Los sapos que se traga Alberto Fernández

OPINIÓN Por Eduardo van der Kooy
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El Presidente se abrazó a la guerra judicial de Cristina. Ahora trata de que no le tumben a Guzmán. Como antes a Losardo. En público parece sólo hablarle a ella. El ministro reflota una idea de De Vido.

 
Alberto Fernández se va quedando con pocas banderas. La escasez sobresale por su empeño en resaltar la unidad de los representantes máximos de la coalición oficial, el Frente de Todos. Como si esa unidad fuera, en sí misma, un fin político y no un medio para desempeñar el Gobierno. El problema se trasunta además en sus conductas. Intenta transmitir autoridad a los gritos, enojado, con una imagen destrazada. Opuesta a Cristina Fernández, silenciosa y galana. 

Todo sentido de la unidad suele nacer de las diferencias. Se mantiene contraído detrás de un objetivo común. En el caso del FdT apunta a las elecciones y a la permanencia en el poder. Peronismo de manual. Aquellas diferencias no se diluyen y muchas se resuelven en función del volumen de las fuerzas que la integran y la fortaleza de los liderazgos. El kirchnerismo tiene, por ahora, bien subsumido al peronismo. La supremacía de la vicepresidenta sobre el Presidente es notoria.

Por esa razón, Alberto hace de la invocación a la unidad casi un patrimonio. La fotografía que desafió a que tomaran los reporteros en un acto en Ensenada, desnudaría debilidad antes que vigor. Apareció rodeado mayoritariamente por dirigentes ultra K. Como excepción se vio a Sergio Massa. El titular de la Cámara de Diputados prefiere preservar su juego. Donde la política se cruza con los negocios. Su relación con Máximo Kirchner resulta, en ambos aspectos, clave. El diputado pasó las últimas dos semanas en Santa Cruz, en una cura de estrés.

El Presidente ha dejado de ser el mandatario del diálogo. Con esa promesa ayudó a ganar las elecciones. La exhibe y la archiva. En medio de la pandemia redobló su ofensiva contra Juntos por el Cambio. En especial Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de la Ciudad, a quien entronizó como futuro candidato después del fallo de la Corte Suprema que avaló la autonomía porteña y las clases presenciales en el distrito. Aquel halago al alcalde buscó atizar una interna fogosa que despunta en la oposición.

El profesor de Derecho también decidió incinerar su diploma. Se encuadró en la estrategia de Cristina. El problema no son ya jueces descarriados de la época macrista. Enfiló contra la Corte Suprema, donde tres de los cinco magistrados han sido desde hace años, incluso en el llano, contertulios suyos. Se trata de Ricardo Lorenzetti, Juan Carlos Maqueda y Elena Highton. Jamás indultó a Horacio Rosatti por haber abandonado el gobierno de Néstor Kirchner denunciando corrupción. A Carlos Rosenkrantz lo desconsidera.

El rumbo judicial fue definido por Cristina. ¿Sucederá lo mismo con la economía? Por lo pronto, se advierte un esfuerzo kirchnerista por minar la figura de Martín Guzmán. El ministro de Economía pretendió separar al subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, que se opuso a un plan para actualizar tarifas. No pudo por oposición de Cristina y de La Cámpora. “Mejor me voy”, le comentó al Presidente. Alberto empalideció. Lo convenció de que arreglaría las cosas.

No las arregló porque tampoco puede. Hizo un pasteleo. Convino con Cristina que Basualdo no se iría. Guzmán tampoco. El ajuste tarifario quedó en enredo, aunque el ministro planteó un desafío a los ultra K. Sostuvo que los subsidios favorecen a los ricos. ¿Audacia? Apenas una reiteración de la “sintonía fina” que Julio De Vido propuso en 2011 y quedó en la nada. El kirchnerismo siempre mira hacia atrás antes de no resolver.

Alberto sabe que la hipoteca vacante en Economía sería otra pérdida para él. Hay una metáfora política que lo empieza a saturar: alude a los sapos que se traga. El área económica está siendo asediada. Uno de los puntales es Axel Kicillof. Apoyó a Basualdo. Inspira la política económica interna a través de su pupila Paula Español, con límites y restricciones que remiten cada vez más al “morenismo”. El de Guillermo Moreno, no el de Mariano.

Supone, como suponía Moreno, que el problema de la inflación se arregla con torniquete. No existiría una cuestión sistémica-económica de hace seis décadas. Obedece a la irresponsabilidad empresaria. A su falta de solidaridad. ¿Cuál ha sido en esta pandemia la de la clase política? La pregunta no figuró en su mensaje para comunicar medidas de ayuda social. Que, dijo textualmente, veremos cómo financiamos. Reto para Guzmán. Otro salto a la pileta sin agua.

Cristina untó con pincelada de brea al ministro de Economía. Oscar Parrilli, senador y mandadero, impulsó un proyecto de declaración que pide al ministro de Economía que aplique a solventar los gastos de la pandemia los derechos de giros especiales que el Fondo Monetario Internacional otorgará a la Argentina en agosto. Son cerca de US$ 4.300 millones. El docente de Columbia los contaba para saldar deudas cercanas.

Guzmán estará en Francia, junto al Presidente, para negociar con el Club de París. Verá en el Vaticano a la titular del FMI, Kristalina Georgieva, con quien trata la renegociación de los US$ 44 mil millones de deuda. Los portavoces del organismo financiero lo reconocen como interlocutor. Aquí lo devalúan. El director del Banco Nación, Claudio Lozano, cuestionó su preocupación por solucionar aquella deuda.

Alberto tiene por ahora coagulado el conflicto detonado contra Guzmán. No solucionado. La precariedad constituye un karma de su gestión. Se desnuda también en el problema más grave: la segunda ola de Covid que apunta a 67 mil muertos. La falta de vacunas se combina con una pobre campaña.

Veamos: la población que recibió la primera dosis de Covishield ignora cómo seguirá porque la India ha dejado de enviar el producto. China detendría hasta mitad de año el abastecimiento de Sinopharm. AstraZeneca continúa demorada y la pequeña provisión que arribó (860 mil dosis) proviene del fondo Covax, de la Organización Mundial de la Salud. Tampoco los inoculados con la rusa Sputnik V saben cuándo contarán con la segunda dosis. Con las pocas que llegaron se hicieron macanas: en Santa Fe, fueron inyectadas a personal de salud que no recibió la primera dosis. Han pasado a formar parte de un “grupo de estudio”. Se menciona ahora a la Sputnik light, de la cual se ignora casi todo.

Las tratativas con Pfizer y Johnson&Johnson no tendrán novedad a corto plazo. Con el laboratorio estadounidense Moderna ni siquiera se inició un diálogo. La desesperación explicaría el sorpresivo rumbo “bidenista” de Alberto y de Cristina. Elogios vulgares. El jefe de la Casa Blanca, Joe Biden, podría ser el socorro postrero para que Washington libere vacunas (AstraZeneca) que le estarían sobrando.

Frente a ese desierto sanitario, la ministra Carla Vizzotti surge como gran comentarista. Repiquetea con la gravedad del Covid. Omite referirse a los hisopados extraños que un laboratorio hacía misteriosamente en Ezeiza. Área de control obligado de su cartera. Habló de incertidumbre por las elecciones mientras el ministro del Interior, Eduardo De Pedro, trazaba un acuerdo para posponerlas un mes con la garantía exigida por Juntos por el Cambio. ¿Cuál? Que, en ningún caso, más allá de la situación epidemiológica, sean anuladas. Se verá.

Las causas de Cristina

Con el telón de la pandemia y la guerra contra la Corte Suprema, Cristina se sigue ocupando de sus asuntos sin la incomodidad de la lupa pública. La semana pasada pidió el sobreseimiento en la causa del Memorándum de Entendimiento con Irán. La solicitud está basada en la intervención que tuvieron como camaristas los jueces Mariano Borinsky y Gustavo Hornos. Están acusados por el kirchnerismo de supuesta connivencia con el gobierno de Mauricio Macri.

La argumentación tiene precedentes que fueron hurgados con paciencia. El diputado ultra K, Roberto Tailhade y Martín Soria, antes de convertirse en ministro, descubrieron en los registros de la Casa Rosada y Olivos las frecuentes visitas de aquellos dos jueces. Por deducción, los responsabilizan de haber tramado con el ex presidente los procesamientos de Cristina.

La estrategia tendría mayor alcance. Aquellos jueces intervinieron en las causas de Los Sauces y Hotesur. Donde existen sospechas sobre lavado de dinero. En ambas están procesados los hijos de la vicepresidenta. Máximo tiene fueros. Florencia no. Después que se resuelva lo del Pacto con Irán, Cristina haría idéntico planteo en torno a Los Sauces y Hotesur. A priori, tiene la certeza que su hija será desvinculada del proceso.

En eso anda su abogado, Carlos Beraldi. También Soria, el ministro de Justicia. El ex diputado de Río Negro recorre la Cámara baja para destrabar la ley de la Procuración. Posee escaso margen de negociación. No puede apartarse de la propuesta de mayoría simple para la designación jefe de los fiscales. Modo de enterrar la postulación del preferido de Alberto, Daniel Rafecas. Sostiene la imposición de los dos tercios para su desplazamiento. Candado para cualquier gobierno que no sea peronista.

Las modificaciones de la ley de la Procuración importarían a Cristina para el nuevo sistema judicial que pergeña. En casi nada incidirían en sus causas de corrupción. El manejo de los fiscales le garantizaría el acoso de enemigos y opositores.

Esa lógica pudo haber seguido Carlos Zannini cuando rechazó la oferta de SOCMA, la empresa de la familia Macri, para abonar el 100% de lo que determine la Justicia dentro del concurso de acreedores del Correo. Debe resolver la jueza Marta Cirulli. Otros presumen que podría tratarse de una recurrente mala praxis del procurador del Tesoro. Similar a la que dejó en evidencia la Corte Suprema. Cuando aniquiló su defensa en nombre del Estado para cerrar las aulas y desconocer la autonomía de la Ciudad.

Eduardo van der Kooy para Clarín

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