Cada vez más ruido entre Alberto y Cristina

POLÍTICA Por Fernando González para Clarin
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La semana pasada, mientras Alberto Fernández paseaba la racionalidad del ministro de Economía entre Lisboa y Madrid, y de París a Roma, Cristina Kirchner pedía un informe a una consultora privada para chequear los indicadores de la golpeada economía argentina. Y lo que vio no le gustó nada. “Este pibe está haciendo un ajuste más grande que el de López Murphy”, les dijo la Vicepresidenta a dos de sus dirigentes más cercanos. El pibe al que se refería era Martín Guzmán, el mismo al que el año pasado elogiaba y llamaba Martincito. Pero las cosas han cambiado dentro de ese volcán de magma peronista en el que se convirtió el Frente de Todos. 

El informe no revelaba datos demasiado desconocidos para el universo económico de la Argentina. A Cristina le preocupan los derrumbes en algunos sectores que considera claves para su proyecto político, al que motoriza La Cámpora. El paper aseguraba que las asignaciones familiares arrastran un 14% de caída. Que las jubilaciones y los sueldos públicos están atrasados un 6% respecto de la inflación. Que las transferencias de ingresos a las provincias bajaron un 21% y que el presupuesto de las universidades públicas se deterioró un 27%.

Todos esos recortes le apuntan a las áreas más sensibles para el kirchnerismo. Los beneficiarios de los planes sociales, los empleados estatales y los jubilados. Las provincias, especialmente las que tienen gobernadores peronistas, y las universidades públicas, sobre todo las bonaerenses, que funcionan como soporte laboral de la militancia rentada. Pero el dato que más conmoción generó en las oficinas del Instituto Patria es que el precio del asado se eyectó un 47% respecto del costo de vida. Por eso, es que allí se alimentó el antiguo recurso de frenar las exportaciones de carne para contener la inflación. La estrategia ya había fracasado en 2006 aunque nunca es tarde para repetir las recetas fallidas en el país del déjà vu.

La encargada de imponer el congelamiento de las exportaciones de carne es Paula Español. La economista, recibida en la UBA y doctorada en París, es la poderosa secretaria de Comercio en el equipo de Alberto y es la ministra de economía en el gabinete fantasma con el que Cristina monitorea todas las decisiones de los funcionarios que ella dice que no funcionan. El propio Guzmán pudo comprobar la fortaleza de ese elenco de contralor cuando no pudo echar al subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo. Es uno de “los Federicos”. El otro es Bernal, el interventor del Enargas. Entre los dos, le pusieron un techo de un dígito a las tarifas de los servicios públicos, al que debe ajustarse el ministro de Economía.

Atentos a todos los movimientos económicos, fue especialmente celebrado en el Patria un posteo de Español en las redes sociales sobre la flamante ley de góndolas. Con una cinta métrica, Paula aparece ante las cámaras midiendo la altura de la góndola de un supermercado para chequear si cumple con la ley. Mientras tanto, los precios vuelan sin control como ya lo han hecho durante la mayoría de los gobiernos recientes. La inflación es ese Alien que la Argentina lleva en sus vísceras como una pesadilla, y que va camino pronto a cumplir medio siglo.

Quienes han escuchado a Cristina en los últimos días, la oyeron despotricar contra Guzmán a quien acusa de ajustar demasiado la economía y de no acudir lo suficiente a la emisión monetaria para empujar el consumo que no arranca. Lo comparó con Ricardo López Murphy, el economista de origen radical que fue ministro de Fernando de la Rúa, y que duró quince días en el cargo tras anunciar un fuerte recorte del gasto público resistido, sobre todo, por la militancia universitaria. Paradoja de los años siguientes, Néstor Kirchner se encargó siempre de elogiarlo por su honestidad intelectual como opositor. Evidentemente, esa conexión no alcanzó para que Cristina adoptara el mismo criterio.

Además de Guzmán, la Vicepresidenta también ha puesto en su radar al jurista Daniel Rafecas. Era el candidato del Presidente para ocupar la Procuración y lograba algunas opiniones positivas entre los dirigentes de Juntos por el Cambio, que se diluyeron cuando Cristina cambió la ley del Ministerio Público Fiscal para elegirlo por mayoría especial y no por los dos tercios que obligan a construir un consenso con la oposición. Por eso, apenas asomó en el fin de semana la posibilidad de que el Gobierno reflotara la candidatura de Rafecas, avalada entre otros por Elisa Carrió y Martín Lousteau, el kirchnerismo salió velozmente a ratificar que de ninguna manera iba a consentir la candidatura del ex juez que investigó a Amado Boudou por el fraude al Estado en la causa Ciccone.

“Yo mandé un nombre y mantengo ese nombre”, dijo el Presidente el domingo, en una entrevista a la cadena CNN en Español. La frase hizo explotar de furia a Cristina, que repite ante sus colaboradores adjetivos cada vez más críticos en referencia a Fernández. La Vicepresidente le achaca el culto al desorden y se queja porque deja que los problemas le exploten. “Ahora, el funcionario que no funciona es él”, ha llegado a decir, para recular cada vez que Alberto ha respondido con alternativas extremas.

Entre los dos, los mediadores Sergio Massa y Máximo Kirchner multiplican desde el Congreso las gestiones de enfriamiento para que las cosas no se desmadren y agiganten las grietas del oficialismo. Se trata de la incompatibilidad más incómoda, justo cuando despunta el amanecer de la campaña electoral.

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