La pretensión es que el periodismo aplauda en lugar de criticar

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GONIO FERRARI Por Gonio FERRARI

En los tiempos actuales y en la coyuntura de la pandemia mundialmente instalada y que se resiste tenazmente mientras se retroalimenta con nuevas cepas, como esquivando a la ciencia universal que le va siguiendo su evolución, es complicado el ejercicio de informar por ciertos detalles que por fortuna, la gente viene comprendiendo, evaluando y asumiendo una realidad que le pintan de mil formas y colores.
 
   Y más complicado todavía es opinar por la enorme cantidad y entidad de los intereses que están en juego tanto políticos e ideológicos, aunque lo económico se sobrepone en trascendencia a cualquier otro que se interponga no tan sólo por aquello de “poderoso caballero es don dinero” sino que consolidado el tema financiero, todo lo demás por lo general tiene arreglo o en el peor de los casos, una reparación.
   Y volviendo a eso de informar, desde el poder y como siempre, se pretende que el periodismo sea siempre portador de buenas noticias, especialmente aquellas que lo benefician, lo consolidan o contribuyen a su crecimiento no del periodismo y su ejercicio sino de “los ellos”, los dueños del poder, aunque sea cierto aquel viejo dicho periodístico tan contundente: “el avión que llega no es noticia”.
   Así es que la crítica que puede ser interesada o bien intencionada se asume de acuerdo con el pensamiento y la inclinación de quienes mandan, lo que transforma a la misión periodística en un cierto riesgo frente a las interpretaciones que pudiera tener por parte de las cúpulas gobernantes.
 
   Es cierto que los poderosos aún persisten en su costumbre de pensar y sostener que con dinero de por medio es casi un juego de niños comprar aplausos o premiar silencios mediáticos, maniobra a la que pocas veces se resisten quienes sostienen ser impermeables a las tentaciones y tratan de disimular su dependencia de opinión suavizando comentarios o endulzándolos con beneplácitos.
   Es por todo esto que molesta sobremanera esa propensión por parte de los oficialismos, de inclinarse por creer que todos los formadores de opinión tienen un precio y que es casi una obligación mediática aplaudir por lo bueno que hacen y evitar eso de resaltar los errores que suelen resultar muy costosos a la hora de pagar su precio político, lo que se agrava a medida que se hace inminente una elección.
   Desde sectores claramente identificados con el oficialismo se acusa a todo aquel periodista o medio que critique errores, acciones u omisiones en la lucha contra la pandemia, de estar cometiendo el pecado de la desinformación que es ciertamente perjudicial para los loables fines que se persiguen, cuando se trata de actos embusteros o deformados con relación a la realidad.
   En una palabra, es como si para los gobiernos los errores propios no existieran, las culpas fueran siempre ajenas y anteriores y las equivocaciones son aisladas por imperio de circunstancias.
   No es ser antipatriota sostener que muchas cosas se hicieron y se están haciendo mal, fuera de tiempo y sujetas a parches por improvisaciones emergentes.
 
   No es ser destituyente seguir sosteniendo la existencia de privilegiados a la hora de recibir partidas de vacunas o turnos para las inmunizaciones, en cuanto a lo individual.
   No es de mala leche pedir que ahora, ya, lo antes posible, se pongan en claro todas las dudas acerca de la compra de vacunas y las frustraciones registradas en ese campo, como los detalles de la asociación con Rusia para decir que somos uno de los pocos países que elabora una vacuna, cuando en muchos países se la rechaza, posiblemente por cuestiones puramente ideológicas que superan a las científicas que se poseen como antecedentes, o la carencia de ellos.
   El periodismo sano, ejercido con plenitud de libertad no necesariamente está para aplaudir sino también para orientar, para señalar errores u omisiones siempre y cuando tal estilo de informar sea para beneficio comunitario y no para que los gobernantes se aplaudan entre ellos, porque lo peor es verlos cantarse loas para disimular o disminuir los efectos nocivos de los errores que se cometen pese a lo cual se los niega.
 
   Los periodistas, si criticamos, vemos en la mayoría de los casos que si se hubieran tomado en cuenta ciertos detalles que se desnudan a través de los medios, distintos y positivos hubieran sido los resultados. Para que desde el poder terminen por entenderlo y respetarlo: no tenemos la obligación cívica ni profesional de aplaudir lo que se está haciendo mal…
   Y no se pierdan este párrafo: “El periodismo es, sin duda, el mejor antídoto contra la desinformación, los silencios y las mentiras que, premeditadamente, generan movimientos interesados​​en el desequilibrio de las instituciones y de la sociedad. Intereses que se multiplican con igual rapidez que el propio coronavirus, generando una situación grave y confusa, dañina para todos los que la estamos padeciendo”.
   Rotunda y reciente definición de Fernando de Yarza López-Madrazo, presidente de la Asociación Mundial de Periódicos y Editores.
  Es para tener en cuenta y no olvidar…

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