El albertismo empieza a hacer extrañar al kirchnerismo

POLÍTICA Por Marcos Novaro para TN
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En materia de comunicación, el gobierno de Alberto Fernández no se manejó tan mal en sus comienzos. El presidente hablaba con todos los periodistas. Llevó a sus amigos a los medios públicos, pero sin exagerar en el tono militante. Hasta se mostró medianamente prolijo en la repartija de la pauta oficial. Y tal vez lo más importante, ni se le pasó por la cabeza reflotar la ley de medios de 2009, que tantas peleas inútiles había significado para CFK, y tanto tiempo y recursos malgastados, y tanta contaminación del debate público, le había costado al país. 

Pero como en todo lo demás, fue paso a paso perdiendo esas notas iniciales. Porque eran más simulación e impostura que otra cosa. Y con el tiempo la comunicación albertista se fue volviendo una reedición degradada de la que el kirchnerismo ofreció en sus peores momentos, en los últimos años de Cristina, sin siquiera el entusiasmo de aquel entonces. Y con protagonistas de muy pocas luces.

El propio presidente echa mano, cada vez más frecuentemente, al tono entre victimista y patotero que solía usar Cristina cuando en sus eternas cadenas nacionales, y en sus diatribas en los patios interiores de la Casa Rosada, despotricaba contra el resto del mundo. Pero lo hace sin transmitir la autenticidad que le haría falta para que al menos sus seguidores le creyeran, y que fue la mayor virtud de Cristina. Así que lo único que logra es que los fieles extrañen aún más a la jefa, y los demás se sientan ignorados o maltratados por sus palabras.

No por nada una parte de los votantes del propio Frente de Todos (Opinaia calcula, según sus últimas encuestas, que alrededor del 30% de ellos) considera que Alberto Fernández es parte del problema y no de la solución. Lo ven como corresponsable de las dificultades económicas y sanitarias que enfrentan, y desconfían de su capacidad de resolverlas. Su ánimo pendenciero con los opositores, los economistas, los acreedores y, finalmente, los periodistas, lo muestra enredado en peleas que no tienen que ver con las urgencias de la sociedad, sino con las suyas y las de su entorno.

Alberto ya no habla con todos. Se conforma con pasear por medios afines, o al menos comprensivos. Y va encerrándose en un público cada vez más reducido, que ni siquiera lo reconoce y valora demasiado, dado que también para él es poco confiable.

Encima sus laderos no ayudan demasiado. Santiago Cafiero y Wado de Pedro han tenido que salir cada vez más frecuentemente al ruedo, a atajar peleas y devolver golpes. Pero en su esfuerzo han perdido más de lo que han aportado a la comunicación oficial. Y en poco tiempo pasaron de ser jóvenes promesas del “volvimos mejores” a adolescentes ya encanecidos cuyos trajes y cargos les quedan evidentemente grandes.

El tono militantista y querellante que adoptan en sus intervenciones, dirigidas obsesivamente a pelearse con los opositores, los economistas, los acreedores, los empresarios, las democracias del mundo y, como no podía ser de otro modo, los periodistas, no tiene siquiera la frescura que le da Kicillof a las suyas. Tal vez porque él sí es un eterno y apasionado adolescente, y no un burócrata gris y de pocas luces que solo simula el entusiasmo.

Para peor, en el entorno del oficialismo las metidas de pata comunicacionales no paran, y muestran al gobierno amenazado por el fuego amigo, acosado por papelones que rompen una y otra vez previos récords en la escala del ridículo. Como si la vocación que inauguraron Horacio Verbitsky y Carlos Zannini por incinerarse, con su impúdica exposición de la vacunación de privilegio, hubiera abierto un camino sin retorno, incentivando en toda su grey una peculiar propensión al suicidio.

Tomás Méndez, un reputado antisemita que hasta hace algunas horas se dedicaba a propalar escándalos mediáticos en C5N, acaba de meter la pata hasta el fondo al querer organizar un “hecho político” y luego “difundirlo” en su programa, frente al domicilio de Patricia Bullrich. Llevó así al extremo la teoría de que los medios “producen la realidad”, y la idea de que el periodismo es solo un engranaje más de la maquinaria de guerra entre los partidos. Debe haber pensado que no era mala idea hacer abiertamente lo que sus enemigos, los periodistas independientes, según su curiosa forma de entender el oficio, también hacen, pero con disimulo.

Lo intentó convocando a un grupo de “taxistas militantes” para que reclamaran a la presidenta del PRO que conteste sus preguntas, con carteles que emulaban y pretendían ridiculizar al “queremos preguntar” que años atrás los periodistas independientes plantearon al gobierno de Cristina. Con tan mala suerte que Bullrich no tuvo ni que defenderse ni lidiar con las cámaras que instaló C5N, ofreciéndolas como arena para que nos enteráramos de lo que ellas mismas habían disimuladamente organizado: los vecinos se enojaron tanto que terminaron echando con sus cacerolas a los taxistas y sus inquisitivos carteles. Así que Méndez se quedó sin trabajo. Algo que debió suceder, en verdad, bastante tiempo atrás, cuando se dedicó a achacar la responsabilidad de la pandemia a los judíos.

Lo peor es que con iniciativas como estas la pretensión del oficialismo de mostrar al menos cada tanto, rostros mínimamente “moderados” queda desmentida, y sus críticas a la oposición por ser supuestamente ella la que está radicalizándose, al “dejarse conducir por los halcones” pierde asidero: dado que ha hecho de C5N su house organ, y sus funcionarios más bien repiten lo que escuchan en sus pantallas, antes que, a la inversa, hasta la oposición dura de Bullrich luce moderada.

Como sea, en cuestión de horas el escándalo Méndez quedó opacado por la conversión de nuestra primera dama en un nuevo y descomunal dolor de cabezas para la comunicación oficial.

Fabiola Yáñez tenía hasta aquí la gran virtud de que sonreía y casi no hablaba. Pero las visitas al Papa y la intención del gobierno de su pareja de hacer uso de cualquier medio a la mano para “comunicar frescura” le jugaron una mala pasada. Se sumó una muy inoportuna revelación de que su título de licenciada en periodismo lo obtuvo con una investigación que, además de muy poco original, consiste en un pegoteo de páginas de internet que hablan de cualquier cosa menos del tema en cuestión. Que combinada con lo anterior le impidió seguir haciendo lo que le salía medianamente bien. Y allá fue entonces, sin pensarlo demasiado, a “dar batalla”.

Lo hizo desempolvando la ya rancia fraseología del discurso antiperiodístico. Y agitando todos los fantasmas de la eterna lucha entre el kirchnerismo y Clarín. Lo único que le faltaba a Alberto para que su supuesta “novedad” se extinguiera.

Encima Fabiola fue muy poco original, y de nuevo, aún menos sincera. Lo poco que hay de realmente suyo en la cuestionada tesis sostiene algo bien distinto a lo que ahora pretende que habría “molestado a la corpo”: no avala las posturas de Néstor Kirchner contra Clarín, sino que más bien pretende ser “equidistante”, lo que explica tal vez que se haya sentido interesada en entrevistar a quien terminaría siendo su pareja, en los años en que frecuentaba asiduamente los estudios de TN para hablar pestes de Cristina.

Sin embargo, en su réplica a las críticas que mereció su trabajo, pretendió ahora haber “demostrado acabadamente” en él que Néstor Kirchner había sido víctima de insoportables presiones de un grupo empresario que “pretendía cogobernar sin haber sido votado”.

Pero la vocación por la inconsecuencia y el ridículo de la primera dama no termina ahí. En su descargo, además de despotricar tardíamente contra Clarín, y dar clase sobre hipertextos, hipotextos, nuevos paradigmas de investigación y cosas por el estilo, incurrió en un nuevo plagio para desmentir el anterior, y en uno mucho más audaz que copiarse de Wikipedia: apeló a su “origen humilde”, habló de un “protagonismo que no fue buscado”, y descartó que puedan “socavar su fortaleza”, ¿a quién les recuerda? Sí, si, increible pero real: se copió de nuevo, esta vez nada más y nada menos que de Eva Perón. ¿En serio Fabiola, no te parece ya demasiado? Ridículo, ridículo, cien veces ridículo.

El kirchnerismo siempre ha tenido por costumbre creer que todos son de su misma condición. Lo hace cada vez que habla de manipulación de los jueces, de uso de los servicios de inteligencia para perseguir opositores, y también de que el periodismo crítico “opera” con sus adversarios e “inventa noticias” que lo perjudican. Tomás Méndez y Fabiola Yáñez son dos exponentes extremos, y extremadamente fallidos, de esos mecanismos, que en su desesperación por recuperar algo de credibilidad para el oficialismo no hacen más que agotar la poca que le queda. Se entiende que cada vez más las expectativas de los dirigentes oficiales estén depositadas en lo que puedan hacer Cristina, Kicillof y gente por el estilo: al menos ellos son como se muestran, y cuando hacen y dicen bestialidades no están simulando, así que atienden con convicción y mínima eficacia a un público que las cree y las disfruta.

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