Un experto en ambigüedad, protegido por el peronismo

OPINIÓN Por Pablo Mendelevich
Era difícil imaginar que Carlos Menem pasaría los últimos diez años de su vida como senador nacional alineado con el kirchnerismo. Kirchner lo denostaba, se burlaba de él, hasta llegó a un destrato personal, en pleno Senado, vertido en envase supersticioso
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Al principio lo describía como corrupto. "Se me desvía la vista -declaró Kirchner durante la campaña de 2003-, pero a mí no se me pierde la mano en la lata". Pero después, la corrupción de los noventa, que hasta había hecho del libro Robo para la corona un megabestseller, dejó de ser mencionada. Paradojas argentinas, Horacio Verbitsky, autor de aquel voluminoso retrato de época al que solían atribuírsele más compradores que lectores, devino en 2003 consejero presidencial de hecho. 

Kirchner se concentró en el campo ideológico. Vilipendiaba al artífice del "neoliberalismo" de los noventa sin detenerse en el detalle de que era de su mismo partido. Habían compartido infinitas gestiones oficiales, privatizaciones, tribunas, boletas electorales.

De los sucesos, dirigentes y gobiernos propios que pierden consenso popular el peronismo nunca se hace cargo. La demostración más cabal es el gobierno de 1973-76, resguardado en el olvido. Pero a Menem el peronismo triunfante en 2003 no lo barrió de manera fulminante, sino con esas tachaduras que dejan entrever algo de lo que queda debajo.

Kirchner lo mencionaba o lo aludía cada vez que necesitaba siluetear al responsable del hundimiento del país, un agujero negro donde Menem se turnaba con la Alianza. La impostación neoliberal, la antipatria, había sido por fin descubierta. Extraño fenómeno ajeno.

Al súbito antimenemismo medioambiental del siglo XXI lo continuó Cristina Kirchner, pero ella aminoró los ataques personales al compás de la reconversión de Menem en silencioso aliado parlamentario. Silencioso Menem era desde 2005: en la cámara nunca hizo sentir su magna experiencia, y si alguna vez pidió la palabra, en las antípodas de lo que ocurría en la década de la que fue dueño, pasó inadvertido.

Poco después de que, en 2008, aportó su voto crucial en contra de la resolución 125 se acordó, por lo bajo, la distensión. Menem quería que menguaran los ataques políticos y que se ralentizaran las causas judiciales. De su lado ayudaban la parquedad (aunque en 2016, en una entrevista radial, se le dio por enunciar una hipótesis según la cual a Kirchner lo asesinó su mujer) y cierta propensión a faltar a las sesiones invocando problemas de salud.

Una combinación de oportunas ausencias, presencias solo para dar quorum, abstenciones y también algunos votos con la mayoría lo convirtió en penumbroso aliado kirchnerista. Recién el 4 de diciembre de 2019 formalizó la subordinación al liderazgo de Cristina Kirchner. Fue en la reunión del bloque oficialista unificado que también significó para otro expresidente peronista, Adolfo Rodríguez Saá, la vuelta al redil, en su caso tras 16 años.

Si el peronismo consiguió olvidar a José López Rega, el precursor del terrorismo de Estado, un demérito que no alcanzó para que siquiera lo expulsaran del PJ, menos pudor se requirió para ignorar los procesos y condenas por corrupción contra Menem.

Como las apelaciones judiciales llevan siglos, se volvió común envolver con análoga dilación las responsabilidades políticas de los hombres públicos. Basta recitar que las personas son inocentes mientras no se pruebe lo contrario, como si ese principio fundamental del derecho cancelara la posibilidad de un partido político -o de cualquier dirigente- de hacer valoraciones éticas.

Menem fue así el primer expresidente peronista protegido de la persecución penal mediante los privilegios del Senado. Cuando con Cristina Kirchner la protección de la casa históricamente dominada por el peronismo ya se hizo doctrina, la suerte compartida arrimó a ambos expresidentes. El peronismo, se sabe, perdona todo. Condena la derrota y convalida la ambigüedad ideológica, requisito para hacer carrera.

Hace ya muchos años fui testigo de la ambigüedad iniciática de Menem; en estas horas quizás el recuerdo tenga validez. En mis comienzos como cronista, el 9 de junio de 1973 me tocó viajar a cubrir la asunción simbólica (la oficial había sido el 25 de mayo) del gobernador más joven del país, también el más votado el 11 de marzo, un riojano no muy conocido cuyas patillas tupidas buscaban emular a Facundo Quiroga, su ídolo. Menem fletó un par de aviones en los que se mezclaron periodistas con invitados especiales, tales como mi compañero de asiento, el general Miguel Ángel Iñiguez, once días después uno de los protagonistas de la masacre de Ezeiza, y que luego sería jefe de la Policía Federal con Lastiri y con Perón. O el periodista de Canal 11 y escribano Jorge Conti, mano derecha de López Rega.

Al arribar a La Rioja conocí más gente, no sin asombro: unos cuantos montoneros desplegaban pancartas y euforia. También un grupo de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) vivaba al gobernador. Algunos guerrilleros acababan de salir en libertad de Devoto. La ceremonia fue en San Antonio, pueblo natal de Quiroga, cuyos 150 habitantes se diluían en una multitud de 3000 personas. Recuerdo especialmente a monseñor Enrique Angelelli (asesinado muy cerca de allí tres años después) diciéndonos -metafóricamente- que nos ensuciáramos los zapatos con tierra para caminar, que allí no había asfalto, y también a Vicente Solano Lima, quien advirtió: "Lograremos la transformación en paz o el país arderá por los cuatro costados".

El vicepresidente no imaginaba, supongo, que 33 días después él sería desplazado junto con Cámpora. Con suéter de cuello alto, creo que pantalones Oxford, muy relajado, el joven Menem derrochaba hospitalidad. Nadie tenía tan claro como él que ese día estaba iniciando desde la periferia su camino a la presidencia.

Pablo Mendelevich para La Nación

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