Más capitalismo es igual a más crecimiento y menos pobreza y desigualdad

ECONOMÍA Por Enrique Szewach para Infobae
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Empiezo con un viejo cuento: un mendigo que acostumbra a pedir limosna en una esquina de la Quinta Avenida, frente al Central Park, interpela a un transeúnte que le acaba de dar un dólar. “Señor, hace muchos años que usted me da dinero cada vez que pasa por aquí, pero antes me daba 10 dólares, después bajo a 5 y ahora sólo me da un dólar”. El señor lo mira y le responde: “Lo que pasa, mi amigo, es que yo antes era soltero, tenía menos compromisos, y ahora estoy casado, con hijos, tengo cada vez menos para la caridad”. El mendigo lo mira y le dice indignado: “¡Así que usted mantiene a su familia con mis dólares!”. 

No sé por qué me acordé del mendigo del cuento, (misterios de la libre asociación), cuando leí la queja del presidente Alberto Fernández en la versión rusa del Foro de Davos, el Foro de San Petersburgo: “Es hora de entender que el capitalismo no ha dado resultados. Los países de ingresos medios como la Argentina se parecen cada vez más a países pobres. El capitalismo ha generado desigualdad e injusticia”.

La semana pasada, en el marco de la Conferencia FIEL de este año, Ricardo Hausmann, un brillante economista venezolano con muchos años en Harvard, brindó, por vía remota, una muy provocativa presentación.

Haciendo una breve síntesis, en sus estudios el grupo que encabeza Hausmann atribuye la pobreza y la desigualdad, fundamentalmente a las diferencias de productividades de las personas. Y, dando un paso más, afirma que las personas son más productivas cuando pueden sumar sus capacidades individuales, consiguiendo un trabajo formal inserto en una organización capitalista.

Los datos recogidos por Hausmann son categóricos. Los países con mayor organización capitalista, con más trabajadores formales en grandes empresas, tienen mejor distribución del ingreso y menos pobreza. Al contrario de lo que dijo el presidente Fernández, y desmintiendo lo que piensan muchos dentro de la clase política global (y lamentablemente, no solo políticos, sino muchos bienintencionados que bregan por la inclusión y la reducción de la pobreza), a mayor capitalismo, mayor la torta que se produce y mejor el reparto de la misma. El capitalismo, como sistema productivo, ha sido exitoso en sacar a una gran porción de la humanidad de la pobreza, basta con mirar el mundo.

Las dos regiones con mayor desigualdad en el planeta son el África del Sur, y Latinoamérica. Regiones dónde la economía informal, o la falta de acceso de su población a trabajos organizados de manera capitalista, oscila entre 40 y el 50% como mínimo. La culpa no es del capitalismo “que se mantiene con nuestra plata”, la culpa es de un marco institucional y del estatismo resultante, que no facilita que haya más capitalismo y menos mendicidad.

Permítanme elaborar por mi cuenta, un poco más, aunque confieso que me da algo de vergüenza tener que comentar esta perogrullada.

Un trabajador, cualquiera de nosotros, es mucho más productivo asociado con más tecnología, conocimientos, sistemas de venta, etc. que forman parte de una organización empresaria capitalista. Un trabajador informal (no en el sentido impositivo de la palabra, sino en el sentido de su no participación en una organización como la descripta) resulta, por definición, mucho menos productivo, A mayor productividad, mayor salario. En el agregado, mayor productividad, mayor crecimiento y mejor distribución del ingreso.

Bill Gates y Steve Jobs, tenían educación, espíritu emprendedor, aliento y ayuda de su entorno familiar y de la infraestructura de bienes públicos del capitalismo norteamericano. Pero Microsoft y Apple, son lo que son porque “salieron del garaje” dónde se crearon y se organizaron como empresas capitalistas. Si se hubieran quedado en el garaje, estarían arreglando las computadoras de los vecinos del barrio.

Un operario de Toyota es mucho más productivo que un tallerista artesanal que arma autos en su galpón. No es porque el tallerista es menos inteligente o está menos capacitado o le falte voluntad de trabajo. Simplemente, el operario de Toyota comparte sus habilidades y capacidades en el marco de una organización moderna y permanentemente actualizada, con la estructura necesaria para maximizar su productividad, con productos cada vez más complejos en su fabricación. Por supuesto, no todas las empresas tienen éxito. Muchas fracasan, son mal administradas, quiebran. Pero justamente, en la medida que el marco institucional esté bien diseñado, serán reemplazadas por mejores, impulsando más la economía, para adelante. Por supuesto también que existen cuentapropistas exitosos, pero esa no es la regla, es la excepción.

Vuelvo a Hausmann y a una extraordinaria diferenciación que hace entre inclusión y redistribución. Inclusión es, precisamente, generar las condiciones de educación, capacitación, infraestructura pública, para que los trabajadores informales se incorporen al capitalismo formal. Redistribución, en cambio, es compensar a los informales por no poder acceder a la economía formal. Lo segundo, que es lo que predomina en la Argentina y Latinoamérica, mejora la situación de corto plazo de los pobres, pero no influye positivamente en su bienestar y prosperidad de largo plazo, porque no genera crecimiento, no agranda la torta, al contrario, la hace cada vez más chica, por destinar más recursos a compensar con estatismo la falta de capitalismo.

En la Argentina el gasto público ha crecido en torno a un 25% del PBI en los últimos 15 años y la pobreza y la desigualdad no han dejado de aumentar. El espacio para grandes empresas capitalistas en nuestro país se ha ido achicando, con la inestabilidad macroeconómica, y un marco regulatorio, e impositivo que ataca a la economía privada formal e incentiva al crecimiento del trabajo informal, de baja calidad.

Con todo respeto, señor Presidente, si quiere dejar de ser un mendigo quejoso, le sugiero que pruebe con capitalismo e inclusión en serio, en lugar de estatismo y clientelismo.

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