Los días de Alberto Fernández: faltan vacunas y sobran motochorros

POLÍTICA Por Héctor Gambini para Clarin
Mientras no hay certezas sobre cantidad de dosis ni plazos de entrega, lo que parece inmunizada es la inseguridad.
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Se libraba la batalla de Bosworth -en el centro de Inglaterra- cuando el rey Ricardo III, último monarca de los York fue sorprendido a pie por sus enemigos. Shakespeare escribiría luego que, rodeado y segundos antes de ser asesinado, Ricardo se quitó el casco de su armadura y gritó: “¡Mi Reino por un caballo!”. 

Desde aquellos días del siglo XV hasta hoy nos llegan dos certezas. La primera es que efectivamente se quitó el casco: estudios recientes de la Universidad de Leicester afirman que murió de nueve golpes en la cabeza asestados con armas medievales.

La segunda, que nadie le acercó el caballo de la salvación. La demanda no llegó pese a la generosidad de la oferta -nada menos que el Reino de Inglaterra por un simple corcel-, lanzada al viento cuando ya estaba todo perdido.

Tras aquellas dos certezas, dos conclusiones.

Una: cuando no hay, no hay. No importa lo que uno esté dispuesto a pagar.
Dos: es mejor negociar a tiempo, cuando aún se está arriba del caballo.
Ricardo tenía 32 años cuando llegó a su batalla final y Alberto Fernández cumplirá 62 la semana próxima.

En el año electoral, el Presidente también parece andar de a pie entre los desatinos de la gestión y las internas palaciegas e interminables de su gobierno loteado.

El caballo que necesita son las vacunas.

Mientras festeja el millón de vacunados en la Provincia, en ese mismo territorio le aplican una dosis a una chica de 18 años sólo por ser militante, mientras aún esperan ser inoculados 3 de cada 4 ancianos que están en los geriátricos. No parece algo para festejar.

La joven militante -finalmente echada de su puesto por la esposa del actual ministro de Desarrollo Territorial, Jorge Ferraresi, que la había contratado- recibió una dosis de Sinopharm, la vacuna china cuyo envío masivo aún está en veremos.

Las vacunas chinas están en China, dijo esta semana la ministra de Salud, Carla Vizzotti. Y México anunció que "comenzará" a distribuir recién dentro de un mes las vacunas AstraZeneca que compró la Argentina.

Tampoco hubo demasiadas precisiones.

La Provincia del festejo insólito es el mismo terruño donde el ministro de Seguridad toma del cuello al secretario de Seguridad nacional mientras la inseguridad ahorca a otros.

Por ejemplo, a María, la psicóloga asesinada por un motochorro en Ramos Mejía. Ella murió. Los funcionarios que juegan al ahorcado para dirimir quién sale primero en la tele siguen en funciones.

Ni el ahorcado ni el ahorcador llamaron a la familia de la psicóloga -cuatro hijos, una vida solidaria y llena de ilusiones- para preguntarles si necesitan algo.

De paso, el motochorro que asesinó a la psicóloga debía estar preso -tenía 11 causas acumuladas por robo-, pero estaba libre por peligro de coronavirus.

En todas las cárceles de la Provincia, con 50.000 internos, murieron cuatro presos con Covid desde que comenzó la pandemia. Cuatro. Es el 0,008% de la población carcelaria.

Pero los que salieron, salieron. Al asesino de la psicóloga lo fueron a buscar en noviembre y ya no lo encontraron.

Así, lo que se inmunizó fue la inseguridad.

Mientras el Presidente pide por el caballo de las vacunas desde el suelo, lo rodean los ataques de motochorros en el GBA, las internas feroces en Seguridad, la guerra contra los jueces, los mensajes internacionales bifrontes -ahora volvió a apoyar fuertemente al gobierno venezolano de Maduro mientras Guzmán busca acordar con el FMI- y la soledad tabicada de un poder del que sólo dispone de retazos. 

 

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