tipo y hasta un himno titulado "Ho visto Maradona" (Vi a Maradona)

Un símbolo de los 90 menemistas

Mientras tanto, en Argentina llegaba al poder el menemismo y su cambio político y cultural. Maradona fue parte central de esa movida. Millonario, ostentoso, triunfador, irreverente, transgresor y amigo de Marcelo Tinelli... su propia figura parecía encarnar todo lo que esa década de los ’90 significó para Argentina.

Ya sin inhibiciones para expresar simpatías políticas, Maradona apoyó explícitamente la reelección de Carlos Menem en 1995, luego de varias demostraciones de simpatía, que incluían la frase: "A Menem lo banco a muerte". Había llegado incluso a jugar un partido junto al presidente, que se daba los gustos de alternar con deportistas de primer nivel.

Lo extraño del caso es que el movimiento antimenemista lo tenía como ídolo y referente, y con frecuencia los artistas e intelectuales que se oponían a la cultura menemista trataban de acercarse al ídolo. Todo lo cual confirma que el carisma y atractivo de Diego era igualmente magnético para todos y que cada quien se formaba el Maradona que quería ver.

Para ese entonces ya era bien conocida la tormentosa vida personal del ídolo, que tenía un juicio por paternidad en Italia (que a la postre perdería), que tenía vínculos de amistad con la "camorra" (la mafia napolitana) y que tenía problemas con las drogas.

La escandalosa salida de Maradona del su último mundial, el de Estados Unidos 1994, generó una masiva corriente de simpatía por parte de multitudes que coreaban "Diego no se drogó, antidoping a Menem".

Pero no había dudas de que Diego sí se había dopado. De todas formas, fue en esos años que Maradona intensificó una militancia anti FIFA, que lo llevó a hacer duras críticas contra Joao Havelange y Joseph Blatter, al punto de llegar a conformar un sindicato internacional de futbolistas, que entre otras cosas se quejaban de los partidos se realizaran al mediodía en pleno verano, por exigencias de la televisación.

En esa Argentina tumultuosa de los ’90, Maradona prodigó amistad y apoyo apasionado a las figuras más contradictorias. Mostraba simpatía por la causa de los derechos humanos y se hacía amigo de varios artistas de izquierda. Pero también apoyaba al entonces ministro Domingo Cavallo, que estaba en una cruzada contra el empresario Alfredo Yabrán y “las mafias enquistadas en el gobierno”. Es recordada su foto con en un entrenamiento, vistiendo una remera con la figura del ministro y la inscripción “Gracias Mingo”.

Su gran enemistad política en los 90 fue con Eduardo Duhalde, entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, a quien Maradona veía como ideólogo del armado judicial por una causa de drogas que llevó a la cárcel a Guillermo Coppola, entonces representante y amigo de Diego.

El viraje al “eje bolivariano”

Ya en su condición de ex futbolista, Maradona no dejó de ser influyente ni perdió un ápice de popularidad. Aunque su aparición en los medios estaba más relacionada con problemas de salud y escándalos familiares que con el deporte.

Fue así que se llegó al verano del año 2000, en el cual estuvo cerca de perder la vida en Punta del Este por una crisis cardíaca. Fue allí que Diego tomó la decisión de someterse a un tratamiento de rehabilitación, que no estuvo exento de una visión política: desechó las ofertas de internación que le hacían, para instalarse en Cuba.

Nunca dio la sensación de que desde el punto de vista médico esa estancia fuera beneficiosa, pero a Maradona se lo veía feliz y a partir de allí empezó a imprimir una retórica de izquierda latinoamericana revolucionaria a sus opiniones. Se tatuó la imagen del Che Guevara en un hombro y la de Fidel Castro en una pierna, se hizo amigo del líder cubano y defendió a Cuba ante todos los micrófonos.

Mientras tanto, en Argentina, que recién empezaba a salir del desplome del 2001/2002, Maradona se limitaba a desear suerte al desconocido nuevo presidente que llegaba de Santa Cruz. "Ojalá que Kirchner sea Dios" dijo en una entrevista cuando le preguntaron que deseaba para el pueblo argentino.

Con el correr de los años, su adhesión al kirchnerismo se fue haciendo más explícita, y encontró su apogeo cuando asumió como director técnico de la Selección Nacional. La angustiosa calificación al Mundial de Sudáfrica 2010 se produjo en simultáneo con la utilización del fútbol como arma de propaganda política.

Fue así que Maradona, junto a Julio Grondona, acompañó a Cristina Kirchner en el lanzamiento del "Fútbol para Todos", en un recordado acto en el que la presidente comparó la privatización de las emisiones deportivas con la represión militar: "Nos secuestraron los goles, como antes hacían con las personas".

Maradona siempre expresó simpatía por la presidente, a quien felicitó por su arrollador triunfo en la reelección de 2011.

Ya fuera del cargo tras la derrota en Sudáfrica, Maradona continuó su carrera como DT en el exterior, que tuvo también una fuerte faz política, dado que el ex jugador se alineó por completo con el "eje bolivariano" y en particular con la Venezuela de Hugo Chávez. De los últimos tiempos, es recordada su participación de apoyo a Nicolás Maduro, envuelto en la bandera venezolana en una campaña que a nivel internacional se consideró espuria. Como devolución de favor, Maduro llegó a ofrecerle a Diego la dirección técnica de la selección "vinotinto".

Al mismo tiempo, disfrutó contratos de la TV pública argentina, como el que lo llevó a conducir, junto a Víctor Hugo Morales, el programa "De zurda" en el Mundial Brasil 2014.

Acaso la postura más coherente en una vida de contradicciones haya sido la actitud de Maradona hacia Mauricio Macri. Se llevó mal desde los días en que el heredero del emporio industrial se hizo presidente de Boca Juniors. De todas formas, aunque criticó su gestión, fue uno de los primeros en comprar un palco en la renovada Bombonera con sitio para espectadores VIP. Luego, ya con Macri en la Casa Rosada, su oposición fue furibunda y con cierto tono de antipatía personal.

Pero, más allá de opiniones, de contradicciones, de idas y venidas, Maradona siempre tuvo una línea inalterable a la hora de expresar sus convicciones: siempre eran fieles a su esencia, apasionadas, mucho más viscerales que razonadas, siempre buscando la confrontación. Y nunca pretendiendo ocultar que quien opinaba y se codeaba con presidentes era el mismo chico surgido de la humilde Villa Fiorito, aquel que desde su infancia intuía que iba a conquistar al mundo.

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