Alberto Fernández se autodesluce y Sergio Massa saca ventaja

POLÍTICA Por Por Claudio Jacquelin para La Nacion
El carácter polimorfo y polifacético del peronismo suele potenciarse en las transiciones, las crisis y los liderazgos en conflicto.
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A los evidentes avances de Cristina Kirchner en muchas más áreas de las que hasta hace poco se admitían y la consolidación del poder de La Cámpora, acaba de sumarse la fulgurante emergencia de Sergio Massa. Por voluntad propia y concesión (otra más) de Fernández. 

Con “su” proyecto de rebaja del impuesto a las ganancias, el jefe de la Cámara de Diputados encontró la oportunidad de capitalizar su cuotaparte de la sociedad gobernante y sacar ventaja (más que ventajita). El guiño a la clase media, el sector menos atendido por el Gobierno, lo habilitó para salir a maximizar el rédito de la autoría y subrayar la imagen de regulador ideológico-práctico de la coalición gobernante.

No hay ámbito que haya quedado virgen en el proceso de reinstalación pública del exenemigo mayor de Cristina Kirchner, como demuestran su omnipresencia mediática y su aparición ante factores de poder. Quienes conservan teléfonos de línea en el área metropolitana pueden dar fe de la magnitud del despliegue. Difícilmente hayan quedados inmunes a las llamadas mecánicas para una encuesta que empieza preguntando “qué opina del proyecto de rebaja de Ganancias impulsado por Sergio Massa”. El sobregiro es antónimo de la sutileza.

Por eso, ante el ataque que sufrió anteayer Fernández en Chubut, el entorno massista descolgó los trajes antiflama y activó los protocolos de despegue. El gobernador Mariano Arcioni llegó hasta los máximos cargos provinciales sin títulos previos, solo por su amistad estudiantil con Sergio Tomás Massa. El desquicio en el que se ha transformado Chubut, cuyas consecuencias sufrió en carne propia el Presidente, no fue una buena noticia para el inventor del Frente Renovador. Justo cuando empezaba a acunar de nuevo sus interrumpidos (pero nunca descartados) sueños de grandeza política.

La inexplicable e injustificable falta de previsión y eficacia por parte de los organismos de seguridad que rodean al Presidente compiten ahora en la búsqueda de culpables con el enojo y el desprecio por Arcioni. Massa prefiere hablar de la rebaja impositiva que él promueve desde hace 8 años y anunciar que esta semana podría tener dictamen de comisión para ser tratada en Diputados dentro de 10 días.

De todas maneras, el sensible corazón de Massa para con la clase media todavía tiene que encontrar la fórmula para convencer al necesitado bolsillo estatal que administra Martín Guzmán, al que le restaría unos $40.000 millones de pesos.

Nadie quiere apostar todo a la expectativa de que lo compense el consumo que incrementaría ese alivio fiscal. Una discutida iniciativa para aumentar el tributo sobre las empresas, que permita subsanar el menor aporte de las personas (contra lo que ocurre en el mundo), está haciendo demasiado ruido y dilatando el tratamiento. También en esto, Massa pretende mostrarse ajeno a las polémicas y evitar el pago de costos. Otra prueba mayor para un amante del slalom como él. Una disciplina de riesgo en la que demasiadas veces ha salido herido.

Los demás sectores del oficialismo (gobernadores e intendentes del albertismo nonato) navegan preocupados a merced de las zigzagueantes derivas de su referente. Sin otros horizontes ni destinos posibles, mascullan enojos atados al oscilante mástil albertista, sacudidos por los vientos camporistas, los huracanes cristinistas y, ahora, por las renovadas brisas massistas, siembre ubicuas. Las metáforas náuticas sobreabundan en el espacio (barco) oficialista.

Las justificaciones, las explicaciones, la resignación, el malestar y el desconcierto marcan los distintos enrolamientos y estados de ánimo del Frente de Todos cada vez que miran hacia la Casa Rosada. Los sacuden los tropiezos y escándalos iniciales con la vacunación contra el Covid; la preocupación por el alza incesante de los precios, más allá de previsiones, controles cada vez más férreos y presupuestos difíciles de cumplir; los explosivos embates contra la Justicia; la pelea con sectores empresariales; la dilación para solucionar problemas económicos de fondo (como la deuda con el FMI o el atraso tarifario). Pero, sobre todo, les preocupa el año electoral en curso. La ausencia de un rumbo claro es un tema de otros o de otra dimensión. Mientras nada colapse.

Así cualquier iniciativa que tienda a contener a la multiplicidad de intereses, expectativas, enrolamientos y creencias de su amplio universo de dirigentes, militantes, adherentes y votantes suele encontrar terreno fértil para avanzar. Nada nuevo en los partidos multitarget o catch-all (agarra-todo), como los define la ciencia política. Ninguno más experimentado en esas lides que el peronismo.

Con ese recurso, Fernández busca hacer de su debilidad alguna fortaleza. No sucumbir ante las amenazas externas, desaciertos propios e imponderables varios es el objetivo impuesto. Durar es triunfar. Y ganar elecciones es prolongar expectativas (que no abundan).

“Alberto está haciendo lo que debe: mantener unido el frente, administrar los equilibrios internos, evitar que se agrave la situación recibida, ofrecer algunas mejoras y avanzar con la vacuna, a pesar de todo, para llegar intactos a las elecciones. Con eso ganamos, nos relanzamos y él se encamina hacia 2023”, explican en uno de los pocos ministerios en los que el Presidente cuenta con leales absolutos y no tiene conflictos internos. A la descripción adhieren sin matices ni enmiendas los colaboradores más estrechos de Fernández. De reformas estructurales mejor ni hablar. Pertenecer tiene su sesgo.

La ilusión despertada por los ingresos de divisas que aportará el boom de las commodities, más el posible aporte extra que recibiría el país por la ampliación de capital del FMI, refuerza las esperanzas oficialistas y diluye preocupaciones.

Sin embargo, economistas e inversores encienden luces de alerta. Aunque no afectarían las chances electorales este año. Advierten que entre servicios de deuda, importación de energía y compras al exterior para satisfacer el crecimiento de la demanda sin desabastecimiento se licuaría el mayor ingreso de dólares y no mejoraría la precaria ecuación actual, que se refleja en un riesgo país de 1600 puntos. Los efectos negativos, sumados a otros desbalances en curso, no se sentirían hasta el año próximo. Algunos agoreros dicen que el 2021 puede parecerse al 2017 de Macri, así como el 2022 al 2018. Triunfos no capitalizados por los triunfadores.

¿Axel o Máximo?

De todo eso no se habla en el oficialismo. Al Presidente prefieren reconocerle y reforzarle (con el peso de un mandato) el valor de mantener la unidad, respetando la diversidad, también los cristinistas, camporistas y massistas (en defensa propia). Todos necesitan comprar futuro. Después se verá.

Algunos propagandistas del cristinismo ya le han puesto fecha de vencimiento a Fernández y lo han hecho público. Para después de 2023 empezaron a instalar a Axel Kicillof, pese a la opacidad de su gestión y la incapacidad manifiesta para ampliar su base de sustentación política. Tal vez solo sean distractivos para sacar de los focos a Máximo Kirchner. La máxima de que “nadie llega a presidente tres años antes”, que aplican para restarle chances al opositor Horacio Rodríguez Larreta, podría dar la clave para entender estas prematuras instalaciones.

En ese marco se recortan otras escenas menos luminosas. “Lo de Alberto es cada día más preocupante. Me cuesta entenderlo y reconocerlo. Ya no solo cede y cede a Cristina y a La Cámpora, a los que le acaba de entregar la cabeza de Losardo, la persona más cercana y fiel. Ahora, encima, le regala el beneficio político de rebajar Ganancias a un tipo que perdió la confianza de la política y del electorado. Con estos antecedentes, el armado de listas va a ser un campo de batalla”, refunfuña amenazante un referente territorial bonaerense. Es uno de los que hasta ahora ha acatado todo lo que dispuso Fernández sin dar muestras de rebeldía, pero que también sufre de agobio. Mares de fondo.

El sostenido proceso que va desdibujando la figura de Alberto Fernández contrasta así con la nitidez y la fuerza con que emergen los perfiles de Cristina Kirchner, La Cámpora y Sergio Massa. Y no es inocuo. Hacia adentro y hacia afuera de la coalición gobernante

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