Presidentes vicarios

POLÍTICA Por Por Sergio Crivelli para La prensa
En sus 75 años de existencia el peronismo ha tenido tres momentos en los que su líder no tuvo acceso a la presidencia por distintas causas. En dos, la improvisación de un presidente delegado o vicario terminó mal. La tercera está en curso.
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En 1958 su fundador estaba proscripto. Llegó a un acuerdo con Arturo Frondizi que ingresó a la Casa Rosada con votos prestados. Apenas se instaló, Perón comenzó a hostigarlo y finalmente fue desalojado por la fuerza en 1962. Primer presidente por delegación liquidado. 

Para las elecciones de 1973 el PJ estaba habilitado, pero a los candidatos se les puso como condición que residieran en el país a partir del 25 de agosto del año anterior. Perón no aceptó esa condición y puso de candidato a Héctor J. Cámpora, que ganó el 11 de marzo del 73. Cuando Perón volvió al país el 20 de junio los Montoneros lo estaban esperando en Ezeiza. Los sindicalistas los corrieron a tiros y Cámpora se tuvo que ir a su casa después de 49 días de caos, violencia y desgobierno. Segundo presidente delegado liquidado.

Cuarenta y seis años más tarde, en 2019, Perón había muerto, los militares como factor de poder, también, y un presidente democráticamente electo en comicios sin proscripciones llegaba a completar su mandato, a pesar de la crisis económica exacerbada por el posible retorno del peronismo al poder. Su líder indiscutible, Cristina Kirchner, creía no sin fundamento que no podía ganar las elecciones y recurrió al manual peronista para resolver su problema. Así surgió la insólita candidatura de Alberto Fernández.

Pasó otro año y Cristina Kirchner no está conforme con la gestión de Fernández, algo razonable porque es muy mala. Exige cambios en el gabinete, una política económica populista y la intervención de la Justicia para aliviar su delicada situación penal. Es la que pone los votos y se cree en posición de hacerlo. Teme una derrota en 2021 que significaría el último clavo en el ataúd de su esperanza de librar de procesos judiciales ya muy avanzados.

Fernández hace esfuerzos patéticos por simular autonomía y los medios hablan de una interna que en realidad no existe, porque no hay equivalencia entre el presidente y su vice. La primera no tendrá la "lapicera", pero tiene la certeza de que por este camino su gobierno, el que ella armó para sobrevivir, acabará derrotado.

La cuestión clave es la marcha de la economía. La vicepresidenta quiere que Fernández abandone cualquier intento de ajuste y "ponga dinero en el bolsillo de la gente", algo que hicieron su difunto marido y ella durante 12 años. Pero las condiciones no son las mismas y hacerle caso equivaldría a echar nafta al fuego de la crisis.

No se trata de cambiar de ministros, sino de elegir entre la lógica económica y la lógica electoral. La primera puede derivar en la derrota del oficialismo y la segunda, en una crisis inflacionaria.

A esto se suma la crisis política generada por un presidente con un muy estrecho margen de maniobra. El "factor unidad" del peronismo juega poco en este escenario. La experiencia histórica demuestra que al peronismo lo maneja un líder, no un soviet. No importa cuántos años pasen.

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