El mes de la capitulación albertista

OPINIÓN Por Claudio Jacquelin*
La claudicación del albertismo o la creciente capacidad de anticipación de los deseos de Cristina Kirchner es motivo de preocupación no solo en la Argentina
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Primero fue la cristinización de la política sanitaria y el plan de vacunación, después fue la cristinización de la política judicial, luego la cristinización de la política económica y, finalmente, la cristinización de la política exterior. La secuencia es el motivo de la desolación que padecen los últimos mohicanos del albertismo. Son los que han bautizado a marzo como “el mes de la claudicación”. 

Más que el comienzo de un otoño lluvioso el clima en los despachos más albertistas de la Casa Rosada es el de un invierno inquietante después de la ilusión que despuntaba en medio del verano con la recuperación de la economía, la llegada de las primeras vacunas, la disminución de los contagios de Covid después del pico alcanzado tras las celebraciones de fin de año. Fin de fiesta propia. En otras oficinas sí hay celebraciones.

La aparición de Cristina Kirchner (“la presidenta”, según la locutora del acto) anteayer en Las Flores tuvo el estrépito que sus histriónicas manifestaciones suelen causar, pero amplificadas. Por lo que dijo, por los temas económicos y políticos que abordó, por los destinatarios de su mensaje y por la coincidencia temporal y conceptual con una ruidosa decisión presidencial: la salida del conglomerado internacional más crítico de la Venezuela de Maduro.

Pocas veces antes, la bipresidenta marcó la cancha en público con tanta claridad. Hacia adentro del Gobierno y hacia afuera. Lo explicitó en el párrafo que empieza con una demanda (o advertencia) “a los que tienen responsabilidades, del oficialismo y de la oposición” para que acuerden (o acepten) una forma de resolver el problema de la deuda “porque sino va a ser muy difícil, sino imposible, gobernar la Argentina”. Antes había fijado las pautas sobre las que debía cerrarse cualquier acuerdo. A la abogada exitosa los contratos que más le gustan son los de adhesión. Que no se discuten.

En momentos en que los rumores que surgen del Senado y del Instituto Patria sobre el disgusto, la decepción o el enojo con la gestión de Fernández, la mención a una eventual crisis de gobernabilidad no se vio como un aporte solidario hacia el Presidente. Aunque en el primer piso de la Casa Rosada los más fieles albertistas digan lo contrario, con esa mueca de sonrisa pintada que lucen los boxeadores tocados. En cambio, otros, ya sin ánimo para disimular, admiten que fue una escena demasiado explícita.

El impacto de las palabras de Cristina en el mundo financiero externo fue instantáneo y no pareció ayudar mucho a las gestiones por la deuda pública que realiza el ministro Martín Guzmán en Estados Unidos. Lo demostraron el alza del riesgo país y el inmediato desplome de las acciones argentina en Wall Street, que el rebote de ayer no alcanzó a compensar. Como ocurrirá este año con la economía nacional.

Traduciendo al FMI 

Los recortes interpretativos benévolos que hizo ayer el Gobierno de las declaraciones del vocero del Fondo Monetario Internacional, tras la visita de Guzmán, no anulan la evidencia de que las dificultades y desconfianzas siguen tan abiertas como antes y no por responsabilidad del ministro, ni por cuestiones solo técnicas. La política manda. Analistas económicos y financieros neutrales consideran que apenas se han dado unos pocos pequeños pasos (baby steps, les llaman) que permiten seguir las conversaciones. Al Fondo nunca le gustaron las rupturas con los deudores. No mucho más.

“Traducidas de la jerga diplomática, las concordancias que el FMI subrayó son del orden de que hubo acuerdo en que la Tierra es redonda y que gira en derredor del sol”, así graficó un agudo economista heterodoxo el tenor de las coincidencias y la modestia de los logros que el Gobierno celebra.

Debajo de los títulos que eligió el oficialismo para presentar las palabras de Gerry Rice se pueden advertir elementos que reflejan la preocupación por la centralidad que tiene el cristinismo y la falta de claridad sobre el rumbo político-económico del Gobierno. La claudicación del albertismo o la creciente capacidad de anticipación de los deseos de Cristina Kirchner es motivo de preocupación no solo en la Argentina.

Por un lado, se destaca el rechazo de plano que expresó el vocero a algunos de los planteos expresados por la vicepresidenta (como la extensión de plazos de pago en un futuro acuerdo). También el reconocimiento de que “la inflación es un fenómeno multicausal, que para reducirla se requiere de políticas macroeconómicas consistentes”, como le gusta explicar a Guzmán, a contramano de lo que suelen decir economistas preferidos por Cristina Kirchner. Un respaldo para un amigo, que no lo encuentra en su propio gobierno.

Otro tanto puede decirse de la demanda, disimulada como expresión de deseos, para que se presente un plan económico que “siente las bases para un crecimiento sustentable e inclusivo, liderado por el sector privado”. La “sugerencia”, ¿será interpretada por el Instituto Patria como una ingerencia en los asuntos internos (del Frente de Todos)?

La flexible cintura que Guzmán ha demostrado para moverse entre las austeras instrucciones que recibe de la Casa Rosada y las firmes demandas que emanan de la presidencia del Senado empiezan a ponerse prueba. Para el ministro, su declamada búsqueda de los equilibrios empieza por casa.

La recurrente reivindicación que hace Cristina Kirchner de la gestión de Axel Kicillof no le facilita la tarea a Guzmán, como tampoco muchas de sus intervenciones públicas. A pesar de los esfuerzos de los voceros de Fernández que afirman que la intervención de ayer de la vicepresidenta estaba acordada con el ministro en un remedo del juego del policía malo y el policía bueno. Los conocedores de las negociaciones financieras internacionales suelen ser mordaces: dicen que si no estamos ante una actuación de aficionados para disimular internas, el argumento refleja una ingenuidad periférica.

Kirchnerismo y wadismo 

Algunos de los últimos mohicanos albertistas admiten, no sin otro motivo de desconsuelo, que, ante la deriva tomada por el Gobierno, ya solo le resta hacer kirchnerismo puro y duro. “Ahí está la única base de sustentación que le queda. Además, con esa definición, despeja en algo la incertidumbre”, explican con realismo y resignación. Sería ampliar a otros campos la política judicial adoptada con la entrega del Ministerio de Justicia a Martín Soria. Marcela Losardo era el último dique.

Los que alguna vez apostaron por un proyecto superador del kirchnerismo, liderado por Fernández, ahora tienen expectativas tan módicas como las que llevó en su valija Guzmán a Estados Unidos.

“Desde que es candidato, Alberto tiene como primer mandamiento mantener la unidad del FDT a cualquier precio, inclusive al de entregar a los propios. Pero confunde poner frenos con pelearse”, dice un integrante del albertismo, que parece contentarse con que les evite el maltrato. Losardo es el ejemplo recurrente. La filtración de su salida, adjudicada al cristicamporismo, que la dejó expuesta e indefensa, es un espejo en el que nadie se quiere ver reflejado, pero en el que muchos colaboradores de Fernández temen encontrarse en un futuro próximo.

Los embates de La Cámpora sobre algunas de las áreas que quedan en manos albertistas son constantes. La sombra que más se proyecta sobre ellos tiene la fisonomía de Wado de Pedro, dicen los que padecen el fuego amigo. El incremento de poder, la ampliación de la red de vínculos, más la inagotable y bien publicitada agenda diaria del ministro del Interior resultan ya motivo de suspicacias. Tanto como para que se empiece a hablar del “wadismo” y que se discuta sobre las ambiciones (y proyectos) del titular de la cartera política. Lo consideran otro logro de Fernández y su forma de gestionar.

La desalbertización o la cristinización de Fernández alientan elucubraciones de quienes miran a 2023. No solo sueña Sergio Massa. El arrastre descendente que la figura de Cristina Kirchner hace de la imagen de su hijo Máximo, fuera del círculo de los acólitos, y las dificultades de Kicillof en de Buenos Aires desatan especulaciones. Son los frutos no deseados del “mes de la capitulación”. Todavía falta demasiado.

Claudio Jacquelin para La Nación

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