¿Qué puede esperar América latina de Joe Biden?

OPINIÓN Por Emilio Cárdenas
La primera diferencia es que, previsiblemente, los EEUU dejarán de lado la política de aislacionismo que caracterizara, genéricamente, a toda la política exterior de Donald Trump

Más allá de las débiles impugnaciones judiciales que el derrotado Donald Trump lleva adelante respecto de los recientes resultados electorales que consagraron a Joe Biden como presidente electo de los Estados Unidos, es hora ya de comenzar a tratar de anticipar cuales pueden ser las pautas generales en materia de política exterior con las que el próximo presidente del país del norte se moverá, particularmente respecto de nuestra región. 

La primera diferencia es que, previsiblemente, los EEUU dejarán de lado la política de aislacionismo que caracterizara, genéricamente, a toda la política exterior de Donald Trump. Dicho de otro modo, es bien probable que los EEUU vuelvan a transitar el camino del multilateralismo y el del diálogo, especialmente con sus aliados más cercanos.

    Esto se confirma con las probables designaciones de Antony Blinken como Secretario de Estado, y de Linda Thomas-Greenfield, como Representante Permanente ante las Naciones Unidas.

    Blinken es un conocido multilateralista, que lleva ya dos décadas asesorando al presidente electo en materia de política exterior, habiendo sido su asesor en seguridad nacional. Educado en Francia, cuando joven, tiene experiencia en un tema particularmente delicado para los norteamericanos: el de la inmigración, que será uno de sus primeros y más difíciles retos, supuestamente. Previsiblemente, conducirá el regreso de los EEUU al Acuerdo sobre Cambio Climático y a la Organización Mundial de la Salud. En nuestra opinión sería una excelente designación. Fue el número dos de la Secretaría de Estado norteamericana entre el 2015 y el 2017, bajo la presidencia de Barack Obama. A los 58 años, ahora lo encabezará, sustituyendo al saliente Mike Pompeo, cuyo desempeño transcurrió sin mayor pena, ni gloria. 

    Pero el cambio de actitud diplomática probablemente no será un proceso vertiginoso. Nuestra región, desde hace décadas ya, no es ciertamente una prioridad para los EEUU. Por ello, los primeros pasos seguramente apuntarán a tratar de contener la pandemia del coronavirus que, desatendida que fuera por un buen rato, se ha extendido muy fuerte en todos los rincones de los EEUU. Otros temas calientes, como los de Afganistán, Irán, China y Medio Oriente requerirán previsiblemente también una atención más urgente que lo que tiene que ver con nuestra región. Lo que no es una novedad.

    El tono de las conversaciones que conduzca la próxima administración norteamericana será seguramente mucho más amigable y el ámbito –en general- algo más amable. Los temas ambientales, cabe anticipar, recuperarán la importancia perdida en los últimos tiempos. La promoción económica de los países centroamericanos será probablemente vista como la mejor manera de contener los actuales flujos migratorios, alimentados por la pobreza crónica y la alarmante falta de oportunidades que existe en los países de origen de los migrantes.

    Los temas que tienen que ver con la vigencia efectiva de los derechos humanos estarán, desde el vamos, incluidos en la agenda corta y permanente de las conversaciones externas norteamericanas. Esto puede, obviamente, impactar especialmente en todo lo relativo a Brasil, Honduras y El Salvador. Pero Venezuela y Cuba dejarán, en consecuencia, de ser una suerte de monotema en el diálogo con los países de la región. 

    Los EEUU no dejarán, por lo antedicho, de preocuparse por la constante acción regional del peligroso “trío” conformado por Cuba, Nicaragua y Venezuela y por todo lo que significa su creciente cercanía (hasta militar) con países como China, Rusia e Irán. Ni por la siempre peligrosa y sospechosa acción del narcotráfico, especialmente de aquel que está aparentemente vinculado con algunos de los más altos líderes de los tres países ante aludidos.

    La necesidad de proteger la Amazonia seguirá siendo una prioridad, pese a que lo cierto sea que ese es un tema propio del Brasil y que nadie tiene derecho adquirido a inmiscuirse en el mismo, sin ser llamado por el propio Brasil, país soberano respecto de la parte del Amazonas que está dentro de su indiscutible integridad territorial. 

Pero el derecho de las naciones a opinar respecto de las preocupaciones externas que los intranquilizan tampoco puede cercenarse. Menos aun, cuando el impacto de lo que sucede dentro del Brasil se proyecta adversamente más allá de su territorio. 

Algo parecido ocurrirá probablemente respecto del azote de la corrupción. 

Si el diálogo entre los EEUU y Brasil no resulta positivo, los EEUU podrían perder una buena dosis de su actual capacidad de influencia en América Latina. Particularmente si la muy notoria afinidad personal que ha existido entre los presidentes Donald Trump y Jair Bolsonaro de pronto desaparece del ambiente y provoca un clima frío.

Las dictaduras    
Respecto de Cuba, es posible que la nueva administración norteamericana vuelva a permitir las transferencias familiares de dinero hacia Cuba. La isla está hoy sumida en la mayor pobreza. Esto, no por la interrupción de esa ayuda externa, sino porque el marxismo económico fracasa siempre, según nos enseña repetidamente la historia, incluyendo la todavía reciente de la Unión Soviética que, como es hoy obvio, terminara en un colapso tan devastador, como estrepitoso e inocultable. 

No sería, por lo demás, demasiado sorpresivo que los EEUU y Cuba reestablecieran de pronto sus relaciones diplomática a nivel de embajadores.

    Venezuela, hoy colonizada realmente por Cuba, que increíblemente vive succionando constantemente sus recursos económicos, será probablemente el tema en el cual los EEUU estén más activos respecto de nuestra región. 

Lo cierto es que Nicolás Maduro está hoy bastante más firme en el timón de poder que cuando Donald Trump, en su momento, iniciara su gestión presidencial. Juan Guaidó, en cambio, mucho menos. 

Puede haber entonces un cambio de estrategia respecto de Venezuela. Aunque esté bien claro que Nicolás Maduro ha cometido y sigue cometiendo toda suerte de aberrantes crímenes de lesa humanidad contra su propio pueblo, por lo que en algún momento deberá responder, por supuesto. Como ellos son imprescriptibles, el paso del tiempo no borra este riesgo que acompañará naturalmente a Nicolás Maduro toda su vida.

    Por el momento al menos, estas parecieran ser las principales reflexiones genéricas preliminares que cabe hacer sobre las que, de pronto, puedan ser las pautas de acción en materia de política exterior que adopte la próxima administración del Partido Demócrata de los Estados Unidos, que está ya muy cerca de recuperar efectivamente el poder, un claro ejercicio de esa magnífica alternancia política pacífica que caracteriza, desde hace muchos años ya, al aún poderoso país del norte.
 
Por Emilio Cárdenas para La Prensa

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