Maradona, el economista

ECONOMÍA Por Por Martín Tetaz para Nuevos papeles
Visto desde un dron, en el segundo gol a los ingleses, Maradona es una flecha que gambetea cinco ingleses al hilo, casi sin salirse de su trayectoria recta al arco.

O al menos eso es lo que quedó en la memoria de Mervyn King, el Gobernador del Banco de Inglaterra que en una conferencia dictada en 2005 ejemplificó el modo en que funciona la política monetaria actual, con la estrategia del diez. 

Resulta interesante que número uno del Banco Central reconozca como saldado el debate sobre las causas de los aumentos sistemáticos y sostenidos en los precios, teniendo en cuenta que estamos hablando de una economía que a mediados de los 70s tuvo 24% de inflación anual y que recién consiguió estabilidad de precios en los 90s.

El economista arranca su conferencia diciendo que se da por descontado hoy que en el largo plazo no hay factores microeconómicos, como los costos (insumos dolarizados y salarios, agrego yo), que afecten el nivel de precios, que está completamente determinado por la política monetaria. En el corto plazo, reconoce King, hay fricciones; las empresas no cambian los precios a cada minuto y las paritarias no se negocian todos los días, del mismo modo que muchos contratos no pueden ser revisados hasta que expiran.

Imaginemos, parafraseando al Gobernador, que el Banco Central pudiera controlar la inflación de manera instantánea, anticipándose a los aumentos de nominalidad y reaccionando, con subas en las tasas de interés, cada vez que pronostique que de no hacer nada, subirían la mayoría de los precios. Las empresas y las familias aprenderían a esperar que no hubiera inflación en absoluto, anticipando la acción de la autoridad monetaria.

Eso es exactamente lo que hizo Maradona en el gol más famoso del mundo; no lo hizo con los pies sino con la cabeza, anticipando el razonamiento de los jugadores que se le cruzaban esperando el cambio en la trayectoria, la gambeta de arrabal, el zigzag. Sin embargo, ahora que apareció la filmación tomada desde una cámara que estaba detrás del arco de Peter Shilton, podemos comprobar que el prestigioso académico fue el sexto inglés en comerse el amague porque Maradona, luego de girar sobre sí mismo, encara primero hacia su lateral derecho, luego engancha hacia adentro cuando le sale Butcher y vuelve a inclinarse hacia su pierna de palo para esquivar a Fenwick.

Luego sí, el trayecto final entre la puerta del área grande y la línea de cal que delimita el barrio íntimo del arquero es un tanque en línea recta que esquiva al golero ganándole una guerra de anticipación mental. En rigor, toda política pública debe diseñarse teniendo en cuenta la reacción de los actores; sea la política monetaria o la sanitaria, sea la política fiscal o la organización de un velorio popular.

Robert Lucas, premio Nobel de Economía criticaba a los econometristas que hacían proyecciones sobre el impacto de las distintas medidas del gobierno basados en datos históricos, por la misma razón, porque muchas veces esas estimaciones no tenían en cuenta que la gente reaccionaría a los anuncios, cambiando su conducta.

En ese sentido, cuando un presidente le echa la culpa a la gente por el pésimo resultado de la cuarentena, se pone en el mismo lugar que el ministro de economía cuando decía “Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”. Está claro que sin gente que salga a la calle el virus se propaga menos, del mismo modo que sin compradores de dólares, la demanda de dinero es más alta y la inflación más baja.

Pero la gente existe y es parte del problema, no en el sentido de la responsabilidad, porque no se le puede echar la culpa a la gente de ser gente, sino en el sentido de que no se puede esperar que los actores se comporten como le gustaría al hacedor de la política.

La ventaja es que en muchos casos el comportamiento promedio resulta previsible. Si el gobierno promueve una ceremonia en la que espera un millón de personas, pero tramita 3.600 por hora, no se necesita un matemático sofisticado para darse cuenta de que a medida que nos acercamos al cuello de botella se produzca un estallido. Es curioso sí, que no explote antes.

En los modelos que suponen agentes con expectativas racionales, todo el mundo se da cuenta que quedará mucha gente afuera a las 8 de la mañana; no es necesario esperar a que se cierren las puertas o se corte la cola.

En la práctica, la gente no anticipa tantas jugadas, hay incertidumbre por ejemplo sobre cuanta gente realmente hay, a qué velocidad mueve la fila o si la familia extenderá el horario, permitiendo que más gente se despida. Sobre llovido, con el paso de las horas se acumulaba el alcohol en sangre de muchos y en equilibrios delicados basta que un puñado desespere para que se produzca la estampida.

Lo mismo ocurre con la cuarentena: el comportamiento social se relaja con el paso del tiempo; no se trata de un error, un problema idiosincrático o una falta de voluntad individual: es la consecuencia de la devaluación de la política sanitaria, que se desgasta con el abuso, como si el gobierno emitiera los días de cuarentena uno detrás del otro, sin límite, incluso sin respaldo en ningún dato.

El denominador común de todo lo que pasó este año, de la inflación y de las muertes por Covid, de la devaluación de la moneda y el descontrol de la calle, es el fracaso del Estado para gestionar políticas que tomen como dato, el comportamiento de la gente. Más general incluso; políticas basadas en la discreción de una elite que no está preparada y que gestiona de espalda a los datos.

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