Alberto Fernández ató definitivamente su suerte a la vacuna

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy
El acuerdo con Rusia y las negociaciones con China son difíciles. La segunda ola de coronavirus impediría el repunte económico. El Gobierno apostará a la inmunidad social para enfrentar las elecciones.
17-af-ggg

Alberto Fernández empieza a poner en juego los dos activos políticos más importantes que le quedan luego de un primer año a puro desgaste. Aquellos activos son cruciales para afrontar el año electoral. Uno de ellos es la expectativa social que aún conserva –en baja- por la vacunación para amortiguar los efectos del coronavirus. El otro reside en la posibilidad de alguna mejora en la descuartizada economía. Existe un vínculo indestructible entre ambos problemas. 

Al Presidente no se le podrá achacar responsabilidad por la persistencia de la pandemia que anticipa en el mundo –como sucedió el verano anterior- fotos que resultarían terribles para la Argentina. China, donde se originó el virus, registró la semana última la primera muerte en ocho meses. Debió confinar a la provincia de Hebei, de 22 millones de habitantes, vecina de Beijing.

Resulta inexplicable, en cambio, cómo nuestro país no logró bajar al mínimo la curva de contagios –fenómeno en toda la Unión Europea- antes de empalmar con un nuevo rebrote. O la segunda ola. Nadie lo sabe bien. Aquí se podrían precisar falencias concretas del Gobierno.

Cuando su estrategia sanitaria se tornó insostenible –por la extensa cuarentena- habilitó la rienda suelta. Por ambición política promovió concentraciones multitudinarias. El velorio de Diego Maradona fue la expresión máxima. Complementadas por las marchas a favor y en contra de la legalización del aborto. A partir de ese momento la palabra del poder perdió autoridad. Sobrevino el relajamiento colectivo.

Luego afloró la sobreestimación oficial alrededor de alguna vacuna como instrumento salvador. El Presidente anunció en agosto el acuerdo con el laboratorio británico-sueco AstraZeneca. El desarrollo del producto sufrió ciertos contratiempos. Podría estar disponible recién en abril. Así, surgió la desesperación del Gobierno para no quedar rezagado, más de lo que está, en la inmunización de la población contra el Covid. La primera instancia a mano fue la Sputnik V fabricada por Rusia. El abanico de tratativas resultó extendido a China. Ambos casos tienen una particularidad: se trata de negociaciones de Estado con Estado. Una complicada combinación entre la ineficiencia nacional con estructuras estatales implacables y herméticas.

Veamos Rusia. Vladimir Putin aconsejó primero la intermediación de un laboratorio argentino (HLB Pharma) que despertó mucha aprensión en el Gobierno. Alberto le solicitó al líder ruso una negociación directa. Intercedió entonces el embajador de aquella nación aquí, Dmitry Feoktistov. Se llegó a reunir con Cristina Fernández. Putin aconsejó que la negociación fuera sólo con él mismo o su secretario personal.

Así se hizo. Pero la Argentina sigue sin las necesarias garantías acerca del abastecimiento pactado que ronda las 20 millones de dosis completas. Putin anunció que esta semana iniciaría en Rusia una vacunación masiva. Aunque todavía no sale a la luz la certificación de que la Sputnik V sirve para ser aplicada en los segmentos de riesgo. Los mayores de 60 años.

El Gobierno trajo en otro vuelo de Aerolíneas Argentinas nuevas vacunas desde Moscú. Otras 300 mil de la segunda dosis. Para acoplarse a la misma cantidad conseguida durante la Navidad. El acuerdo cerrado por Alberto estipuló que entre el 20 y el 25 de este mes deberían llegar 5 millones de dosis. Cuatro correspondientes a la primera. Uno de la segunda. En febrero se aguardarían otros 9 y 6 millones de cada una de las dosis.

Pero algo estaría sucediendo. De otra forma resulta inexplicable que la viceministra de Salud, Carla Vizzotti, haya insinuado la posibilidad de ampliar sólo el número de la primera dosis. La funcionaria es una técnica calificada, al margen de los errores políticos y de comunicación que cometió durante la pandemia. No ignora –viajó dos veces a Moscú- que la Sputnik V requiere de ambas dosis para ser eficaz. Con una sola no inmuniza menos. Directamente no sirve. Cabe una conjetura: Rusia tendría una limitación de producción. Su prioridad ha sido la primera dosis. De allí el auxilio que hurgó en la India y Corea del Sur para la fabricación global.

Tanta incertidumbre indujo al Gobierno a indagar una salida de emergencia con China. Es sabido que la diplomacia del gigante asiático nunca resulta sencilla. Tanto, que terminó generando un conflicto en la Cancillería. Felipe Solá relevó al embajador en Beijing, Luis María Kreckler. Que hizo lo que pudo para cerrar trato con las autoridades chinas por la vacuna. Designaron en ese lugar al ministro de la sede diplomático, Sabino Vaca Narvaja. Denominado el “chinófilo”, porque hasta habla mandarín, un conjunto de dialectos de distintas regiones chinas.

Las tratativas con China siguen siendo tortuosas. En las últimas horas surgieron novedades desalentadoras. El Instituto Butantan, de San Pablo, reveló que la Coronavac de origen chino, que se produce en esa ciudad, apenas supera el 50% de efectividad. Muy por debajo del resto de las vacunas. También está siendo comercializada la Sinopharm. En experimentación final, la CanSino Biologics, con el respaldo de Canadá.

El enroque diplomático argentino en Beijing no parece haber mejorado las cosas. Tampoco los recurrentes contactos que se ensayan con el embajador en Buenos Aires, Zou Xiaoli. La nación asiática garantizaría la provisión inicial de vacunas. Con número impreciso. Pero el trato nunca termina de cerrarse. ¿Por qué razón? No estarían concibiendo el acuerdo sin reparar en el abanico de intereses que persiguen en la Argentina. Incluyen el comercio agro-industrial, alimentos, petróleo, energía eólica e instalación de satélites. También la Hidrovía del Río Paraná.

La dificultad no sorprende al Presidente. Cuando era jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, en 2004, vivió un episodio que fue aleccionador. Previo a la visita oficial ese año del entonces presidente, Hu Jintao, se habló de un supuesto préstamo chino de US$ 20 mil millones para ayudar a la Argentina a saldar su deuda externa. Las habladurías habían estado a cargo del entonces secretario de Transporte, Ricardo Jaime. Visitante frecuente de Beijing. Hoy condenado y en prisión.

Nada de eso ocurrió. El objetivo central de China fue que la Argentina la reconociera como una economía de mercado. Sucedió. En el medio se negociaron promesas de inversiones que estuvieron al filo de la ruptura. En una de las citas en Cancillería, Alberto y el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Rafael Bielsa, decidieron cortar el diálogo por la intransigencia de las autoridades chinas. Finalmente se retomó y llegaron a un aceptable destino.

La enorme incertidumbre sobre cómo el Gobierno afrontará el tiempo venidero de la pandemia no sólo produce decrecimiento de la expectativa popular. También amenaza con impactar de modo muy negativo sobre una economía que el kirchnerismo espera mejorar. No tiene otra cosa que ofrecer frente al desafío electoral.

Tampoco la culpa exclusiva habría que cargarla en la pandemia. O en la pésima herencia que Alberto recibió del macrismo. Surgen desde el Gobierno, desde el Instituto Patria, usina política de la vicepresidenta, e incluso el Frente de Todos, señales siempre contradictorias que impiden visualizar algún rumbo. Fomentan conflictos políticos internos.

La nueva colisión con el campo pareció innecesaria. Tanto que hubo marcha atrás desde el poder. El ministro de Agricultura, Luis Basterra, dibujó un círculo perfecto. Primero colocó un cepo a la exportación de maíz. Luego autorizó un cupo exportador de 30 mil toneladas. Finalmente anuló la medida.

La corrección no hizo, sin embargo, olvidar el pasado. Los fantasmas de la resolución 125 que marcó desde 2008 la presencia de Cristina en el poder. O el experimento fallido con la idea de intervención y expropiación de la agro-industrial Vicentin. En los primeros meses de la gestión de Alberto.

Tampoco la revisión hizo bajar la guardia de dirigentes y productores. Sigue estando claro que el kirchnerismo tiene sólo una visión extractiva del agro. Sin integrarla como uno de los ejes del sistema productivo. Representa, directa o indirectamente, el 70% de las exportaciones nacionales. La diputada ultra K, Fernanda Vallejos, disparó una increíble interpretación sobre lo que significaría el campo. Habló de la “maldición de exportar alimentos” que tiene el país. Porque “los precios internos son tensionados por la dinámica internacional”.

Vallejos suele representar el pensamiento de Cristina. Dicen que estaría detrás, también, de una propuesta desplegada por la vicepresidenta que decretó alarma en el mundo sindical. Y en otras partes. Habló semanas atrás, en medio de la pandemia, de repensar el sistema de salud. Un proyecto que circula en el mundo cristinista propone la creación de un esquema mixto con centralidad en el sector público. Se trataría de una estructura con facultades para establecer “mecanismos de regulación ágiles y transparentes para el subsector privado”.

La CGT realizó, a propósito, un plenario estival. No solo por aquella propuesta. También, ante la chance que la cristinista Liliana Korenfeld vuelva a desembarcar en la Superintendencia de Seguros de Salud. El organismo que distribuye los fondos a las obras sociales de los gremios. Para disciplinarlos.

Nunca en este primer año kirchnerista se escuchó una réplica tan dura contra Cristina. “El que manda es el Presidente. Ella, que se dedique a la función legislativa”, aconsejó el metalúrgico Antonio Caló. Primeros fuegos de una historia que está naciendo.

Eduardo van der Kooy para Clarín

Te puede interesar