Que mande Cristina, pero que no se note

POLÍTICA Por Fernando González para Clarin
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Manucho Mujica Láinez decía que Buenos Aires era una ciudad misteriosa. Y escribió cuarenta y dos relatos fantásticos para sostenerlo. Pero, en términos políticos, resulta mucho más misteriosa la provincia de Buenos Aires que la Ciudad. Ya es leyenda que, hasta ahora, ninguno de sus gobernadores pudo llegar a presidente. Y hay otra circunstancia extraña que va por el mismo camino. La mayoría de sus últimos gobernadores no fueron bonaerenses nacidos y criados. Trashumantes del AMBA, que van y vienen cruzando la General Paz. 

Se sabe que Axel Kicillof llegó a gobernador con algún domicilio bonaerense, y que duerme en la residencia de La Plata. Pero su barrio de muchos años es Parque Chas y sus hijos van a colegios porteños. María Eugenia Vidal sí había nacido en San Justo, aunque antes había sido ministra de Desarrollo Social y vicejefa porteña. Estuvo cuatro años gobernando a los bonaerenses, pero, luego de la derrota ante Kicillof, se volvió a vivir a la Ciudad. Ahora duda entre ser candidata en la Provincia o probar de nuevo en CABA, y eso está provocando un terremoto en la interna de Juntos por el Cambio.

El misterio bonaerense también lo había envuelto a Daniel Scioli, que dejó su caserón lleno de trofeos náuticos en el Abasto para mudarse a Villa La Ñata y convertirse en gobernante de la Provincia. Y ahora el Gobierno mide su figura en la Ciudad. Felipe Solá fue un poco más bonaerense, aunque había nacido en Recoleta. Carlos Ruckauf fue un gobernador provincial porteño, con casa de fin de semana en Ezeiza. Y la verdad es que los gobernadores bonaerenses de pura cepa fueron los tres primeros después de la vuelta de la democracia en 1983: el radical de Saladillo, Alejandro Armendariz; el peronista de San Isidro, Antonio Cafiero; y el de Lomas de Zamora, Eduardo Duhalde. Con el nuevo siglo, llegó entonces el aluvión de ciudadanos del AMBA.

Quizás es esa identidad ambigua entre la Ciudad y la Provincia la que los hace incursionar antes de tiempo en batallas políticas que exceden el territorio que les toca gobernar. Allí está Vidal diciendo que no descarta competir por la presidencia en el futuro cercano, justo la misma ambición que persigue a Horacio Rodríguez Larreta y que todavía no abandona a Mauricio Macri.

El mismo trastorno de ansiedad se apodera también de Kicillof. No ha terminado su segundo año de mandato y, con el mayor número de muertos por Covid entre las provincias argentinas, tiene una lista extensa de asignaturas pendientes en la gestión que incluyen una economía exhausta y la educación sin clases presenciales. Sin embargo, el gobernador aprovecha cada discurso para dictar cátedra sobre lo que tendría que mejorar en materia económica el gobierno de Alberto Fernández y, sobre todo, el ministro elegido por el Presidente, Martín Guzmán.

La intromisión de Kicillof en el área económica, fogoneada sin disimulo por Cristina Kirchner, terminó generando una guerra de guerrillas con la Casa Rosada. El punto de mayor rispidez fueron los precios máximos para contener la inflación; el freno de las exportaciones de carnes para impulsar la baja de los precios y el mega conflicto desatado por el intento fallido con el que Guzmán quiso echar al subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo. El gobernador había sido el primero en señalarle públicamente al ministro que el funcionario al que quería reemplazar era muy eficaz en la suyo. Y Basualdo se quedó, claro.

Por eso, en los últimos días, hubo gestiones que triangularon Alberto Fernández, Sergio Massa y Máximo Kirchner para que Kicillof y Guzmán se juntaran y exhibieran una relación al menos un poco más armoniosa. “Que mande Cristina pero que no se note”, fue la frase con la que un funcionario ilustró el movimiento. El gobernador y el ministro se reunieron durante hora y media en el despacho de Guzmán en Economía. La foto fue difundida de inmediato y el objetivo fue cambiar la imagen. Mostrar la coexistencia pacífica dentro del Gobierno y desinflar un poco las versiones sobre la futura renuncia del ministro que monopolizaban los chats entre Buenos Aires, Washington y Wall Street.

Kicillof aprovechó también el brindis del Día del Periodista en la gobernación para enviar otro mensaje en la misma línea. “Es mentira que las decisiones nacionales se toman en La Plata; las decisiones las toma el Presidente”, explicó el gobernador para endosarle luego la difusión de esa idea a los enemigos reales e imaginarios que el kirchnerismo multiplica como deporte preferido.

Vienen tiempos de elecciones y los principales dirigentes del Frente de Todos saben que deben mantenerse unidos como sea para afrontar una batalla sin resultado garantizado. La gran preocupación sigue siendo la economía y, después de reducir el impacto del impuesto a las Ganancias sobre un sector de la clase media, ahora diseñan una solución para el sorpresivo ajuste que dejó a la intemperie de la inflación a más de tres millones de monotributistas.

El desfile de los directivos de los laboratorios Pfizer y Richmond por el Congreso, no pueden disimular el otro gran frente de batalla para el Gobierno. La llegada de más vacunas en los últimos días no alcanza para ocultar la gran tragedia argentina de la pandemia. La de los miles de muertos que no tuvieron el escudo de la inmunidad a tiempo. Y que ahora marchan aceleradamente hacia la cifra escalofriante, y apenas temporaria, de 90.000.

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