Alberto Fernández y la teoría del pato rengo

POLÍTICA Por Edgardo Moreno para La Voz
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Apoco más de un año de mandato, incluso en las encuestas más benévolas para el oficialismo, Alberto Fernández ya navega en el pantano de los dirigentes con mayor registro de imagen negativa. En algunos sondeos, corre parejo en ese camino de desventura con Mauricio Macri. En otros califica peor. Baja todavía un escalón más, hasta el nivel de rechazos que provoca Cristina Kirchner. 

En la oposición, esas oscilaciones en la imagen pública de los principales dirigentes ya desataron una disputa anticipada –y enajenada de la realidad social– por las precandidaturas para la elección de 2023. Macri se ha visto obligado a aclarar que no participa de esas especulaciones. Suele ser la fórmula declarativa de rigor a la espera de mejores tiempos.

A diferencia de Cristina Kirchner –quien nunca abrió en su espacio político ninguna declaratoria de herederos– a Mauricio Macri ya se le rebelaron Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal. Los dos dirigentes que, cuando fue presidente, proyectó en dos territorios clave: la ciudad y la provincia de Buenos Aires.

El oficialismo tiene un problema distinto, no menos grave. En lo estratégico, tiene un pato rengo por anticipado: el Presidente no despierta expectativas más allá de su actual mandato. La viabilidad de una eventual reelección se diluyó al comienzo de la pandemia. Desde entonces, la imagen presidencial se derrumbó junto con la gestión errática de la política sanitaria, los efectos económicos devastadores de la cuarentena extendida y el tiroteo incesante de su frente interno.

Pero tampoco mejoró Cristina con esas hostilidades. Su imagen sigue deteriorada. Todo lo que avanzó en el manejo de la estructura presupuestaria no redunda en beneficio de su consenso social. Mantiene lo que tuvo. Insuficiente. Tanto que requirió de aquel gambito de dama: el repliegue y la unción de Alberto Fernández. Tampoco es buena la situación de sus dos herederos potenciales. Ni Máximo Kirchner –por línea de sangre– ni Axel Kicillof –por pretensión ideológica– mueven el amperímetro de la imagen positiva.

Si se observan las marchas y contramarchas del Gobierno, puede caracterizarse al elenco oficialista con la misma calificación con la cual sus dirigentes suelen definir a sus adversarios: más que una coalición, es un rejunte. Se mantiene apenas aglutinado –por el momento– por el temor común a una derrota en las elecciones de noviembre.

Alberto Fernández necesita superar ese desafío, porque de lo contrario su gestión quedaría vacía, con dos años eternos de mandato por delante. Cristina Kirchner necesita ganar para reconstruir desde esa base la continuidad de su proyecto político, para la elección de 2023. Una derrota este año no sólo la complicaría en los procesos judiciales pendientes. También le obstruiría la construcción de un sucesor. Y sería menos consistente la hipótesis de un regreso pleno, que ya en 2019 le fue esquivo.

Sergio Massa especula con esas desgracias en paralelo. La de Alberto Fernández, sin reelección antes de llegar a las urnas. Las de Cristina, Máximo y Kicillof, que jamás soñaron reconquistar el poder para encontrarse después del triunfo con menos prestigio social que en el llano. Massa confía en su destreza para encontrar la cuadratura del círculo: sobrevivir al naufragio del presidente ungido, para ofrecerse como futuro presidente ungido.

Así como en la oposición el clima de desconfianza interno de los principales dirigentes se advierte con claridad y a la distancia, en el oficialismo detona a cada rato, en cada crisis de gestión.

El ministerio de Martín Guzmán es una de esas escenas de batalla. Cristina envía a cada rato un francotirador que le avisa: no tiene que acordar con el Fondo. Tiene que distorsionar todas las variables necesarias para bajar el índice de inflación –a como dé lugar– antes de que la gente vote.

Guzmán tiene otro objetivo. Llegó desde la academia con la pretensión de demostrar en la práctica la viabilidad de un método diferente de solución para las negociaciones de deuda soberana. Eso implica acordar de otro modo con los acreedores y con el Fondo Monetario. De otro modo, pero acordar al fin.

Para emprolijar los números fiscales que le demanda el Fondo, Guzmán se ha lanzado a un ajuste fiscal más bien inesperado. En el primer cuatrimestre del año ciñó el déficit más de lo previsto.

Para inquietud de Cristina, lo hizo así: dejando que la inflación rebaje los sueldos estatales y jubilaciones. Y mejorando del mismo modo los números de la recaudación fiscal.

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