Las enseñanzas que dejan la convertibilidad y los ’90

ECONOMÍA Por Por Roberto Cachanosky para Infobae
La regla monetaria fracasa si no está acompañada de la disciplina fiscal que exige no gastar más de lo que se recauda con impuestos
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Cuando se pronuncia la palabra “convertibilidad”, el común de la gente la identifica con un plan económico. En rigor, no fue un plan económico, fue una regla monetaria que se estableció en abril de 1991 para frenar el proceso hiperinflacionario en que estaba sumergida la economía argentina. 

La convertibilidad del peso al dólar funcionaba de la misma forma que funcionaba antiguamente la caja de conversión del peso al oro. En vez del peso ser convertible a oro, era convertible al dólar que era la moneda que usaba el argentino como reserva de valor.

Se puede estar de acuerdo o no con un esquema de caja de conversión, sea a dólar o a oro, pero si se está de acuerdo, el punto central es el tipo de cambio al que se entra en la convertibilidad. Si se elige una relación con el peso sobrevaluado o, lo que es lo mismo, haciendo que comprar un dólar sea artificialmente barato, se incentivan artificialmente las importaciones y se castigan las exportaciones. Argentina se transforma en un país caro en moneda extranjera. Si, por el contrario, la paridad se fija con un dólar artificialmente caro, se frenan artificialmente las importaciones estableciendo una especie de proteccionismo vía el tipo de cambio.

Tal vez el error fue entrar a comienzos de los 90 con un tipo de cambio que no se correspondía con un nivel de gasto público alto que hacía que la economía requiriera de una alta carga tributaria sobre la producción nacional, dejando fuera de competencia a los productores locales.

Cabe aclarar que este punto lo resaltó el entonces diputado por la Ucedé, José María Ibarbia cuando se tenía que votar la Ley de Convertibilidad, quién justamente argumentó que “el tipo de cambio no se correspondía con el nivel de gasto público, lo que hacía que se entrara con un peso sobrevaluado que iba a generar problemas de competencia externa”. Eso efectivamente ocurrió. Así, muchos industriales recuerdan ese período como la invasión de las importaciones y le echa la culpa a la apertura de la economía, cuando en realidad la apertura estaba bien, el problema estaba en un tipo de cambio que, por el nivel de gasto público y presión impositiva, hacían imposible competir.

Y aquí es importante resaltar que el aumento del gasto público se produjo más en las provincias que en la Nación, pasó el consolidado del equivalente a 10,23% del PBI en 1991 a 13,4% del PBI en 2001, cuando estalla la convertibilidad.

En cambio, la Nación lo redujo en ese período de 18% del PBI a hasta 14,6% PBI en 1998 y luego vuelve a subir a 16,2% hacia el final del mandato de Carlos Menem, en 1999, y con la presidencia de Fernando de la Rúa avanza hasta 16,7% del PBI. Es decir, hacia el final de la convertibilidad, el gasto público se descontrola tanto en la Nación como en las provincias. Por eso los intereses de la deuda pública a nivel Nación pasan de 1,8% del PBI en 1991 a 4% del PBI en 2001 y en las provincias trepan de 0,15% del PBI hasta 0,83% del PBI en ese período.

Si se entró a la convertibilidad con un tipo de cambio inconsistente con el nivel de gasto público de ese momento, luego se agravó con el aumento del tamaño del Estado, sobre todo en la gestión de De la Rúa, tanto a nivel nacional y provincial.

Durante un tiempo este problema se disimuló por el ingreso de divisas de las privatizaciones y luego con el endeudamiento, pero la prueba de que no hubo convergencia fueron las altas tasas de interés que se siguieron pagando por los depósitos y préstamos en pesos, comparados con los depósitos y préstamos en dólares.

El rol de las privatizaciones

Las privatizaciones tuvieron una triple función en el plan de estabilización.

1) Sirvieron para bajar el gasto público dado que las pérdidas de las empresas estatales las tenía que cubrir el Tesoro; y como Hacienda no tenía recursos genuinos para pagar esos desequilibrios, se recurría a la emisión monetaria por parte del Banco Central. De ahí que contribuyeron a estabilizar la economía.
2) Mejoraron la productividad de la economía y atrajeron capitales para modernizar empresas totalmente ineficientes. Los avisos de los departamentos que se vendían aparecían con la frase: con teléfono. Conseguir un teléfono en la época de ENTel, la empresa telefónica estatal, era una misión imposible. Los que conseguían una línea fija era porque tenían algún contacto dentro de la empresa. Y se pagaban varios miles de dólares por eso. Pasaba lo mismo con las rutas, los subtes, la producción de gas, el sistema energético en su conjunto y tantos otros sectores. Hubo muy buenos marcos regulatorios en algunas privatizaciones, como en el caso de la energía, y otros horribles como en el caso de Aerolíneas y otros regulares.
3) Contribuyeron a regularizar la deuda externa, porque quienes compraban las empresas podían pagar parte con títulos públicos que se adquirían a una paridad muy baja en el mercado, pero el Estado los tomaba por su valor nominal.
Causas del fracaso

¿Por qué la convertibilidad, que había dado una estabilidad de precios casi absoluta a partir de 1994/97 terminó en una explosión? Si bien cada uno puede dar su punto de vista, se pueden citar las siguientes razones:

1) Se entró en la convertibilidad con un tipo de cambio que era incompatible con el nivel de gasto público existente al momento de establecerla. Este fue el pecado original.
2) Generó la semilla de presiones devaluatorias durante muchos años y, finalmente, un gobierno políticamente débil como el de Fernando De la Rúa fue volteado por sectores que propiciaban el ajuste cambiario como solución a todos los problemas. Los devaluadores de siempre querían un dólar caro. Tanto es así que Adolfo Rodríguez Saá, el primero presidente que reemplaza al presidente de la Alianza se resistía a devaluar y termina siendo eyectado por su mismo partido político y renuncia desde su provincia, San Luis. Si la convertibilidad aguantó tantos años fue, entre otras razones, porque la gente no quería oír hablar de devaluación.
Es más, Carlos Menem gana la reelección de 1995 con la fusta debajo del brazo, en un momento en que el país estaba en recesión por el efecto Tequila y a pesar de que el atentado a la AMIA había ocurrido pocos meses antes, en julio de 1994. El famoso voto licuadora, por la deuda que habían tomado en dólares la gente para comprar electrodomésticos e hipotecas hacía que nadie quisiera escuchar la palabra devaluación.

3) Los bancos le prestaban a las provincias montos que luego no podían cancelar. Es decir, parte del sistema financiero era inviable por los créditos que le habían otorgado a provincias que luego no podían pagar.
¿Qué nos enseña ese período? Que el problema sigue estando un nivel de gasto público que, si en los 90 era inconsistente para tener estabilidad de largo plazo, hoy es mucho más inconsistente porque durante el auge de las commodities el kirchnerismo aumentó el gasto consolidado en un 50% respecto a las décadas del 80 y del 90. En síntesis, no hay artilugio monetario, cambiario o financiero que pueda sustituir las reformas estructurales y menos un nivel de gasto público altísimo e ineficiente.

En la década del 80 el gasto público consolidado, que era 30% del PBI, no se puedo financiar y derivó en inflación alta, megainflación, hiperinflación, Plan Bonex y default. En los 90 la convertibilidad estalló por los aires porque requirió de endeudamiento creciente para financiar ese nivel de gasto público.

¿Por qué ahora, con un gasto público consolidado que aumentó 50% respecto a las dos décadas mencionadas, la historia va a terminar diferente?

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