Un aprovechamiento político fallido que terminó en caos

ACTUALIDAD Por Por Sergio Crivelli para La prensa
Cuando se cree que ya no tiene más errores para cometer Alberto Fernández saca otro de la galera. Esta vez fue con el funeral de un ídolo popular. La extraña blandura de Rodríguez Larreta

En su primer año como presidente, Alberto Fernández, ha recorrido una insólita trayectoria de errores. Es difícil encontrar otro presidente que se haya equivocado tanto en tan poco tiempo. Los lamentables episodios del funeral de Diego Maradona no pueden ser cabalmente comprendidos, si no se los pone en ese contexto. 

Fernández asumió con un poder prestado por su vice y una delicada situación financiera, que se agravó por la desconfianza que la vuelta del kirchnerismo generó en los mercados. El resultado de su primer trimestre de gestión dio una muestra de lo que se venía: el PBI cayó más del 5%.

Pero a fines de marzo apareció el Covid y se le ocurrió usarlo para fortalecer un liderazgo inexistente. Decretó la cuarentena perpetua, una decisión que le daba centralidad al Estado, es decir al gobierno, es decir supuestamente a Fernández.

El producto fue pobre por decirlo suavemente: la cifra de muertos y contagiados lo puso en evidencia al pasar unos pocos meses.

Los errores siguientes fueron económicos. Explosión de subsidios para sectores pobres y empresarios no tan pobres. Todo a fuerza de emisión monetaria.

Resultado: en pocos meses pulverizó el peso, disparó el dólar y obligó a un fuerte ajuste ortodoxo que genera un audible rechinar de dientes en el kirchnerismo. Para peor, un ajuste de la mano del FMI.

En la base de estas decisiones equivocadas hubo tres elementos clave: improvisación, cortoplacismo e inoperancia.

Se cometieron errores injustificables como armar largas colas para pagar a los jubilados. Amontonamientos que violaban disposiciones básicas de la cuarentena y ponían en peligro a un grupo muy vulnerable. Se tiró por la borda al señor Vanoli de la ANSeS, pero el problema no era de funcionarios, sino de incompetencia en el vértice del poder, donde se tomaban decisiones de fondo sin calcular su instrumentación. Gobernar no consiste sólo en hacer declaraciones, sino trasladar lo que se dice a la práctica.

Otra decisión, la de distribuir dinero entre los sectores del conurbano más fieles al peronismo, también se demoró, porque calcularon mal el universo de beneficiarios. Ni regalar plata les salió bien.

En este marco se produjo la muerte de Maradona. La comparación con el uso político del velatorio de Néstor Kirchner era imposible de resistir. Pero otra vez la improvisación y incapacidad hicieron su trabajo.

Convocaron multitudes a la Casa de Gobierno, pero sin convencer previamente a la viuda de que les facilitara el cuerpo para una exhibición prolongada al servicio de las necesidades del gobierno. Ergo, el cadáver fue retirado sin que lo pudiera ver la multitud que habían convocado y la situación se desmadró.

La policía porteña dispersó violentamente a los revoltosos en la calle, pero las barras del conurbano, verdaderas asociaciones ilícitas, se adueñaron de la Casa Rosada. Un espectáculo entre surrealista y delirante. También un grave riesgo institucional, porque en ese momento estaban en el lugar el presidente y la vice (ver Visto y Oído).

La exculpación de Fernández fue más hilarante que de costumbre: “Debimos haber previsto la presencia de barrabravas. Confiamos en la conciencia social”. Traducido: los que cometen delitos son los delincuentes, nosotros no tenemos ninguna responsabilidad; además somos optimistas respecto de la naturaleza humana. El problema claramente no es Frederic.

Su segunda reacción fue denunciar penalmente al gobierno porteño por la represión de los barras. Pero en este punto lo sorprendente no fue la chicana presidencial, sino el silencio de Horacio Rodríguez Larreta: Mandó a contestar a su vice, Diego Santilli, que digirió el ataque oficialista sin inmutarse.

Rodríguez Larreta ha sido blanco de varios actos hostiles del gobierno: la poda de dos puntos de coparticipación, los ataques a su ministra Acuña, etcétera. Siempre eludió el choque. Como estrategia llegó a un punto que ya cuesta creer que lo sea. Más aún, genera naturalmente la sospecha de que en su vínculo con Fernández hay algo que los ciudadanos de a pie ignoran.

Lo único que funciona es el gobierno de Alberto es Cristina Kirchner. No habla, actúa. Su objetivo no es bajar el dólar, la inseguridad, la inflación o los contagios, sino resolver su situación judicial y a eso se aplica sin pausa.

El viernes consiguió dar el primer paso para nombrar un procurador general a su paladar. Fernández había hecho una patética resistencia defendiendo a su candidato, Daniel Rafecas, pero carece de volumen para hacerle frente. Es muy probable que finalice el año con la nueva ley de la procuración y la reforma judicial sancionadas. Sergio Massa tampoco es rival para ella, aunque sus periodistas allegados propaguen esa especie fantástica. La vice aprieta el acelerador, porque sabe que los errores de Fernández no pueden prolongarse de manera indefinida.

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