Solo Mercado Libre está zafando del colapso de nuestro capitalismo

ECONOMÍA Por Por Marcos Novaro para TN
Gracias a que se alejó del país, la empresa de Marcos Galperín vale hoy U$S 100.000M. YPF solo 1.500. El peronismo albertista parece empecinado en administrar el declive final del capitalismo argentino.
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Una de las pocas empresas del país cuyas acciones no se derrumbaron, y cotizan en alza, es Mercado Libre. Lo logró porque su dueño se mudó al Uruguay y sus principales inversiones se orientan desde hace un tiempo a Brasil y México. 

No es el único caso de éxito empresario argentino que, para sobrevivir, se fuga. Pero hay solo uno de una empresa que se queda, y sigue teniendo éxito en su tierra: el Partido Justicialista. ¿Es que su unidad y prosperidad es y seguirá siendo en adelante incompatible con la prosperidad de cualquier emprendimiento productivo?

No siempre fue así

Desde su origen, la convivencia entre el peronismo y el capitalismo ha sido por lo menos complicada. En ocasiones, muy complicada. De todos modos, nunca como ahora el divorcio entre lo que le espera a uno y a otro de los términos de esa relación lució tan extremo, y se prolongó tan indefinidamente en el tiempo.

Es cierto que siempre los empresarios argentinos han tendido a quejarse del peronismo. Pero también es cierto que al menos en algunas etapas de los gobiernos de ese signo ganaron más plata que nunca. Fue así durante los primeros años del experimento inicial de Perón, durante parte del menemismo y sin duda en la fase inicial del kirchnerismo.

Claro, nunca esos buenos tiempos duraron. Y tras cada fase peronista más o menos “exitosa”, los empresarios tendieron a experimentar cierto hartazgo con los errores de política económica por esos gobiernos cometidos, y decepción por las oportunidades perdidas y los daños colaterales acumulados, inflación, inestabilidad, aislamiento, etc.. Aunque los que sobrevivieron a todo eso pudieron también comprobar que sus empresas valían más que antes.

El peronismo les había ofrecido la oportunidad de crecer. Y una vez reemplazado en el poder, con buenos o malos métodos, ellos pudieron esperar la eliminación de las muchas distorsiones y medidas estrafalarias con que había acompañado ese proceso. Así que nuestros capitalistas se tentaron de esperar que ese sería el trampolín para crecer mucho más. Una expectativa que no siempre se cumplió: solo a algunos les fue mucho mejor después que antes de 1955, a aún menos les tocó esa suerte después de 1999, o después de 2015.

La coyuntura actual no ofrece a nuestros empresarios ninguna de esas dos ventajas: se parece mucho más a un estiradísimo y penoso 1975 que a cualquiera de las otras experiencias peronistas previas. Con una consecuencia inmediata que los tiene a todos a mal traer: las empresas argentinas valen monedas.

Edenor se acaba de vender por la vigésima parte de lo que alguna vez, en la época de gloria del menemismo, valía. YPF tiene Vaca Muerta, pero languidece penosamente, vale una décima parte de lo que cotizaba veinte años atrás. Las empresas argentinas que ofrecen acciones en Wall Street valen entre 50 y 90% menos que en 2018.

Salvo Mercado Libre, que ya es difícil considerar una empresa argentina. La compañía fundada por Marcos Galperín destaca incluso entre sus pares de economías desarrolladas, y muchas de economías emergentes, que también rompen récords de valuación, o están en sus máximos históricos. Así que no, la pandemia no tiene absolutamente nada que ver con lo que les sucede a las empresas argentinas, es un problema nuestro, local.

La llegada de Alberto Fernández al poder ha sido en este sentido como una bomba neutrónica. Están los edificios todavía en pie, pero nada se mueve tras sus puertas, ya no corre sangre por esas venas, el escenario económico se va pareciendo más y más a un gran cementerio. Tuvo ese efecto no sólo porque generó un shock de desconfianza y espantó los pocos capitales que aún se animaban al riesgo argentino sino porque proyecta hacia delante un panorama negro y duradero: se muestra incapaz de resolver problemas básicos, como el acceso a financiamiento, el déficit y la inflación galopante, y encima el cuadro en que se sustenta es políticamente estable, puede durar mucho tiempo. ¿Qué van a hacer entonces los empresarios? ¿Vender mal como los exdueños de Edenor, para al menos salvar algo? ¿Achicarse para aguantar, a la espera de un eventual vuelco de la situación dentro o fuera del peronismo, aunque las dos opciones luzcan poco probables? ¿Irse como Galperín?

La situación puede estirarse porque es difícil imaginar que vaya a haber un giro positivo, moderado y productivista, en lo que queda de la gestión de Alberto, y porque también es remota la posibilidad de que el peronismo salga del poder y sea reemplazado por otra fuerza capaz de torcer el rumbo.

Además, el proceso de fuga de empresas e inversiones refuerza en el oficialismo las preferencias ideológicas más anticapitalistas, en un círculo vicioso que no luce que pueda frenarse fácilmente: “¡¡miren cómo se van y se la llevan!!, ¡¡hay que cerrar aún más las vías de escape antes de que sea tarde!!”. El juego de la desconfianza en que están trabados el oficialismo y los empresarios tiene consecuencias aún más graves que todo lo padecido por la economía argentina en el anterior ciclo K porque no están presentes hoy ninguno de los factores compensatorios de entonces: el peronismo no está dividido respecto al “modelo” vigente, hace una década que el producto no crece sino que se achica y no hay perspectivas de volver a crecer por bastante tiempo, y las oportunidades afuera son mucho más tentadoras de lo que eran entonces.

Alberto, con su fórmula para asegurar el actual equilibrio, además hace mucho para que esto sea así. Lo que obedece no sólo a sus preferencias conservadoras, u oportunistas, según como se lo quiera ver, sino también a la constitución misma de su gobierno. Fundado en dos promesas contradictorias entre sí y de desigual valía: él nos propuso reconciliar a los peronistas entre sí, al peronismo con el capitalismo y la república, pero para cumplir lo primero tuvo que incumplir lo segundo, pues lo que le exige la facción dominante del peronismo es, al final del día, ser cada vez más anticapitalista y antirrepublicano, y a él no se le ocurre otra cosa que cumplir.

La difícil relación entre ambas promesas está en el origen de muchas de las tensiones que azotan a la administración. Enfrentando cada tanto a Alberto con Cristina, y al kirchnerismo duro con otros sectores del peronismo, gobernadores, sindicatos, etc. Y explica que la convivencia entre todos ellos sea insatisfactoria para la mayoría, pero no puedan hacer mucho por modificarla. Pero también y por sobre todo que sean Cristina y su gente los que finalmente imponen su ley. Porque en términos políticos incumplir ambas promesas no vale lo mismo. Si el peronismo se partiera, Alberto no duraría un minuto, así que se siente obligado a cumplir para sobrevivir. Mientras que los costos de no cumplir en el otro son remotos y condicionales, y tal vez nunca haya que pagarlos. ¿Qué otro país es posible? De prolongarse esta situación, puede ser una expectativa que se vaya desinflando sola.

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