“No rompan nada”, el plan en marcha del oficialismo

OPINIÓN Por Claudio Jacquelin*
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El oficialismo tiene hoy un objetivo urgente y superior para el que ya ha puesto a funcionar a pleno su superestructura. Las elecciones de medio término son su norte absoluto. Para eso adoptó una iniciativa sencilla de definir, de comunicar y de percibir, aunque la ejecución sea más compleja. Se trata del “plan no rompan nada”.

 
Todo terminó por consagrarse el lunes pasado en La Plata, durante la última reunión del flamante centro de gravedad oficialista. Allí, además del anfitrión Axel Kicillof, y los habitués Máximo Kirchner, Wado de Pedro y Sergio Massa, concurrió el jefe de gabinete de la Nación, Santiago Cafiero. Todo un gesto (o una admisión). 

Lo que allí se resolvió podría parecer para los ciudadanos comunes casi una frivolidad en medio de sus padecimientos y angustias sin fin, pero prefigura el perfil de la acción gubernamental y política del oficialismo. Tanto como moldeará la oferta electoral de parte del espacio hoy dominante en la política nacional y bonaerense. Cualquier alteración o no del statu quo dependerá de ello.

La constitución de un comando unificado de campaña, que es lo que se definió en esa mesa, es casi un clásico de los oficialismos en tiempos electorales. Sin embargo, por origen de la definición y por constitución del grupo impulsor y ejecutor, encierra toda una novedad. Quedó plasmado que la centralidad no está en la Casa Rosada ni en la quinta de Olivos, confinada a gestionar urgencias internas y externas que impone la administración del gobierno. La estrategia política y electoral se propone exceder (o disimular) largamente todo lo que representa la gestión de Alberto Fernández. O, al menos, sacarla del foco de la demanda. 

Eludir el plebiscito 

En el fondo lo que el poder real oficialista se propone es eludir o atenuar lo que las elecciones intermedias siempre encierran: un plebiscito sobre los primeros dos años de la administración. La de Fernández no ofrece atributos ni logros como para ponerla a prueba sin más.

El estado de ánimo de la opinión pública, la baja calificación asignada al Gobierno por todos los sondeos y la imagen descendente del propio Presidente son elocuentes. A eso se agrega la caída abrupta de las expectativas de la sociedad. Es una de las curvas más aplanadas por la pandemia. Los números que manejan en el oficialismo no difieren de los que recibe la oposición, salvo matices que no hacen al fondo.

Ante esos indicadores, para intentar afrontar con éxito el proceso electoral en el bastión propio, donde se juega supervivencia y futuro, el oficialismo se propone potenciar al extremo todo lo que representa y lo que contiene la coalición que lo llevó al poder.

“La marca Frente de Todos es lo más potente que existe hoy. Es, obviamente, superadora del Gobierno y de Alberto Fernández, pero también los es de Cristina y de Máximo Kirchner, de La Cámpora, de Massa, de los gobernadores y de los intendentes. Y también es mucho más poderosa que la marca de la oposición, que está en pleno proceso de reconfiguración. Ahí nos vamos a apalancar”, dicen en el Gobierno. Se trata de una expresión de profundo realismo: todos los dirigentes oficialistas tienen más imagen negativa que positiva. No solo eso, en los primeros cinco lugares de imagen política de la mayoría de las encuestas el 80 por ciento lo ocupan referentes de la oposición.

La admisión de que nada supera al conjunto, la magnitud de la incertidumbre y las amenazas externas (sanitaria, económica, cambiaria, política y, en algunos casos, judicial), más los nulos incentivos que tienen los que son parte del FDT para estar afuera, operan como poderosos aglutinantes. No son los únicos.

Debe sumarse el alcance territorial y simbólico del oficialismo, la multidimensión sociodemográfica de sus votantes más fieles que atraviesa todos los estratos, y la dependencia de la asistencia del aparato estatal, que llega a magnitudes nunca vistas hasta estos tiempos. Desde excluidos hasta empresarios, pasando por trabajadores (formales e informales).

Por si todo eso no fuera suficiente, la poliforma composición y adscripción ideológico-política de sus referentes conforman un continente suficientemente amplio, cuyos límites van desde el peronismo tradicional, pasando por el kirchnerismo puro y duro, cierta progresía urbana y los movimientos sociales, hasta la centroderecha populista que encarna y defiende Sergio Massa. Y afuera hace mucho frío. Romper puede ser demasiado caro. Dilemas de la necesidad y la libertad.

Encuestadores y analistas sociales advierten que, más allá del antikirchnerismo clásico, quienes empiezan a ser ahora la figurita difícil para el oficialismo son los jóvenes de la generación post 2001.

Ellos ya no ven en La Cámpora (mucho menos en el kirchnerismo) un catalizador para su desencanto, rebeldía y enojo con el tiempo que les toca vivir. Desde su perspectiva, y con razón, eso también es “el establishment”. Ningún espacio estuvo en el poder tanto tiempo como el kirchnerismo para seguir usufructuando la imagen heroica del contrapoder.

La incógnita respecto de esos jóvenes y su decisión electoral radica en el número que representan y la canalización posible de sus demandas. Por ahora las encuestas los muestran como los más refractarios a lo establecido, igual que en otros países del continente, donde la paz social se ha vuelto una expresión de deseos. Con cínico realismo, desde el oficialismo relativizan su potencialidad, mirando con el espejo retrovisor del 2001: “Son más pobres y más vulnerables y si no vivieron, al menos, tienen referencias de las consecuencias de los estallidos”. Las tarifas y el precio de los boletos del transporte público seguirán bajo estricto control. La lógica económica deberá seguir esperando.

El no futuro, a favor 

Contra las premisas clásicas de la política electoral, que imponen la construcción de expectativas e ilusiones, el oficialismo y el Gobierno, en particular, empieza a hacer jugar a su favor un nuevo elemento cognitivo que incorporó la pandemia del Covid-19.

Desde ya hace 15 meses, el futuro se ha ido consolidando más como amenaza que como oportunidad, para no hablar ya de ilusión. Ante cada atisbo de mejora, recuperación o calma, ha aparecido un nuevo elemento disruptivo y perturbador: nuevas cepas más agresivas, vacunas que no llegan, recuperación económica que se posterga, libertades que se vuelven a limitar, gratificaciones que se demoran, relaciones que se deterioran, vínculos que se descomponen. La ilusión obturada de un mañana mejor favorece la postergación de castigos. Más aún en una sociedad polarizada al extremo, atravesada por sesgos de confirmación respecto de cada acontecimiento colectivo, que no tiene a quién premiar o, mejor aún, que puede repartir las culpas. Todos ya tienen pasado. Oficialistas y opositores.

De todas maneras, lo que aparece como más determinante es que no haya colapso, aunque todo ronde la catástrofe. En el plano sanitario o en el económico. Allí se afinca el imperativo del “Plan no rompan nada”. La precariedad es demasiado elevada. Pero los pronósticos económicos sombríos, aunque mayoritariamente no agoreros para los próximos meses, así como las expectativas de llegadas de vacunas contra el Covid, alimentan las ilusiones oficialistas de lograr sus objetivos. “¡Éramos (y somos) tan pobres!”, diría Alberto Olmedo.

“Nadie pronosticó lo que pasó ni lo que sigue pasando. No pueden culparnos a nosotros”, dicen y se exculpan en el Gobierno. Los números negativos de las encuestas sobre evaluación de su desempeño se contrastan entonces con la opinión de las personas vacunadas y sus familiares.

¿Todo depende de la vacuna? En gran medida sí y a eso apuestan. Habrá que ver si llega el tiempo de volver a recalcular. “Vamos viendo”, sigue siendo la consigna. Mientras tanto, especulan con que el daño provocado por todos los errores, escándalos y opacidades que han rodeado a la vacunación termine siendo amortizado por la inoculación.

“Ya más no nos puede dañar”, dicen, a pesar de todas las emociones negativas que sigue despertando el asunto y que registran los sondeos de opinión pública. Los golpes de la oposición parecen tener menos efecto.

Las bravatas con las que Santiago Cafiero replicó ayer las preguntas y cuestionamientos formulados por los senadores de Juntos por el Cambio resultaron elocuentes de lo que empieza a ser una convicción en el Gobierno.

Tensiones crecientes

Tampoco parecen alterar la dinámica interna del oficialismo las recientes tensiones que han comenzado a expresarse desde los factores de poder, tanto empresarial como gremial.

La inflación, con el consecuente deterioro salarial y de los haberes jubilatorios y previsionales, es un dato objetivo de la degradación de la calidad de vida y de los ingresos. Sin embargo, no generan reacciones que en otros tiempos se hubieran dado por descontadas.

“Nadie va a romper. No es negocio. Van a presionar hasta donde puedan, pero no más que eso. Y nosotros desde la interna no vamos a poner nada en riesgo”. En esa coincidencia se sigue consolidando el nuevo eje de poder oficialista. Es el núcleo de los que tienen su capital invertido a futuro.

La división interna del trabajo le deja todo el desgaste del presente a Fernández y su gabinete, obligados a preservar la calma y llegar sin tropiezos a las elecciones. La deglución de batracios está a la orden del día. Transiciones que el eje “cámporo-massista” parece disfrutar.

En tanto, la dueña del pasado, Cristina Kirchner, necesita imperiosamente de ellos. Suficiente motivo hasta para disimular ajustes, aunque a veces salten las térmicas.

Para los representantes de las tres dimensiones temporales del oficialismo, las próximas elecciones operan como un elemento ordenador y una referencia ineludible. Con poder todo es probable, sin poder o fuera del poder todo es imposible. Si el peronismo lo sabe mejor que ningún otro espacio político partidario, el kirchnerismo tiene la memoria y las cicatrices más frescas que nadie. No solo los políticos profesionales que lo integran. También sus sponsors.

A los impulsos constantes para evitar conflictos y divisiones que emiten el Presidente, La Cámpora (con De Pedro y Máximo Kirchner, como adalides) y Massa, se suman algunas voces con fuerte incidencia interna. Es el caso de Cristóbal López. Un hombre que jamás recurre a ninguna metáfora para hacer saber lo que piensa y lo quiere.

El domicilio de Puerto Madero del poderoso empresario del juego y los medios se ha convertido en un vértice donde confluye casi todo el oficialismo, así como otros influyentes operadores de la vida política, tanto de la superficie como de los subsuelos. Todos reciben el mismo mandato de sostener la unidad y el anfitrión cuenta con las herramientas y efectividades conducentes para ser atendido y correspondido.

Su influencia y vocación políticas parecen hoy aún mayores que en los tiempos de esplendor de su imperio. Las recientes movidas en la grilla de su estructura mediática deben interpretarse también bajo esta lógica. Al lema histórico de golpear a todo lo que huela a antikirchnerismo también le acaba de sumar la nueva consigna oficialista. “No rompan nada”, repiten. Todo lo demás, deberá esperar.

Claudio Jacquelin para La Nación
Ilustración: Alfredo Sábat

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