La peste y los K asedian al Presidente

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
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Tres indicadores parecen suficientes para reflejar el dramático momento que atraviesa la Argentina en pandemia. Los muertos en promedio de los últimos diez días (500) equivalen a aquellos que, en épocas normales, fallecen por afecciones cardiológicas y oncológicas. El nivel de contagios en el mismo lapso supera por cada 100 mil habitantes –6.520 contra 1.331- al que se verifica en India estallada por el Covid. En el rango de vacunación, nuestro país asoma módicamente por encima: 16 dosis por cada 100 mil habitantes contra 10,3 de la India. 

En ese escenario, el gobierno de Alberto Fernández exhibe tres problemas que despuntaron en 2020. Ahora se profundizaron. Hay un déficit objetivo de gestión. Las dificultades de liderazgo político y conducción sanitaria se reiteran. La comunicación a la sociedad en la emergencia resulta imprecisa y confusa.

El origen de tantos desajustes podría responder a errores de diagnóstico que ya se advirtieron el año pasado. El Gobierno creyó que el virus nunca llegaría. Cuando se percató de lo contrario inició una cuarentena que mantuvo desde marzo a la espera del pico de contagios. Ese pico recién llegó en octubre. Se consumió buena parte de la paciencia social y se hundió a la economía.

Para no despertar expectativas falsas, como en aquella ocasión, debería diagramarse una hoja de ruta. Y decir las cosas cómo pueden suceder. Así lo plantean, al menos, expertos como Roberto Debbag, Conrado Estol o Adolfo Rubinstein. No habrá sólo tres semanas más de limitaciones y luego retornará cierta normalidad. La segunda ola promete permanecer todo el año con distinta intensidad. Durante los descensos debería existir la llamada “planificación valvular”. Aperturas automáticas después de los confinamientos apuntalados en las estadísticas. Lo aprendieron muchas naciones de Europa que la pasaron mal.

En esas etapas habría que recurrir a medidas que no se toman adecuadamente. Los expertos coinciden en que los testeos no podrían bajar de 500 mil por día. Se hacen 80 o 90 mil cada tanto. Sólo de ese modo puede tenerse conciencia sobre la dimensión de los contagios. Un atenuante frente a la campaña de vacunación en la cual el Gobierno viene fracasando.

Nunca, sin embargo, asume su cuota de responsabilidad. Ahora el gran enemigo sería el laboratorio de AstraZeneca, fabricante de la vacuna de Oxford, que no cumple con el abastecimiento estipulado. Ese acuerdo de agosto del 2020 hizo que el Gobierno abriera un conflicto con el estadounidense Pfizer. Se tiraron líneas de negociación con Rusia y China. Satisfacción para el kirchnerismo. Ambos países tampoco cumplen con los millonarios lotes prometidos. Por esa razón el Gobierno termina mendigando a Pfizer a través de Washington. Para compensar, anuncia el acercamiento con Cuba por una vacuna que no empezó todavía la experimentación en fase III. Eso se llama desmanejo.

Resulta ilustrativo colocarlo en cifras. El Gobierno firmó cinco contratos para la adquisición de tres vacunas. Abonó US$ 380 millones por el 50% de las dosis. Recibió hasta el presente sólo el 25%.

Más problemas para Alberto

La situación ocurre, además, cuando el Presidente demuestra inconvenientes para ejercer la jefatura política. Debió otra vez demandar a los gobernadores que cumplan con las restricciones y controles. La última vez no sucedió. El efecto de sus Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) pareciera ir perdiendo fuerza. De allí su anuncio de un proyecto que enviará al Congreso para que, según criterios sanitarios, se le concedan facultades para adoptar restricciones. No querría volver a pasar, como pasa, por el ingrato trago que significa el desafío de Horacio Rodríguez Larreta con las clases presenciales.

De nuevo el Presidente citó de ejemplo a Alemania. La premier Angela Merkel acaba de obtener de su Parlamento atribuciones para adoptar medidas drásticas cuando la pandemia lo exija. Tomará en cuenta los parámetros epidemiológicos que no están sujetos a discusión. Vaya una pequeña diferencia. Aquí el jefe de la Ciudad exhibe estadísticas que indican la bajísima incidencia en la curva de contagios que tiene la presencia de alumnos de primaria en las aulas. El Gobierno y Buenos Aires las refutan.

Alberto, en verdad, disfraza aquella ambición con un llamado a la convergencia con la oposición. Hace un año su palabra pudo haber despertado expectativa. Su credibilidad ha bajado como el valor del peso. ¿Es el Presidente que el lunes habló de abandonar la política para combatir la pandemia? ¿O el que inventó el martes que 150 viviendas de Avellaneda no habían sido terminadas en 2019 solo por el odio macrista? En Juntos por el Cambio están atentos a otra cuestión: que aquel texto no enmascare la cesión de superpoderes. El kirchnerismo le supo sacar rédito en su década anterior.

Los problemas para el Presidente abundan, además, en su propia comarca. Axel Kicillof, el gobernador de Buenos Aires, quedó disconforme con la falta de dureza de las nuevas medidas. Tomó las propias: los controles que causaron caos en los principales accesos a la Ciudad. Insistió hasta último momento con la idea de un cierre total. De otra manera el control del Conurbano se le torna imposible. Aunque lo llene de policías y de multas. Diseñó incluso un organigrama excepcional de transporte público, que debió retraer, solo para trabajadores esenciales. De la salud y la alimentación. Nada más. Alberto prestó atención, en última instancia, a los consejos de Martín Guzmán. Otro cierre total derrumbaría la posibilidad de cualquier mínimo repunte de la economía. Pésima noticia para el tiempo electoral.

El académico de la Universidad de Columbia parece apuntado definitivamente por el kirchnerismo. En niveles de alta jerarquía. Sergio Berni, el ministro de Seguridad, lo descalificó en declaraciones por televisión. “La pandemia es una cosa demasiado grave para dejarla en manos de un economista”, disparó. La andanada del médico-militar sería una nimiedad comparada con otro dato. Cristina Fernández cuestionó la decisión de autorizar aumentos en tarifas de servicios.

Guzmán terminó trastabillando en medio del conflicto. Luego de anunciar un ajuste en el gas, hizo trascender la renuncia del subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo. Hombre de vínculo directo con la vicepresidenta. La salida quedó frenada después de un llamado que recibió del Instituto Patria. También intervino el titular del Enargas (Ente Nacional Regulador del Gas), Federico Bernal. Tiene la foto del ministro de Economía clavada con un alfiler.

En la misma semana, existió otra disputa palaciega. Alberto resolvió prorrogar por tres meses la concesión, que vencía el último viernes, a la empresa Hidrovía. S.A. (de mayoría belga y participación nacional) para el sistema de navegación troncal de los ríos Paraná-Paraguay. Por allí sale el 80% de las exportaciones argentinas. La decisión se tomó en el límite, con Gabriel Katopodis como “ministro transitorio” de Transporte (fue designado ya Alexis Guerrera), porque el kirchnerismo bregaba por su estatización. Husmeó el valor de una caja que le falta.

La conducción sanitaria 

Al problema de la jefatura política se añaden las deficiencias en la conducción sanitaria. Carla Vizzotti quedó debilitada como titular de Salud luego del escándalo de Vacunatorio VIP. No sería el único asunto que se le vuelve en contra. La mujer (sin poner en duda sus aptitudes académicas) no aparece con solvencia cuando debe comunicar novedades sobre contagios o vacunas. Contrasta su imagen con la precisión y pulcritud de su colega en la Ciudad, Fernán Quirós.

Vizzotti incurre en consideraciones generales. El manejo de la palabra muchas veces la traiciona. En medio del estrés del sistema sanitario y la carencia de algunos insumos llamó a los médicos a “racionalizar” el uso de oxígeno. Vital para tratar a los enfermos de Covid, aún aquellos que no son graves. Consejo desafortunado.

Debido al incremento del número de pacientes el uso de oxígeno medicinal se triplicó respecto del 2020. Ese año la Argentina exportó 493 toneladas a Uruguay, Paraguay y Bolivia. En el primer trimestre de este año –con la segunda ola encima- la exportación alcanzó las 260 toneladas. Muestra de imprevisión. Broche político: el Presidente donó hace poco 10 toneladas a Bolivia en medio de su crisis sanitaria. Obsequio para Evo Morales y su discípulo presidencial, el economista Luis Arce.

No fue la única imprudencia del Gobierno. Varios movimientos piqueteros convulsionan diariamente las calles de la Ciudad. No tienen representación oficial aunque mantienen vínculos con otros (Movimiento Evita y la CTEP de Juan Grabois) insertos en la estructura del Ministerio de Desarrollo Social. Aquellos manifestantes, en los últimos días, añadieron a su habitual reclamo de planes sociales, otro excepcional: la cesión de vacunas. Se convino que recibirán 70 mil.

Difícil objetar la inmunización a personas que desempeñan tareas en situación de gran precariedad. Una arbitrariedad, de todas formas, en un país donde faltan vacunas todavía para los sectores esenciales y vulnerables. No sólo los mayores de 60 años. Tampoco concluyó la inmunización entre el personal de salud. Mucho menos en las fuerzas policiales y de seguridad. Allí se inoculó apenas al 8% o 10% de los integrantes. La semana pasada falleció el policía número 50 por Covid.

El Presidente insistió que, en medio de la grave crisis sanitaria, no cabe ninguna especulación política. El ministro de Interior, Eduardo De Pedro, y el kirchnerismo, sin embargo, parecen haber perdido interés por alterar el calendario electoral. En todo caso, irían más adelante por la anulación directa de las PASO. La palabra de Alberto posee siempre una doble faz.

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