Ministerio de Justicia: se va la dama y llega Rambo

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
En su primera declaración como ministro, Martín Soria evidenció sus formas y a dónde apunta. Marcela Losardo se fue ¿agobiada o sin ganas de rifar su prestigio?
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Martín Soria, nuevo ministro de Justicia, un ignoto para el hombre común, hizo en las últimas horas su presentación pública. Afirmó que la Justicia debe liberar de culpa y cargo a Cristina Fernández en sus causas por corrupción. Una de las cuales atraviesa el juicio oral. Advirtió que viene a terminar con el llamado lawfare, un relato político del progresismo en América Latina que tiende a demostrar que sus líderes son víctimas de los poderes de facto. Enarbolado, claro, por la vicepresidenta. Criticó la complacencia de la Corte Suprema con la mesa judicial de la época macrista, que según los K, habrían hecho persecuciones. Antes que como un florido especialista del Derecho pareció asomar como émulo de Rambo. 

Sus cartas credenciales servirían para explicar varias cosas. Tal vez, si las hubo, disipar algunas dudas. Parece inútil el debate sobre si llegó al poder por imperio de Cristina o deseo de Alberto. Vendría a cumplir, en esencia, con la demanda que crece de la vicepresidenta. Sacarla del fango judicial que la responsabiliza por delitos. Intentar demoler, por otro lado, el sistema vigente. Las formas serían lo de menos.

El Presidente dirá que suscribe todo. Ya lo dijo. Pero la sumisión de los últimos tiempos no puede ocultar evidencias que llaman la atención. Si fue, en efecto, el elector de Soria ¿no contó como Profesor de Derecho en ejercicio con otra alternativa menos opaca? ¿Lo sedujo un ex intendente de General Roca (Río Negro) y diputado que nunca presentó desde su banca un solo proyecto referido al Poder Judicial? ¿Cuyo mejor antecedente de su carrera fue haber sido empleado en Comodoro Py, acomodado allí por su padre, el ex gobernador y ex titular de la SIDE, Carlos Soria?

Esas interpelaciones desnudarían otro costado de la debilidad presidencial. La saliente Marcela Losardo nunca estuvo agobiada. Simplemente no deseaba rifar su larga y respetada trayectoria en la Justicia para mutar en Rambo improvisado. No hubiera sabido, ni querido hacerlo. Aunque el kirchnerismo se lo exigía. De tal acoso, el Presidente jamás la protegió. Optó por entregarla.

Seguramente Soria encajará mucho mejor Losardo en un ministerio donde el funcionario clave es Juan Martín Mena, el viceministro. También pesa Horacio Pietragalla, el secretario de Derecho Humanos. Ambos serrucharon diariamente las patas del sillón de la ministro renunciante. La calidad política de Pietragalla quedó expuesta en sus actuaciones públicas. Por caso, el triste tránsito en Formosa para defender a Gildo Insfrán. Acusado de abusos de autoridad en la eterna cuarentena provincial por el COVID19. Soria parecería un hombre más afín a la madera de Pietragalla.

El Presidente no reparó en ninguno de aquellos detalles. Quizás no pudo. Se manifestó molesto, en cambio, durante un reportaje que acaparó la menor audiencia de la televisión de aire, por la insistencia de los medios de comunicación en subrayar la falta de definición sobre el reemplazo de Losardo. Sostuvo que la mujer había renunciado el viernes último. Y aún no la aceptó. En otro anterior reportaje del lunes 8 se encargó de despacharla. Alberto se enreda demasiado con sus propias palabras.

El fastidio habría estado originado en otras razones. El Presidente hurgó atajos antes de confirmar a Soria. Recursos que disimularan las dificultades que manifiesta para tornar creíble su autonomía en el poder. Algunos asesores le propusieron, por ejemplo, la fusión de Justicia con Seguridad. Pero Sabina Frederic, que a gatas puede con una cartera, no podría con las dos. Menos bajo la fiscalización de Cristina.

También estuvo en consideración la unión de Justicia con el ministerio del Interior. Hubiera sido un incordio para Eduardo De Pedro, su titular. El funcionario de Mercedes opera mucho sobre los jueces desde un despacho donde se supone que aflora la política común, la rosca. La comandancia de Justicia le habría concedido una visibilidad incómoda. Prefiere la trama con su hermano, Gerónimo Ustarroz, representante del Poder Ejecutivo en el Consejo de la Magistratura. El anómalo organismo donde se designan y destituyen jueces.

Después que salga de la Cámara de Diputados, Soria deberá dedicarse a transformar en hechos las promesas de bautismo. Tarea para nada sencilla. Menos, cuando en el amanecer sonaron algunos disparos sobre su persona. El ahora senador y ex mandatario de Rio Negro, Alberto Weretilneck no dudó en calificarlo de “violento e improvisado”. Con afanes persecutorios.

Weretilneck recuperó junto al padre de Soria la provincia para el peronismo en 2011. Fue su vice hasta que el trágico final del “gringo” lo dejó en la cima. Tal vez Martín, para alegría de Cristina, haya heredado algo del natural ímpetu del progenitor. Soria padre fue un hombre bravo que no le temió a los límites. Incursionó en todos los terrenos. Fue famosa -con una denuncia judicial de por medio- la maniobra en 2002 que concluyó con la breve detención, entre varios, del ex ministro Domingo Cavallo.

No solo se ocupó de convencer a dos camaristas para que procedieran. En un departamento que poseía en la calle Larrea, en esta Ciudad, juntó a seis de los miembros de la entonces Corte Suprema. Les hizo el mismo planteo. ¿Se atreverá Martín, su hijo ahora ministro, a tanto?

Quizás el número que el titular de Diputados, Sergio Massa, dice no poseer para aprobar la reforma judicial de Alberto y la Ley del Ministerio Público de Cristina, ambas con media sanción del Senado, empiece a ser gestionado por el nuevo ministro. Un cargo que los K le hicieron siempre a Losardo. Ante esa eventualidad, el líder renovador habría tomado previsiones. “Tenemos algunos votos más. Pero no los suficientes”, dicen ahora portavoces del massismo. Refieren a la Procuración, que es el gran objetivo de Cristina. De allí pretende barrer a varios fiscales que la investigaron por corrupción.

Su objetivo de embretar al macrismo probablemente resulte menos pedregoso. Ya hizo punta contra el camarista Gustavo Hornos, por las reuniones que habría mantenido con Mauricio Macri. Aquel juez está que tambalea, aunque resiste. Luego habrá que observar su destreza para desarticular el vaporoso lawfare.

Brasil puede significar una ayuda. Cristina, Alberto y su tropa celebraron acríticamente la caída de las causas de corrupción contra Lula. Un típico caso de lawfare, según ellos. El ex presidente recuperó los derechos políticos porque un juez del Tribunal Supremo descalificó la jurisdicción del controvertido magistrado que lo condenó, Sergio Moro. Las causas volverán a sustanciarse en Brasilia.

Quienes celebraron el supuesto final del lawfare ocultaron que el juez y el Tribunal Supremo que aliviaron ahora a Lula son los mismos que habían posibilitado su condena. Para la óptica del prestigioso jurista y académico Roberto Gargarella (insospechado de macrismo) sería la cabal demostración de que el lawfare constituye, simplemente, “una tontería”.

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