Anticipo de un país feudal: la república murió en las provincias

OPINIÓN Por Sergio Suppo
El kirchnerismo se apropió de los beneficios que le reporta el sistema feudal en las provincias
24-feudo

El modelo terminado no estaba en el escenario de La Plata. No hacía falta, no era necesario mostrarlo; mejor dejarlo perdido en esa ignorada inmensidad que es el país de las provincias. Que se tratara de un mimo a Axel Kicillof por su primer aniversario de la gobernación bonaerense funcionó como una buena excusa para no invitar a los demás gobernadores. Ellos son, al fin, el verdadero destino final del proyecto político de Cristina Kirchner y su anunciada sucesión política. 

Detrás del relato y de las batallas culturales que tanto enamoran a cierta autopercibida progresía que nunca antes había acertado un número en la rifa política del país, debajo de los discursos de unidad continental y del amor por la épica bolivariana, se esconde un modelo que tiene poco de izquierda y nada de democrático.

El kirchnerismo llegó para beneficiarse de un viejo método político que destruye el sistema republicano desde su base, en cada provincia. Y ya no permite que ningún gobernador rompa el coro y se proyecte como presidenciable.

El país feudalizado solo se hace visible en el escenario político cuando se rompe algún engranaje del sistema feudal que lo maneja.

El mismo Néstor Kirchner instrumentó con rigor un modelo que cuando él llegó a gobernar Santa Cruz, el 10 de diciembre de 1991, ya tenía un notable desarrollo en otras provincias.

Ese país interior, lejano y desconocido para el 40 por ciento de quienes conviven entre la ciudad de Buenos Aires y el colapsado conurbano, solo se hace visible en el escenario político cuando se rompe algún engranaje del sistema feudal que lo maneja.

Un asesinato perpetrado por algún hijo del poder; el exotismo de algún estadio o autódromo nuevo rodeado de ranchos sin cloacas, agua ni electricidad; un ahogo financiero que detona conflictos; una extralimitación muy grosera en la permanente supresión de libertades; la exposición de bandas narcos que rompen las estadísticas con sus crímenes. Algo extraordinario debe ocurrir para que alguna provincia se convierta en noticia por algunos días.

Dato para gente preocupada: la república ya no vive en casi ninguna provincia. En el mejor de los casos, en algunas se guardan mejor las formas o todavía resisten frenos institucionales para las hegemonías.

Por ejemplo: solo Mendoza y Santa Fe no reformaron sus constituciones para permitir reelecciones consecutivas. Hasta cierto punto, eso impidió enraizar sistemas unipersonales de mando por demasiado tiempo. Otro caso: Córdoba, tan admirada por el macrismo, tiene un sistema judicial dominado en plenitud por el peronismo, que gobierna la provincia desde 1999 por intermedio de solo dos dirigentes.

Hay, por cierto, situaciones más críticas. Y son amplia mayoría en las que el feudalismo completa todos los requisitos.

A saber:

Reelección indefinida o sucesión dentro de una misma familia.
Poder Judicial limitado a investigar y condenar ladrones de gallinas (siempre que el acusado no sea amigo del poder).
Alineamiento sin condiciones con el presidente de turno a cambio de mantener su propio territorio a salvo.
Ninguno o muy pocos medios de comunicación con posibilidades de expresarse libremente.
Un selecto e impenetrable club de contratistas del Estado dominado por el gobernador.
Espionaje policial a opositores para garantizar el chantaje.
Niveles de pobreza y de fragmentación social congelados y sin posibilidades de recuperación.
Servicios esenciales, como salud y educación, en permanente precariedad, con excepciones cada vez más escasas de centros con algún nivel de excelencia.
El cuadro se completa con dos datos socioeconómicos: escasa actividad privada y abrumadora mayoría de empleados públicos.
Un repaso por estos puntos y su comparación con la realidad metropolitana permitirán encontrar que las diferencias no son grandes ni las distancias tan largas. Parte de lo que falta son objetivos explícitos del oficialismo. Por caso, el sometimiento de la Justicia, el desprecio y los intentos de subordinar al periodismo o el desinterés por la educación.

Paso a paso, el modelo final del país se parece bastante a las miniargentinas sumergidas en el atraso y la ausencia de normas. La alegre y cómoda liga que gobierna el país interior dividido en parcelas anticipa el camino.

Sergio Suppo para La Nación
Ilustración: Alfredo Sabat

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