La incomodidad de discutir candidaturas en medio de la tragedia

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
09-ME-HRL

La política electoral del oficialista Frente de Todos y de la oposición de Juntos por el Cambio, empieza a desperezarse tras el velo trágico que hace un año y medio tendió la pandemia sobre la Argentina. Existe una diferencia nítida entre aquellos bandos: el debate se advierte por ahora mucho menos en el Gobierno que en la coalición opositora. 

Lo explica una razón central: la administración del Estado representa siempre un ordenador natural; los tiempos, en tal caso, apremian menos porque quien desempeña el Gobierno cuenta con la facilidad de enmascarar la gestión con la campaña.

Juntos por el Cambio, por ejemplo, viene marcando los déficits de la política sanitaria y el plan de vacunación. Lo hace en diferentes situaciones institucionales y públicas. El Gobierno, más allá de los horrores cometidos, ejecuta esa inmunidad social y la vende como beneficio excepcional. Nunca como derecho consagrado. De allí su conjetura en torno a que cada vacuna aplicada podría significar en el futuro un voto. Se verá.

En cualquier caso, no resulta cómodo para nadie debatir sobre posibles candidaturas cuando nuestro país exhibe casi 83 mil muertos por COVID. En medio de una curva ascendente y sin un horizonte descifrable. Menos, todavía, cuando las elecciones reprogramadas para septiembre y noviembre son remotas y ajenas en el imaginario colectivo.

Tampoco se trata de un desafío exclusivo, aunque suene conformista. En medio del desastre epidemiológico Joe Biden destronó en noviembre pasado de la Casa Blanca a Donald Trump, en Estados Unidos. También se realizaron elecciones presidenciales en Perú, Bolivia, Ecuador. Un plebiscito y constituyentes en Chile. Legislativas y para gobernadores en México.

El peso mayor, sin dudas, recae ahora en Juntos por el Cambio. Donde se juntan cuatro factores. La falta de manejo de resortes en el Estado nacional; una construcción que por historia es mucho más horizontal que la del Frente de Todo; la inexistencia de un verticalismo indiscutido; la diferencia de volúmenes políticos objetivos entre sus líderes principales: Mauricio Macri y Cristina Fernández. La vicepresidenta añade a su autoridad-autoritarismo una estructura ejecutora de las órdenes que corporizan La Cámpora, sobre todo, y en menor medida el peronismo.

Nada de eso existe en Juntos por el Cambio. Por eso comenzaron a florecer las discusiones sobre los candidatos que aspiran a postularse en los dos mayores distritos electorales: la Ciudad y Buenos Aires. Tándem que amalgamaron en sus últimos cuatro años de gestión en el país. El debate, en verdad, se circunscribe hasta el momento en uno de los partidos de la coalición: el PRO.

El radicalismo se remite a observar la derivación. La Coalición Cívica anda sola de la mano de Elisa Carrió que, varias veces, expresó su deseo, si fuera posible, de participar en Buenos Aires. Habrá que ver si alguien se atreve a decirle que no.

Todas las negociaciones rondan, por lógica, a Horacio Rodríguez Larreta. Fue el sucesor de Macri en la Ciudad, ejerce el segundo mandato y se erigió, por imperio de Cristina que Alberto Fernández se ocupó de obedecer, en el enemigo del oficialismo. Lo han acosado en pandemia. Eso, naturalmente, lo colocó muy temprano como hipotético sucesor del ex presidente y aspirante para el 2023.

El plan de Larreta

Respetando tal designio, el Jefe de la Ciudad diagrama el plan para las próximas legislativas. No podría soslayar, entonces, su descendencia en la Ciudad. Aquí nacen las dificultades. Su actual segundo, Diego Santilli, no puede aspirar al cargo mayor porque repitió dos veces como vicealcalde. Su afinidad tiene mucho más que ver con María Eugenia Vidal que con Patricia Bullrich, la jefa del PRO. Que este tramo de su recorrido pretende hacerlo muy apegada a Macri. Escollo para el lavado de cara que Larreta y Vidal pretenden para Juntos por el Cambio pensando en recrear expectativas populares para las legislativas y el 2023.

Larreta y Bullrich sondearon en los últimos días la posibilidad de un acuerdo. No parece cercano por un motivo: la ex ministro de Seguridad considera inconveniente el aterrizaje de Vidal en la Ciudad. Donde, después de las legislativas, tendría aseguradas al menos dos áreas importantes de gestión para su tropa. Justicia sería una de ellas.

La resistencia de la ex gobernadora a insistir con Buenos Aires parece haber detonado el movimiento de muchas piezas en los dos distritos principales. Nadie duda que su postulación en la Provincia coagularía discusiones. Porque, más allá de la caída en 2019, sigue siendo vista como la candidata más taquillera de Juntos por el Cambio. Hasta el radicalismo lo admite. Pero Vidal no regresará.

La vacancia parece haber despertado los intereses políticos naturales de otros aspirantes. Santilli, como discípulo de Larreta, es uno de ellos. El intendente de Vicente López, Jorge Macri, es otro. Próximo al ex presidente y a Bullrich. También está decidido a pelear el ex titular de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó. Una tercera vía que buscaría nutrirse además de votos peronistas sin los cuales pareciera difícil imaginar una derrota oficialista. Sobre esa clientela operaría una competencia externa, representada quizás por el ex ministro Florencio Randazzo.

La diversidad produjo una elevación en la temperatura política de Juntos por el Cambio. Con algunos cruces picantes, a su estilo, entre Bullrich y Vidal. Larreta querría evitar por ahora cualquier efervescencia para no verse atrapado por el electoralismo en un momento en que la segunda ola del Covid hace estragos. Está al mando de la Ciudad, geografía castigada por el virus, a la que el kirchnerismo observa con lupa y obsesión para cargarle las culpas de la cualquier desgracia.

El sentido común indicaría que la ausencia de un acuerdo global podría ser sustituido por una o más competencias internas. Están las PASO, si es que el Gobierno no resuelve borrarla de un plumazo. Juntos por el Cambio conoce esos beneficios. Significó una herramienta clave para consolidar la victoria de Macri en 2015. La única vez que las internas ideadas por el matrimonio Kirchner, luego de ser derrotados en 2009, sirvieron para algo.

Aquellos eran tiempos de crisis política, institucional y social. Nada extraño en la Argentina. Pero en un contexto distinto, donde el motor de la política asomaba como un elemento natural y comprensible detrás de la búsqueda de un cambio. Tampoco es que haya dejado de serlo. Pero existe ahora una sociedad angustiada, declinante, descreída. Cercada por el virus y un tendal de víctimas.

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