La desgracia de naturalizar todo lo que está mal

POLÍTICA Por Néstor O. Scibona para La Nacion
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Sin ir más lejos, hasta marzo las cifras de contagios y fallecimientos por Covid habían quedado relegadas a páginas interiores de los diarios o a espacios rutinarios de los noticieros, como si fueran los datos del tiempo. Luego volvieron con fuerza a las primeras planas cuando alcanzaron récords alarmantes que, sin embargo, vale la pena poner en perspectiva. 

En las últimas dos semanas, el número de muertes diarias (533 en promedio) superó en más de 10 veces al de víctimas fatales de la tragedia de Once (51); en seis al del atentado contra la AMIA (86); en casi tres al de Cromañón (194) y, en algunas jornadas, al de los soldados argentinos caídos en la guerra de Malvinas (650).

Esta realidad indica que los dramas con efecto acumulativo no tienen el mismo impacto social que las grandes catástrofes, por lo general sorpresivas. De ahí que, a diferencia de otros países, el gobierno de Alberto Fernández no dispuso hasta ahora una sola ceremonia oficial en memoria de los 80.000 fallecidos en 15 meses. Hubiera significado visibilizar los errores en la gestión de la cuarentena récord, cuya responsabilidad política no puede eludir. Ni tampoco en la segunda ola, mucho más previsible, cuando la falta de vacunas desnudó una sucesión de promesas presidenciales incumplidas.

A falta de resultados, el Gobierno optó por la típica táctica kirchnerista de agrandar la grieta política y buscar culpables fuera del oficialismo. La polarización extrema es el terreno donde más cómoda se mueve Cristina Kirchner, siempre ausente de los problemas que no la afectan directamente.

La grieta es una gran cortina de humo, funcional a la tergiversación del pasado –reciente o más lejano– y del presente, con exageraciones, medias verdades o mentiras enteras. Siempre habrá gente de un lado y otro dispuesta a creerlas o negarlas, con lo cual se neutralizan entre sí, aunque implique una subestimación del segmento de la sociedad que no ha perdido la memoria y trata de mantenerse informado sobre lo que ocurre aquí y en el mundo para extraer sus propias conclusiones. También es funcional a la estrategia populista de ir sumando cambios poco perceptibles en el manejo del poder, semejantes a la metáfora de la rana hervida en la sartén.

Con la economía ocurre algo similar, aunque los números no mienten:

- El PBI por habitante se desplomó en los últimos 40 años de US$26.000 dólares a sólo US$8433. Esta caída de casi un tercio, calculada por el Estudio Broda a valores actuales, implica que en 1980 la Argentina estaba 3,3 veces por encima del PBI per cápita mundial promedio (US$7930) y en 2020 (US$ 11.160) se ubicó 24% por debajo.

- “Los salarios deben superar la inflación”, sentenció días atrás el ministro de Trabajo, Claudio Moroni, en una típica definición peronista. Es exactamente a la inversa: la inflación debería bajar mucho –y de manera sustentable– para que los salarios puedan recuperarse. No sólo en el sector formal (privado y público) con paritarias.

- En los últimos tres años –con recesión– la suba del IPC promedió 48% anual. Según el Iaraf, desde marzo de 2018 hasta marzo de 2021 los trabajadores perdieron el equivalente de entre 3 y 7 salarios. La mayor caída se produjo en el sector informal.

– La Argentina es un país sin moneda. El peso es como un vale de compra que mes a mes pierde valor frente a la inflación.

- El billete de mayor denominación, de 1000 pesos, equivale hoy a 9,8 dólares al tipo de cambio oficial –con cupo y cepo–, a sólo 6,4 en el mercado paralelo y a 5,9 en el contado con liquidación.

– A comienzos de 2020 el BCRA planeaba emitir billetes de $5000 para facilitar las transacciones en efectivo, pero el Gobierno lo desestimó para no alimentar expectativas inflacionarias. Como consecuencia, cada depósito o extracción en cajeros automáticos requiere varias operaciones; más complicadas aún con billetes de $100, equivalentes a menos de un dólar.

– El régimen cambiario es extravagante, con cepo, controles y múltiples tipos de cambio por los derechos de exportación e importación. Es uno de los pocos países que penaliza las exportaciones, ahora con la carne.

– Para el gobierno del FdT el campo es un enemigo y la producción agropecuaria a gran escala una “maldición” más que bendición. Se queja por la suba de los precios internacionales, pero los ingresos extras por US$10.000 millones en este año electoral le permitirían llegar a fin de agosto sin sobresaltos cambiarios.

- La pandemia redujo drásticamente la salida de divisas para gastos de viaje y turismo al exterior, a tal punto de que la recaudación del impuesto PAIS (30%, más 35% a cuenta de Ganancias) bajó 9% interanual en lo que va de 2021. Pero su vigencia, por 5 años, pone un piso para la brecha entre el dólar oficial y sus cotizaciones alternativas.

- Hoy rigen 170 impuestos nacionales, provinciales y municipales, aunque el 90% de la recaudación se concentra sólo en 11 de ellos, advierte el tributarista César Litvin. Por su lado, un informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC) revela que, en un conjunto de 30 distritos, varía entre 17 y 36 la cantidad de tributos que provincias y municipios aplican sobre actividades industriales, comerciales y de servicios. Y que existe doble o triple tributación por la superposición de gravámenes.

- La suba de Ingresos Brutos va directamente a los precios. Y si bien la última reforma de Ganancias para empresas reduce la presión tributaria sólo para el segmento de pymes con utilidades de hasta $5 millones anuales, la mantiene o eleva progresivamente para el resto (hasta 39,5% de alícuota efectiva), sin permitir el ajuste por inflación de los balances.

– Esta estructura tributaria desalienta la inversión privada y la creación de empleos. Y como por razones electorales el Gobierno hace la vista gorda con la economía en negro, termina por aumentar el “premio” a la evasión.

– Paradójicamente, hay más de US$170.000 millones (casi 40% del PBI) atesorados y declarados por argentinos, que no se animan a invertirlos por falta de confianza en el futuro económico.

La política económica está subordinada a la campaña electoral y plagada de medidas intervencionistas impulsadas por el ala kirchnerista, que ya probaron su fracaso durante el segundo mandato de CFK. Como se trata de comprar tiempo para captar votos, esta táctica significa pan para hoy y hambre para mañana, ya que agudiza las distorsiones y augura correcciones para 2022 que podrían empobrecer aún más al país.

Con elecciones cada dos años, ningún político quiere sincerar que la Argentina es más pobre que hace 10 años, en una decadencia que lleva más de 45, porque decir la verdad es “piantavotos” y significa reconocer más pobreza, desigualdad de ingresos, educación y acceso a servicios básicos.

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