El kirchnerismo va en busca del control total del Congreso

OPINIÓN Por Claudio Jacquelin
Impulsar la suspensión de las PASO fue el puntapié inicial del partido que ya se está jugando con la mira puesta en alcanzar la mayoría propia en la Cámara de Diputados, último reducto que aún presta resistencia a las iniciativas del cristinocamporismo
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Una semana antes de que se cumpla el sufrido primer año de gobierno, el oficialismo puso en marcha el plan para allanar el tránsito de los tres años que le quedan de mandato. El objetivo es asegurarse el control total del Congreso y desactivarle a la oposición su acotada capacidad de negociación (o bloqueo). Hegemonías en marcha. 

A pesar de la crisis, que en 2021 los argentinos seguiremos sufriendo aun si se cumplieran los más optimistas pronósticos, el Frente de Todos cuenta con altas chances de concretar su propósito. Una perspectiva que ya está produciendo alteraciones a los dos lados de la grieta. El oficialismo acelera, mientras la oposición se inquieta, se exaspera y se despereza.

La escena que el Gobierno construyó con los gobernadores la semana pasada para impulsar la suspensión de las PASO fue el puntapié inicial del partido que ya se está jugando. La apertura oficial del calendario electoral se produjo junto a la cesión de recursos (directos e indirectos) a provincias asfixiadas por la caída de los ingresos y, en muchos casos, con deudas en dólares ya en default o en vías de estarlo. Las urgencias pueden hasta con las promocionadas veleidades independentistas del cordobesismo gobernante. Nada nuevo.

La mira está puesta en la Cámara de Diputados, el único ámbito donde el oficialismo ha encontrado algunas dificultades para que avanzaran algunos de sus proyectos, que obligaron a concesiones a bloques menores en pos de alcanzar el quorum y lograr los votos para aprobar las iniciativas. Sobre todo, las que el cristicamporismo quieren imponer y se ve obligado a negociar. Procesos contra natura.

La urgencia tiene lógica. La alteración (o manipulación) del cronograma se aconseja iniciarla antes de que comience el año electoral propia dicho. Por cuestiones de fondo, pero, fundamentalmente, de forma. Para eso solo se requeriría de una leve aceleración al inusual ritmo vertiginoso que le han impreso Máximo Kirchner y su bancada a la actividad legislativa.

Sin embargo, la coincidencia entre los distintos brazos del oficialismo sobre el propósito superior de controlar el Parlamento todavía no tiene correlato en los aspectos operativos y menos aún respecto de la suspensión de las primarias obligatorias. Cada línea interna evalúa costos y beneficios. Los conflictos de intereses también se dan dentro del espacio nacional y popular.

El albertismo nonato de gobernadores e intendentes tiene alguna disonancia interna frente a esta cuestión. Los conservadores caciques provinciales podrían tener aquí puntos coincidentes con la progresía cristicamporista. En cuestiones electorales todo depende siempre de quién tenga el control de la lapicera.

Los intendentes del conurbano, con la excepción de Martín Insaurralde (que siempre tiene sus propias apuestas), están levantando muros para resistir el asalto de La Cámpora a sus distritos. Por lo pronto, se ufanan de haber obturado un intento de Máximo Kirchner de tomar el control del PJ provincial. A veces las guerras empiezan por el motivo más fútil. Otra entidad tiene la batalla para permitir la rereelección de los jefes comunales. Nadie quiere llegar a las elecciones de medio término como pato rengo o con el boleto picado.

La confección de las listas bonaerenses de diputados nacionales es, entonces, decisiva. Allí se librará otra vez la disputa crucial, efectiva y simbólica. El desequilibrio en la Cámara baja a favor del oficialismo puede lograrse allí sin depender mucho de otros resultados.

La oposición de JxC pondrá en juego 60 bancas (casi la mitad de las que tiene) obtenidas en todo el país en la mejor elección de su historia: la de 2017. La cuarta parte de esos escaños por renovarse son de la provincia de Buenos Aires. Allí la lista cambiemita se impuso con el 42,15% frente un peronismo partido en tres. El kirchnerismo obtuvo 36,28%; el massismo, el 11%, y el randazzismo (cuyo jefe de campaña era un tal Fernández, Alberto) sacó el 5,20%. Otra era. Todos hoy son oficialistas.

Ante a esos números, la conclusión resulta ineluctable: el piso del peronismo unido está bastante por encima del techo de la oposición. Ni hablar si esta tienen alguna fisura. Menudo desafío para Juntos por el Cambio. Por eso ya empezó a analizar candidatos para encabezar la lista bonaerense. Contra sus deseos, todas las fichas están puestas en María Eugenia Vidal.

Las discusiones dentro del oficialismo respecto de la conveniencia de suspender las PASO cesan, entonces, cuando se evalúa el impacto negativo que podría tener para los cambiemitas. Casi lo mismo sucede cuando se considera el beneficio que reportaría al Gobierno no tener tests electorales antes del último trimestre, cuando esperan que algo de la recuperación económica anunciada pueda empezar a percibirse en la calle.

Los antecedentes indican que las PASO operan como una primera vuelta y que los votos que obtienen en esa instancia las fuerzas menores tienden a reducirse en las generales en beneficio de las listas dominantes del espectro político más cercano. Su suspensión incrementa la amenaza electoral que los libertarios podrían entrañar para JxC. En el oficialismo lo saben bien. Y están dispuestos a ayudar (directa o indirectamente) a los enemigos de sus enemigos. Ya los empezaron a mirar amistosamente.

Muchos analistas sostienen que las elecciones de medio término no predeterminan, necesariamente, el escenario para las elecciones presidenciales. Pero sí pueden condicionarlo, además de ayudar a consolidar futuras candidaturas e incidir en el perfil que adopte cada fuerza. Un gobierno con el control del Congreso suele tener más chances de llegar mejor parado a una elección que una oposición sometida a un rol testimonial.

Nubes sobre la oposición

Esa es la discusión que ya atraviesa a JxC. Los cuestionamientos que respecto de Horacio Rodríguez Larreta planteó la presidenta de Pro, Patricia Bullrich, en la entrevista publicada ayer en LA NACION, tienen ese trasfondo.

Justo cuando el gobernante porteño padece las más dura y efectiva embestida oficialista, Bullrich lo acusó por su actitud dialoguista (colaboracionismo bobo, dice el subtexto). También puso en duda la viabilidad de su proyecto presidencial, además de sembrarle la cancha de potenciales candidatos, entre los que ella se incluye.

Bullrich argumenta que no ha hecho más que reafirmar el perfil opositor del espacio para evitar fugas de los votantes más antikirchneristas hacia las filas de los libertarios. En el ala moderada del Pro y en algunos dirigentes del radicalismo causaron estruendo sus palabras. Tanto como el silencio al respecto del padre fundador del espacio. La hiperactividad política de Mauricio Macri en los últimos meses ya despierta suspicacias.

Tal vez, Bullrich no sea la única que evalúa (o apuesta a) que los problemas del jefe de gobierno tenderán a ahondarse. El recorte de los fondos nacionales impuesto por decreto y por ley no sería el último ataque a sus ingresos: una iniciativa del kirchnerismo para sacarle a la ciudad los ingresos del juego está en marcha. Un plan de acoso y derribo que contaría con la asistencia sindical,

El ajuste en las cuentas que deberá hacer podría derivar en una alta conflictividad sindical y social. El clan Moyano ya se pintó la cara. Los gremios de maestros y de trabajadores de la salud, que tienen una imagen un poco menos negativa que la de la familia camionera, no se cuentan precisamente entre los amigos de Larreta.

De todas maneras, todavía quedan por atravesar algunas semanas intensas para todos antes de cerrar el calamitoso 2020 y entrar en el año electoral y de la esperada recuperación.

El tratamiento del proyecto de legalización del aborto el jueves próximo, justo cuando se cumplirá un año de gobierno de Fernández-Kirchner, tiene en alerta a toda la dirigencia. El calor de los debates en Diputados puede resultar tibio comparado con lo que ocurra en la calle, donde se movilizarán los verdes partidarios del proyecto y los celestes que se le oponen con igual fervor. La seguridad estará a cargo del gobierno porteño. Otro desafío mayúsculo para Larreta.

Poco después, cinco días antes de la Navidad, el gobierno nacional tendrá que vérselas con las fuerzas partidarias, sindicales y sociales de izquierda que marcharán a la Plaza de Mayo, en demanda de asistencia y cambios de políticas. Los calores de diciembre empiezan a anunciarse. Habrá que transpirar para llegar a las elecciones.

Claudio Jacquelin para La Nación 

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