Ni los hechos visibles pueden vencer a un mito que está muy arraigado

ECONOMÍA Por Claudio Zuchovicki para La nacion
Si el que habla o escribe piensa como uno, eso lo convierte en un ser brillante, pero si piensa distinto es que “está ensobrado”.
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Muchas veces uno puede liderar un proceso de cambio por su calidad de construcción, por la capacidad de crear expectativas positivas y saber generar consensos, o simplemente por tener un gran poder de daño. 

Si usted cree que viene un escenario constructivo y de respeto a las instituciones, disfrute y prepárese para vivir un futuro mejor, y le propongo reencontrarnos en la próxima nota dentro de dos semanas; no quiero confundirlo con este texto. Déjeme saludarlo atentamente: “hasta la próxima”.

Si usted cree, como yo, que viene un escenario más conflictivo, de muestras de poder de daño y del uso ideológico de las instituciones, sabemos que solo se lo puede cambiar con educación y conocimiento compartido.

Más actual que nunca es la famosa sentencia: “Hay demasiados dirigentes que se dicen progresistas; te tratan como Stalin y viven como Rockefeller”. En la actualidad, ante cada acontecimiento ya existe una conclusión armada, para relatar o explicar, según el prejuicio, la obsesión o la conveniencia propia.

Según el diccionario, el verbo “endilgar” representa la acción de pasar a otra persona una tarea o cosa que resulta pesada o molesta. Es una especialidad argentina. Están los que le endilgan siempre a la exclusión social, la justificación de un robo o un delito, antes de saber quién fue el responsable y cómo fueron los hechos.

Están los que le endilgan siempre al sector privado la culpa de las ineficiencias del Estado, que, en lugar del mérito, utiliza la lealtad para distribuir cargos; y los que le endilgan siempre la culpa de todo, ante un error o delito, a los multimedios o a los periodistas que describen esa situación.

Si el que habla o escribe piensa como uno, eso lo convierte en un ser brillante, pero si piensa distinto es que “está ensobrado”. Como decía mi Bobe: “Una persona radicalizada es aquella cuyas opiniones difieren radicalmente de las mías”.

Como se titula esta columna, no hay dato bien medido que pueda vencer a un mito que está muy arraigado. Voy a utilizar uno de los brillantes ejemplos de Adrián Paenza para justificar la nota de esta semana:

Tres amigos van a un bar y piden tres cafés. Cuando llaman al mozo y le piden la cuenta, les dice que son $250. Cada hombre pone $100 y el mozo deja $50 de vuelto en cinco monedas de $10. Los amigos se reparten $10 cada uno y los $20 restantes se lo dejan de propina al mozo. Pregunta: si cada hombre pagó $90 ($100 menos $10 de vuelto), o sea que pagaron $270 entre los tres (90×3), más $20 de propina que le dejaron al mozo son $290, ¿dónde están los 10 pesos que faltan? ¿Quién se los quedó?

El planteo nos desafía a encontrar dónde están los $10 que faltan. Nos encerramos en los cálculos y no nos detenemos en el relato o razonamiento que nos dan por adelantado. En realidad, no falta ningún peso, es decir que “el enunciado nos está engañando”. Simplemente la cuenta de $250 más los $20 de propina suman los $270, que es lo que realmente pagaron. Es el relato lo que engaña.

El relato previo condiciona nuestras conclusiones. Como nos pasa en la Argentina, y es eso lo que quiero demostrar con el siguiente quinteto- con los llamados “prejuicios”.

1. Prejuicio ideológico: “En el cementerio de Highgate (Londres) está la tumba de Karl Marx. Visitarlo cuesta 4 libras. En el cementerio de Canongate (Edimburgo) está la tumba de Adam Smith. Visitarlo es gratis. ¿Quién utilizó mejor la economía de mercado?” (tuit de un amigo).

2. Prejuicio de consumo: bajo el principio de que “cuando comprás algo, no lo compras con dinero, sino con el tiempo que te ha costado conseguir ese dinero”, entiendo por qué el sector productivo y laborioso no logra disfrutar de los logros de convivir con un modelo de cupos, restricciones, sanciones y además pagando cada vez más impuestos. Por el contrario, sí entiendo por qué a algunos funcionarios que cobran por militar y no por producir se los ve felices con ese modelo.

3. Prejuicio hacia la “mesa de consenso”: bajo este principio se arman encuentros para ver qué pone cada sector para mejorar la situación del conjunto de la sociedad. La realidad indica que lo más importante, primero, es participar de esa mesa y sentarse lo más al medio y cerca del organizador posible, puesto que, al que queda afuera de la reunión o al que sientan lejos, le aumentan las chances de ser quien pague la cuenta del consenso logrado.

Si buscan realmente el consenso, ¿por qué obligan a las empresas a declarar sus costos, cuando son los impuestos su principal ítem en la estructura de valores? Como dice el viejo refrán: “Si a los cinco minutos de estar sentado en una mesa de negocios todavía no te diste cuenta de quién lleva la peor parte, entonces sos vos”.

4. Prejuicio de la deuda: endeudarse no es malo, permite acelerar un proceso de crecimiento. Lo malo es malgastar el dinero conseguido. La Argentina, en cada gestión, agrega millones de dólares de deuda, casualmente la misma cantidad que refleja su déficit fiscal. Tomamos deuda, no para mejorar nuestra infraestructura, sino para repagar la deuda anterior más los nuevos desequilibrios generados por gastos ineficientes. Nunca nos desendeudamos, solo incumplimos una parte vía quitas de capital o intereses. Esencialmente solo cambiamos de acreedores. Si le devolvemos al FMI es porque le sacamos a ahorristas locales o por la descapitalización de las reservas del Banco Central.

Incluso, en esta gestión aumentó la deuda. Hoy, el stock de Leliq es récord absoluto. Son $3 billones, que, a una tasa promedio del 38% anual, vamos a pagar $1,3 billones adicionales en intereses (déficit cuasifiscal). Si vuelven los fondos buitres, ¿eso habla de ellos o de nosotros?

5. Prejuicio de negocios: el amiguismo es malo para los innovadores y los consumidores, genera más desigualdad. El Gobierno que se hace amigo de una empresa o industria bloquea la competencia y termina produciendo un mayor costo para el Estado, para los contribuyentes y, sobre todo, mayores precios para los consumidores. Todos aprueban la teoría de Henry Ford que plantea la necesidad de que sus asalariados ganen lo suficiente como para aspirar a comprar un auto (producido por él).

Hoy, las grandes empresas ya no tienen dueños, cotizan en Bolsa y lograron separar la propiedad (accionistas) de la gestión (funcionarios). Los que gestionan, los funcionarios, quieren ganar dinero, lo mismo que sus accionistas, que son finalmente los que arriesgan su capital. Se premia y castiga su desempeño con el valor que toman sus acciones. Las ineficiencias de una empresa estatal las paga el ciudadano común con más impuestos o con peor calidad de servicios (menos seguridad o salud).

Pero parecen ser muchas las personas que creen que todas las empresas quieren empobrecer al mundo: que Apple desea que la capacidad de gasto de la gente se reduzca tanto que no puedan comprar el iPhone85; que Google, Microsoft y Facebook quieren que los humanos no puedan comunicarse, para no poder vender publicidad; que las petroleras y las automotrices promueven que haya un poder adquisitivo global más bajo para que impida comprar autos y cargar combustible; que los bancos hacen campaña para tener clientes que no puedan devolver sus créditos; que los supermercados prefieren menos consumidores para sus productos para reducir sus ventas. Que las farmacéuticas prefieren un mundo en el que los enfermos no puedan comprar sus medicinas y que los medios quieren perder credibilidad para tener menos oyentes y auspiciantes.

En resumen, los que emprendieron creando empresas están, según muchos piensan, deseando una ola de miseria global para así reducir la capacidad adquisitiva de los humanos y con ello reducir drásticamente sus beneficios, por el placer de no aumentar el salario de sus trabajadores e incluso por el placer de tener que despedirlos porque las ventas caen.

Sí señores, Somalia, Cuba, Venezuela y Corea del Norte no tienen ninguna de estas empresas citadas y están desbordando de progreso. La estrategia es ser lo suficientemente pobres como para no poder comprar los productos que estas multinacionales producen, entonces desalentarlos y que todos necesiten vivir del Estado.

Es cierto que no todos tuvimos las mismas posibilidades de acceso a la capacitación y a los recursos básicos. Es justo entonces cobrarles más impuestos a los que más tienen para poder sostener a los que están excluidos del sistema. Pero sacarle al que arriesga y produce para darle al que menos tiene a través de intermediarios no incentiva el progreso, solo enriquece al intermediario. Es más inteligente aprovechar el empuje emprendedor de los que tuvieron más posibilidades, facilitar su desarrollo y que, con sus beneficios, financien empleo, educación, innovación e inclusión laboral.

Me suena ridículo pensar que una empresa que invierte tiempo y dinero en formar a un trabajador disfrute prescindir de él. La riqueza no se hace distribuyendo, primero hay que generar las condiciones para producir un flujo constante del crecimiento genuino. Los comensales (habitantes) aumentan todos los años, nunca van a alcanzar las mismas porciones. Hay que generar siempre más riqueza que el aumento de la población. Es la forma de reducir la pobreza.

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