Vizzotti perdida y Guzmán rendido

POLÍTICA Por Eduardo Van Der Kooy
La ministra de Salud carece de norte y de conducción en el momento más dramático de la pandemia. El jefe de Economía claudica frente a Cristina, Máximo y Kicillof.
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Anders Tegnell es el titular de la Agencia de Salud Pública de Suecia. Fue el funcionario que, en mayo del 2020, luego de críticas de Alberto Fernández al plan de ese país para combatir la pandemia, apagó cualquier posibilidad de controversia: “Esta es una nueva enfermedad. Pasará tiempo antes de que sepamos qué modelo funciona mejor”, reflexionó. ¿Qué había dicho el Presidente? Que el camino sueco hubiera significado para la Argentina, por aquel entonces, una tragedia de 13 mil muertos. 

La pandemia, como dijo Tegnell, está lejos de concluir. La estrategia inicial sueca, cuestionada internamente, sufrió adaptaciones. Como sucedió en todo el mundo. El balance parcial, sin embargo, señala que ahora registra un índice de 142,7 fallecimientos por cada 100 mil habitantes. Frenó la curva del comienzo. La Argentina exhibe 179,5 muertos en la misma ecuación. Aceleró la misma curva. Lección para la prudencia que cualquier poder de turno aquí –ahora kirchnerista- acostumbra a no tener.

El Presidente y su administración acertaron, al principio, en dos cosas. La cuarentena para fortalecer el sistema de salud. Las Unidades de Terapias Intensivas están estresadas en el pico de la segunda ola. Hay algunos colapsos en el Interior. Después del primer reflejo fallaron los sensores. Se previó mal la segunda ola que el hemisferio Norte anticipó con creces. Poquísimos recursos en el Presupuesto 2021, que parece tener el destino de un cesto. Demora, impericia e ideologización en las tratativas por las vacunas. Resultado: nuestro país figura entre los de mayores niveles de contagio. Enfila hacia los 90 mil muertos. Lejísimos de los 10 mil que Alberto dijo hace un año que el país no podría tolerar.

El problema es, sin dudas, sanitario. Profundamente político también en un año con elecciones de medio término. De allí que los números de todos los estudios de opinión pública alarman al oficialismo. Según Managment & Fit el 60,3% de los argentinos no confían en su capacidad ante la pandemia. Y el 60,7% tampoco en sus aptitudes para afrontar las secuelas: la crisis económico-social. Un aparte señala que el 58,4% descree de la eficacia de la campaña de vacunación. La combinación de ambos planos podría convertirse en cóctel explosivo de insatisfacción.

Ante ese desafío, el Gobierno muestra una reacción desmañada. Refleja varios problemas bien conocidos. La conducción del Presidente está debilitada. El liderazgo de la política sanitaria parece convertido en harapo. Por las decisiones y la comunicación. Ninguna resolución por la crisis luce transparente.

Ginés González García, el ex ministro de Salud tuvo que renunciar por el escándalo del Vacunatorio VIP. Lo explicó el propio Alberto. Pero el médico sanitarista lo sigue negando. No es el único déficit. Llama la atención su imprecisión cuando habla de las estrategias en otros países. En especial, al abordar el tema de las vacunas. De aquellas que la Argentina no dispone. Todas estadounidenses. Entre ellas la del laboratorio Pfizer, aprobada por ANMAT.

Su sucesora, Carla Vizzotti, parece imitarlo. También niega el Vacunatorio VIP, del cual participó y tuvo constancia. Muchos de los privilegiados fueron inoculados al lado del despacho que ella ocupa en el Ministerio de Salud. Literal. Muestra, por otro lado, limitantes políticos y de índole emocional. Se ofuscó y se quebró cuando debió explicar la controversia por Pfizer. Afirmó que el asunto está cerrado tras la vidriosa explicación del director de la OMS (Organización Mundial de la Salud) para América latina, Santiago Cornejo. El funcionario dijo que la Argentina no había querido vacunas de Pfizer del Fondo Covax. Bomba en la Casa Rosada. Corrigió al explicar que no las había querido por las desavenencias con el contrato hasta ahora sin resolución.

Pregunta inevitable: ¿qué derecho y autoridad le competen a Vizzotti para cerrar aquella discusión? El incordio con la vacuna no refiere solo al Gobierno. Pertenece al Estado. En suma, a la sociedad. Diferencias que el kirchnerismo suele no atender. La ministra, días atrás, fue enviada a México para averiguar sobre las demoras por AstraZeneca. Algo logró: llegaron la semana pasada un poco más de 2 millones de dosis. Las que, según Alberto, debían estar en marzo en el país. De un total de 22,4 millones, según el primer contrato firmado por las partes.

Ni Vizzotti, ni nadie, aclararon los motivos de tanta tardanza. El laboratorio mexicano, elegido para complementar el proceso de fabricación de AstraZeneca, que aquí elabora Mabxience, del psiquiatra y empresario multirubro Hugo Sigman, no habría dado la talla. Aquel viaje de la ministra de Salud tuvo otra sorpresa. Omitió un paso por Estados Unidos, país de Pfizer, Moderna y Jhonson &Johnson. Prefirió recalar en La Habana. ¿Carecía de idoneidad para indagar un acuerdo con aquellos gigantes de la industria farmacéutica?

En Cuba se informó sobre el proceso de otro par de vacunas que están en Fase II de investigación. Podrían servir para el 2022. El ajetreo del viaje la indujo a un momento de ocio. Pudo haberse distraído con alguna visita a célebres cantautores. Optó por un Centro Cultural que dirige María Santucho, sobrina del ex líder del ERP, Mario Santucho. Esa actividad, a diferencia de las otras, hasta tuvo el registro de una foto. Curioso.

El serpenteante recorrido del Gobierno tiene infinidad de mojones. Alberto planta los suyos. Agradeció a Vladimir Putin porque Rusia acercó vacunas cuando el mundo las negaba. Cabe otra mirada: la Argentina no supo buscarlas. El poder quedó encerrado en su interna palaciega (AstraZeneca versus Sputnik V). Soslayó las producidas en EE.UU. (Pfizer, Moderna y Johnson&Johnson) con las que no tiene un marco contractual. Joe Biden no sabe qué remitir a nuestro país en el lote que donará a México, América Central y el Cono Sur.

El Gobierno centralizó al inicio sus compras. Bloqueó cualquier otra gestión. Salió del paso un tiempo con la china Sinopharm. Cuando percibió la asfixia recién abrió el juego. Horacio Rodríguez Larreta inició sondeos. Jujuy firmó un contrato con el gigante de Asia y Axel Kicillof anunció un trato con la India por una vacuna –Covaxin, de Barath Biotech—que tienen aprobada en el mundo nueve naciones. Increíble desorden en plena crisis de la segunda ola.

El kirchnerismo parece atrapado en una maraña de donde pretende salir con un golpe. El titular de Diputados, Sergio Massa, citó a los laboratorios que vendieron vacunas a la Argentina para que den explicaciones. Blandió un apercibimiento, si no asistieran, cuyo efecto sería nulo. Show. Antes tuvo la venia de Máximo Kirchner. Fue una manera de intentar desactivar la presión opositora, que filtra por varios flancos. Causas judiciales, por un lado. La propuesta para modificar la Ley de Vacunas que sería el obstáculo para arreglar con Pfizer. Al kirchnerismo le hizo poca gracia esa generosidad. Dejaría al descubierto su juego.

Juntos por el Cambio exhibe el desmanejo sanitario como eje de su agenda. También piensa en las elecciones que detona sus internas en la Ciudad y en Buenos Aires. El interrogante es saber si aquella postura perdurará hasta septiembre o noviembre. El nuevo calendario electoral. ¿Qué pasará con el pesimismo de la sociedad si el Gobierno progresa con la vacunación? No hay respuesta. Tal vez, debiera repararse en otro aspecto del ánimo colectivo. Según Managment & Fit el 73% de los ciudadanos opina que está económicamente peor que en 2020.

Alberto dijo, al inaugurar viviendas en San Martín construidas en el ciclo macrista, que la inflación es un “tema pendiente” en la pandemia. Dijo espontáneamente “en la campaña”. Se corrigió. La deuda es también de Martín Guzmán, que ruega para que el índice de mayo no toque el 4%. La política de precios pisados no da resultado. Quizás eso lo llevó a resignar uno de sus objetivos: el aumento de la tarifa de los servicios. Quería entre 12% y 15%. El kirchnerismo lo forzó al 9%. Pero las de gas se incrementarán 6%.

El ministro de Economía no logra congeniar esa plasticidad con otras decisiones que nacen del corazón del poder. Cristina Fernández y Massa dispusieron un aumento del 40% al personal del Congreso. Con cláusula de revisión. Beneficiará a diputados y senadores. Once puntos por encima del tope del 29% aconsejado por Guzmán. Era su pauta para el 2021. Aquel ejemplo se expandió: los camioneros de Hugo Moyano y los bancarios fueron por el mismo objetivo. Otra docena de gremios los siguen.

Tampoco Guzmán plantea ya opciones de hierro. Así lo hizo cuando pidió la renuncia de Federico Basualdo. “Él o yo”, conminó. El subsecretario de Energía Eléctrica permanece impávido en su cargo. Esa crisis la fue aguando el Presidente. Convenció al profesor de Columbia que encontraría una salida. Tal salida es que no renuncie por tres razones: su cargo sería copado por el kirchnerismo; representaría una mala señal externa; hará aún más anémico al poder presidencial.

Guzmán no sólo entendió esas necesidades. Recorre un sendero de recomposición con sectores del Frente de Todos que lo ven como representante del orden financiero externo. Empezó por elogiar el Impuesto a la Riqueza. Obra de Máximo K. Alabó la gestión de Kicillof en Buenos Aires. Su cancerbero. Resaltó el Impuesto a las Ganancias de sociedades. Le había valido una fricción con Massa.

Puede que el ministro haya sabido trocar el principismo de las aulas por el pragmatismo político. También, que haya terminado seducido por los fastos del poder. O, simplemente, tirado la toalla.

Eduardo van der Kooy

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