Con pocas vacunas y en modo electoral, la apuesta es seguir con la macroeconomía desordenada y un estatismo feliz

ECONOMÍA Por Por Enrique Szewach para Infobae
El Gobierno había diseñado su política económica para el 2021 bajo la premisa de que la pandemia se terminaría. Cuáles son las alternativas que ahora tiene disponibles
04-af-guzman

El cuento es viejo pero efectivo. Como resultado de un naufragio, un químico, un físico y un economista terminan en una isla desierta y sólo tienen para comer latas de atún y de palmitos. Sin herramientas, el físico sugiere someter las latas a la presión de la marea en la orilla. El químico indica que, sumergidas en el agua salada con cierta temperatura las latas se hincharán y abrirán, el economista los mira condescendiente e indica: “Muchachos, supongamos un abrelatas”. 

El gobierno diseñó su política económica para el 2021 suponiendo vacunas para todos y todas y el fin de la pandemia. En ese escenario, la economía rebotaba por el mero hecho de la reapertura de actividades, antes cerradas. El desempleo caía, y se terminaba el gasto público en ayuda por COVID, pudiendo destinar la mayor recaudación impositiva, proveniente de la mejora de la actividad, a gasto electoral. A su vez, los mejores precios de los productos de exportación permitirían aflojar restricciones a la importación, recuperar algo de reservas y postergar el arreglo con el FMI (o cerrar algo muy light), hasta después de las elecciones de medio término.

Como sabemos, en los últimos días se han explicitado problemas en la oferta de vacunas en tiempo y cantidad. No sólo con la única vacuna que, por ahora, llega a la Argentina, si no con todas, en casi todos los países. Era evidente. Hay que producir miles de millones de vacunas, miles de millones de frasquitos para las vacunas, miles de millones de tapitas para los frasquitos. Juntar todo en fábricas. Conseguir contenedores con frío, camiones, diseñar la logística aérea, armar la distribución interna, tener el personal, las jeringas, los sistemas para inscribir y ordenar, etc.

En este contexto, el hecho de depender, principalmente, de un solo proveedor (financiado por el Fondo de Inversión Soberano de Rusia, donde hace negocios ya sabe quién), paradójicamente nos puede favorecer, dado que no hay mucha competencia en la demanda, como sucede con el resto de las vacunas. Pero lo cierto es que crece la probabilidad de que no tengamos disponible la vacuna en la cantidad necesaria para declarar el fin de la pandemia, al menos hasta bien entrado el año.

Por lo tanto, no resulta exagerado plantear una hipótesis alternativa: supongamos que la vacuna no está para todos y todas y la pandemia sigue.

Ante esta alternativa, el presidente Fernández se pronunció implícitamente en su discurso ante el Davos virtual. Reconoció que no puede mantener aquello de “el PBI se recupera, una vida no. Primero la salud, después la economía”. Y lo cambió por “es la salud y más y mejor economía”.

Ahora, tenemos que entender qué significa todo esto en la práctica. Sin la vacuna, el rebote de la actividad será claramente menor. Aún con la rebelión contra el confinamiento regulado que hoy se vive en muchos países, las actividades intensivas en “convivencia presencial” seguirán resentidas, y racionadas. Servicios de turismo, comercio, espectáculos deportivos y culturales, funcionarán a menos que media máquina, y se mantendrá elevado el desempleo, en particular en el sector informal. La recaudación impositiva será menor y habrá que reponer parte del gasto en ayuda COVID.

Pero el problema es que, así como la sociedad no aguanta otro 2020 en materia de confinamientos prolongados y generalizados, la economía no aguanta otra dosis gigantesca de emisión descontrolada para financiar otro 7% del PBI de déficit. Por lo tanto, sugiero trabajar en el tema sanitario para minimizar los contagios y el efecto sobre la salud y la economía. Y sugiero trabajar en el tema económico, para minimizar los efectos sobre la economía y la salud.

Respecto de lo primero, solo puedo repetir lo que indican los que realmente entienden: retomar una actitud más activa en testeos y aislamientos para evitar contagios, protección a los grupos de riesgo, y mejor comunicación, bajando el tono respecto de la vacuna que no tenemos y subiendo el tono acerca de la única protección que sí tenemos, distancia social, barbijos y alcohol. El solo anuncio de la vacuna le hace bajar la guardia a muchos, y hay que mantener la guardia en alto (Gallardo dixit. Acotación para entendidos).

Respecto de la economía, el Gobierno insiste en bajar el gasto público, licuando el valor de la moneda en que lo paga, el peso. Pero sucede que con este mecanismo licúa el gasto público, pero también el gasto privado, con una inflación que “cierra las cuentas” en un número más cercano al 50% anual que al 30. Lo razonable sería, dado que gran parte del Estado permanecerá cerrado, que al menos para los salarios altos, se considere ahorrar los gastos de transporte, vestimenta y comida fuera del hogar que no se hacen y lo mismo con el gasto político en general. Es decir, hacer lo que se debió haber hecho en el 2020, reducir el gasto no COVID fuertemente, para dejar espacio para el gasto COVID sin hacer explotar la emisión, con la huida del peso trasladándose al precio del tipo de cambio libre y luego a la tasa de inflación y tratar de afectar, de esa manera, lo menos posible el ingreso y la actividad privada.

Obviamente, sé que nada de esto se hará, porque estamos en modo electoral y el gobierno sigue apostando a expandir el gasto y a convivir con una macro desordenada. Política monetaria atada a la financiación del déficit fiscal. Tasas de interés negativas con supercepo, tipo de cambio oficial indexado a la inflación pasada. Salarios y precios “acordados” a la inflación “presupuestada”, mercados de dólares “libres” intervenidos, y colocación de deuda en pesos en inversores institucionales y bancos oficiales.

Hay que incorporar a este escenario, que la eventual mayor demanda de bienes dolarizados (automóviles, artículos para el hogar, algo de construcción), encuentre problemas en la oferta por restricciones a la importación y reticencia a vender por los controles de precios y a la espera del “día después”.

En síntesis, para no ajustar donde están los desajustes -el sector público-, el Gobierno prefiere ajustar a todos y todas afectando el ingreso y el consumo privado, y después “compensar” el ajuste con gasto público orientado a su clientela electoral y tratando de “encerrar” a los que no lo votarán de todas maneras.

Parafraseando al Presidente, también en su discurso de Davos, para combatir al “capitalismo infeliz”, el Gobierno seguirá embarcado en el “estatismo feliz”.

Te puede interesar