El tren a Mar del Plata y una negociación a toda máquina

ECONOMÍA Por Por Silvia Naishtat para Clarin
En el interior, a los productores les brota la bronca desde las entrañas por la torpeza del Gobierno al cerrar las exportaciones de maíz.
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En su imprescindible “Mar del Plata, el sueño de los argentinos” (Edhasa, 2019), Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza cuentan dos acontecimientos que marcaron el inicio del veraneo en esa ciudad que nació como símbolo de la consagración social: el arribo del tren, en 1886, y la apertura del Bristol Hotel, en 1888. El viernes 7 de enero de 1888 el Ferrocarril del Sur llevó, precisamente a la inauguración del Bristol, a Carlos Pellegrini entre otros ilustres. 

El trayecto de 404 kilómetros duraba 10 horas, con paradas intermedias, alojamientos de primera y un vagón exclusivo para caballos. Era un viaje a toda orquesta. Luego vino la estatización en 1951 con Perón y El Marplatense, traccionado por la locomotora Justicialista de fabricación nacional, arribaba a destino en “4 horas y un ratito”. Con Menem, en democracia y en silencio, se desarticuló el ferrocarril en lo que, a juicio del economista Carlos Leyba, fue un golpe al corazón industrial. El tren a Mar del Plata demora hoy casi tres horas más que 70 años atrás.

Esa es la metáfora para explicar Argentina que recorre las escasas reuniones en Punta del Este que, desde hace varios meses, se convirtió en refugio de una parte de la elite empresarial.

“El mundo está en una situación penosa, pero se ve una luz. Todo lo que escucho sobre el país es pesimismo”, soltó uno de esos empresarios quien, lejos de soltar amarras, dice estar en contacto con Gustavo Béliz, Daniel Arroyo, Jorge Argüello y Guillermo Nielsen, los interlocutores hacia el interior del Gobierno.

En el interior del país, en cambio, a los productores les brota bronca desde las entrañas. Los precios internacionales por tasas bajas, dólar débil, sequía en Argentina, mayor demanda y un enorme flujo de fondos especulativos están alcanzando niveles impensados. Pero la torpeza de cerrar exportaciones de maíz sacó a las trincheras a los llamados autoconvocados. “Prohibido rendirse”, es la consigna que circula de boca en boca.

Lo que sucede con el maíz es que la industria procesadora paga a los 42 días, justo lo que tarda en convertirse un pollito bebé en pollo y con cheques de tercero que prolongan esos plazos. Si el maíz es puesto en manos de los exportadores, la liquidación no demora más de cinco días. Hay maíz de sobra de la vieja cosecha para suplir las necesidades de un millón de toneladas mensuales para cerdos, pollos y feedlot. A Jorge Neme, desde Cancillería, se le ocurrió activar un mecanismo vía las sociedades de garantía para igualar los plazos de pago de la industria con los exportadores.

El ministro de Agricultura, Luis Basterra, que suele jugar partidas interminables de ajedrez con algunos de sus colaboradores, se mantuvo en contacto con Jorge Chemes, el presidente de CRA, con quien coincidió en la Cámara de Diputados cuando Chemes era legislador por la UCR. También, con Matías de Velazco el titular de la combativa Carbap.

En esas conversaciones urgentes, con intención de frenar el paro del próximo lunes, se reflotó la idea de un acuerdo de precios y abastecimiento entre privados. A todos los cobija el Consejo Agroindustrial. Desde otros lugares del Gobierno deslizan que hay dos zanahorias: se levanta la restricción al maíz y el proyecto de ley del Consejo Agroindustrial se trataría en Extraordinarias. Suena difícil.

Claro que en el campo rigen otras reglas. Un ejemplo: pese a las sonoras críticas a las compensaciones prometidas por las retenciones a la soja, a su cobro no renunció ninguno de los dirigentes. Hubo una excepción; Gabriel Delgado, quien, tras sonar como ministro y su fugaz paso como interventor en Vicentin, regresó a sus pagos para producir soja.

Donde también están surgiendo problemas es con los frigoríficos. China concentra la demanda exportadora y está retaceando los pagos. Y, sobre todo, bajando los valores. Firmas como las brasileñas Marfrig, o Minerva, la dueña de Swift y la argentina Gorina han puesto el grito en el cielo. A eso se suma que desde el Gobierno les están pidiendo cortes baratos para defender la mesa de los argentinos.

Eso sí, nadie piensa en nafta barata. En YPF se respira cierto alivio, pero por otro motivo. Es gracias a la defensa encarada por el gobierno de Macri en el juicio que el fondo Burford sigue en Nueva York. Curiosamente, Carlos Zannini siguió al pie de la letra la estrategia de su antecesor y se cree que la decisión de la jueza Preska de citar a declarar a los Eskenazi implica un giro para una demanda multimillonaria contra el Estado argentino.

Sería aire fresco para la petrolera, que aún no se recuperó de la caída de ventas de combustible que llegó al 80% en abril y que además de la torre Pelli ha decidido vender otros activos.

Hay quienes apuestan que en 2021 veremos más transacciones como la de Edenor, que sacó a la superficie a Mauricio Filiberti, quien, con Transclor reina en el negocio del cloro y en plena pandemia invirtió US$ 40 millones en una de sus plantas y hasta tiene flota de aviones gracias a Patagonia Jet comprada al fallecido Luis Nofal. Dicen que estuvo a punto de vender sus empresas. Al final, se sumó a la dupla Manzano-Vila para quedarse con la mayor distribuidora eléctrica.

Por cierto, las suspicacias que aún genera esa operación se extendieron a la construcción, que el Gobierno observa como salida a la crisis. Entre esos empresarios, tan familiarizados con el capitalismo de amigos, surge una inquietud: las constructoras chinas están en línea de largada para obras de envergadura.

Cuando se consulta a Guillermo Oliveto sobre qué nos espera, el oráculo del consumo masivo señala que hay varios 2021 posibles en función de la pandemia, la devaluación y el acuerdo con el FMI: “Será un año complejo, pero con experiencia acumulada y meses de mucho ruido”.

-¿Qué aconseja entonces a sus clientes?- se le pregunta.

-Prudencia y flexibilidad. Venimos de la peor caída de PBI de la historia y el tema será cómo se deja de perder empleo. Hay que considerar que el mundo vivió una recesión sincronizada y que la austeridad pasó a ser un valor de época. El consumo seguirá sufriendo.

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