Promesas de verano

POLÍTICA Por Por Roberto García para Perfil
Desilusionada, casi arrepentida, Cristina espera en silencio que Alberto cumpla lo que ofreció.
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Mantuvo Cristina un apreciable silencio durante enero, aunque nadie sabe cuánto dura esa penitencia. Podría decirse que responde a su habitual desapego de los grandes escándalos como los muertos por el virus y la improvisación sobre la vacuna (aunque hoy está atenta a que su hijo Máximo y su favorito De Pedro no hayan contraído Covid). Guardó silencio hasta ahora quizás para conceder el lastimoso pedido de Alberto Fernández, quien en el último encuentro le señaló que muchas de sus críticas lo desteñían, lo volvían un monigote, lo desacreditaban como mandatario. Palabras más, palabras menos. 

Desde el anatema “los funcionarios que no funcionan” hasta ignorarlo como jefe de Estado en sus cartas. Por no hablar de otras lindezas. Ella entonces le respondió con fiereza tanguera, una escena a lo Melato, algo así como “te di todo, te hice presidente y encima me venís con reproches”. Tres horas tensas de reunión y más de una promesa a cumplir durante el verano, de ahí quizás la discreción oral hasta que se hagan efectivas. Para los opositores, Cristina masculla ira porque sus causas judiciales siguen firmes, acechantes en algunos casos. Y, curiosamente, para indignación de la dama, el niño rico de Macri ni piensa en los tribunales y presume de que es el primer ex mandatario al que no han citado siquiera por una infracción de tránsito luego de dejar la Casa Rosada. Para colmo de rabietas, la viuda debe señalar como objeción a la decepcionante tarea de su elegido Fernández que, hasta los Moyano, en un lawfare al revés, han zafado de ciertos procesos en la Provincia y aliviaron su economía grupal con estimulantes a la empresa OCA. Todos toman naranjada y el pobre naranjo, nada.

La desilusión de Cristina con Alberto roza el arrepentimiento y de su boca callejera suelen brotar culebras contra el Golem que engendró, como si hubiera tenido un postulante más confiable. Obvio el disenso entre las partes, la bifurcación de intereses: ella piensa en 2021, Alberto en 2023. Una pretende consolidar su poder en la provincia de Buenos Aires para obtener quórum propio en la Cámara de Diputados y convertir ese instituto en una subsidiaria de ella misma, como ha logrado hacerlo con el Senado. A partir de allí, pensará en 2023 con su vástago de candidato (“hijo de próceres, mente brillante”, como exagera la propaganda) o, si no alcanza, con Axel Kicillof, su muleto para alternativas futuras. Esa perspectiva condena no solo a Alberto, también a Sergio Massa, uno pensando en la reelección imposible y el otro en la candidatura improbable.

De ahí que más de uno asoció la insistencia de Alberto por decir que la Justicia debe ocuparse de Cristina y que él no firmará nunca un indulto para ella, al mismo tiempo que Massa en un reportaje inesperado en España aseguró que jamás propiciará una ley de amnistía para la corrupción. Muchos se detuvieron en las críticas de Julio De Vido a esas afirmaciones, incluyendo denuncias de prebendas a los amigos del régimen, pero habrá que mirar si el naranjo no siente que pretenden marginarlo de la naranjada. Y contra ella fueron las estocadas.

Máximo desacelera. En la Provincia hubo un retroceso en la vorágine ocupacional de Máximo. Después de obtener la unanimidad del resto de los intendentes, se tuvo que detener porque una sola figura, Fernando Grey (Esteban Echeverría), se negó a dejar la titularidad del PJ bonaerense y le impuso una multa por exceso de velocidad en el partido. Una metáfora ya que el propio Máximo aceptó haberse comido una curva: con su madre, no quiere ni una disidencia, sería dañino para su propósito político que surgiera una línea interna y obtuviese la minoría.

Nadie cree que Grey sueñe con esa posibilidad. Hay, sin embargo, en el mayor distrito momento de meditación kirchnerista, o sea lectura de encuestas, no clase de catequesis: alguno piensa que sería clave adelantar las elecciones para sorprender con un hisopado anal a la oposición, por ahora inorgánica y desmembrada. Aunque no alejada de los enjuagues del poder como se advirtió en la última concesión del juego online: todas las empresas beneficiadas disponen de un referente político, sin importar el origen, sigue la toma de naranjada.

Procelosa entonces la pecera del Gobierno con profusión de dislates incontrolables. De bordear el default con YPF para retractarse 48 horas más tarde (invención atribuida a Guzmán, Chodos y el financista de la empresa, Alejandro Lew, cercano a Kicillof), provocando desmesuras que harán más difícil colocar deuda argentina. Un atentado en nombre de gobernar para todos. O promover, como se intenta ahora en Diputados, una ley de blanqueo exclusiva para aquellos que deriven esos fondos para la construcción, sector que mueve el esqueleto de la economía según ciertos predicadores de siglos anteriores. ¿Se puede instalar esta idea discriminatoria además cuando implantan más impuestos, el de las grandes fortunas que incluye las propiedades, o se extiende el congelamiento de los alquileres y la prohibición de desalojo? Otro desparpajo siniestro en un gobierno que no se priva de nada y le impone quita de recursos al que ahorró toda su vida.

Recelos. Mientras, prevalece el anecdotario del viaje de Alberto a Chile, luego de descubrir la diplomacia regional –después de un año de administración– que los vecinos existen no solo para insultar, en el que hubo solaz entretenimiento –según cuentan– por el violento picoteo entre el ministro Felipe Solá y el vocero presidencial Juan Pablo Biondi, el atrevido que un día decidió no aplaudir un discurso de Cristina y hoy es un influyente proveedor de relaciones y propuestas al mandatario.

Aparte de los celos entre las partes, uno que casi vive con Fernández y el canciller quejoso de que no lo podía ver a Alberto desde noviembre, el litigio obedece a que Solá le atribuye a Biondi sus desazones ministeriales, el rumoreo sobre su renuncia. Dice, con razón, que el vocero promovía a Scioli mientras Alberto deshojaba la margarita sobre el sucesor.

En las peleas por el cargo también participan Gustavo Beliz y el embajador en EE.UU., Jorge Argüello, quien siempre se consideró apto para esa función y consideró un parking de dos horas su estancia en Washington. Ni hablar de los aspirantes del Instituto Patria (de Jorge Taiana a Cecilia Nahón), lugar en el que nadie desconoce el malestar de su rectora con el canciller. Casi tan acérrima la tirria como la que comulga con el Presidente.

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