El Presidente no anda bien

OPINIÓN Por Eduardo van der Kooy
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Los números de fallecidos, contagios y vacunación denuncian que la estrategia sanitaria fracasa. Alberto aparece muchas veces irascible. Con impotencia política para cambiar el rumbo.

 
Al cabo de 18 meses de su gobierno bajo una devastadora pandemia, Alberto Fernández puede corroborar tres cosas. La influencia del liderazgo de Cristina Fernández abandonó la hipótesis para convertirse en realidad. Habrá que observar qué intensidad cobra en la campaña. También, una vez que se conozca el resultado electoral. El damero ideológico en el Frente de Todos irrumpe y condiciona siempre en vísperas de cada decisión presidencial. Es probable que, con las evidencias recogidas en el mundo, la crisis epidemiológica acompañe al Presidente casi todo su mandato. 

El Presidente parece tener conciencia de ese panorama poco angelado. Lo viene administrando como puede. Con frecuencia escapa al precario control otro aspecto que inquieta. Refiere a su comportamiento. A las conductas públicas que lo muestran chocante. Sus equívocos públicos de las últimas semanas, que despertaron asombro, no serían lo más trascendente. Importa el desacople que exhibe a la hora de la toma de decisiones políticas, a su capacidad para absorber las presiones y el reto que plantea la pandemia. Ese conjunto sigue minando su imagen, su confianza y la autoridad.

Tal registro quedó reflejado, por ejemplo, cuando encabezó el acto en la sede del gremio bancario. Avaló una paritaria que pulverizó el récord de Hugo Moyano: consiguió para los camioneros un incremento del 45%. Derrota para su pupilo de Columbia, Martín Guzmán. Desencajado, arremetió contra quienes reclaman una mejor campaña de vacunación. Aludió a Patricia Bullrich, por aquella denuncia sobre un presunto retorno que impidió hasta ahora cerrar trato con el laboratorio Pfizer. Sostuvo que ni bien acordó con Rusia por la Sputnik V, lo acusaron de querer envenenar a la gente. Palabras al viento que disparó Elisa Carrió. Nadie más. Citó quejas de los medios de comunicación por supuesta falta de libertad, que no es tal. Al menos, por ahora. Ironizó como infeliz remate sobre la demanda social por la falta de segunda dosis de la Sputnik V: “Ahora me piden más veneno”, exclamó.

Tanto enojo ocultaría, en verdad, el fracaso de una estrategia sólo razonablemente construida con el sistema sanitario. Muy deficiente, en cambio, para avanzar con la inmunización que exige la segunda ola que se conoció con mucha anticipación. Hay una estadística que lo martiriza porque alude a una de sus predicciones desafortunadas. Entre el 28 de octubre y el 22 de junio la Argentina triplicó la cantidad de víctimas fatales. Superó las 90 mil. El 21 de abril registraba 60 mil. El 26 de junio pasó las 92 mil. Un 75% más en dos meses. Expertos en estadísticas médicas, siguiendo la actual progresión, vaticinan para el 3 de agosto bastante más de 100 mil muertos. Alberto dijo el año pasado que prefería un 10% más de pobres que aquella cantidad de fallecidos. Lo hizo para justificar la prolongada cuarentena. Pronto tendrá ambas cosas.

Tal fracaso se explica en la adopción de medidas erradas. La apuesta por la vacuna de Oxford, fabricada por AstraZeneca, llevó a postergar los avances realizados con las estadounidenses de Pfizer y Johnson&Johnson. Incluso en el terreno de la experimentación. Las demoras con AstraZeneca apuraron la apuesta con Rusia. Más adelante con China. Eso sucedió recién cuando existía constancia de la dimensión de la segunda ola.

La improvisación ni siquiera fue compensada por la conducta pública de ex funcionarios que tuvieron un papel clave. Ginés González García fue el responsable de aquel acuerdo con AstraZeneca. En tándem con México elaboraría aquí la vacuna en el laboratorio mABxcience, del empresario Hugo Sigman. Durante la gestión del ex ministro se descubrió la existencia clandestina del Vacunatorio VIP, que terminó provocando su despido. Hay abierta una causa judicial, a cargo de la jueza María Eugenia Capuchetti y el fiscal Eduardo Taiano, que progresa poco, en la que está imputado. Las fotos de su paseo despreocupado por Madrid, la semana pasada, sonaron como burla a la tragedia.

Carla Vizzotti, la reemplazante, sobresale por la imprecisión al comunicar. Muy tarde admitió la existencia de problemas con la segunda dosis de la Sputnik V. Repite que las primeras dosis no vencen. Una falacia: no se conoce cómo decrece su efecto a medida que pasa el paréntesis estipulado. Desde la ciencia, a raíz de la emergencia sanitaria, nunca se pudo experimentar. Existen solo aproximaciones. En los últimos días mencionó la posibilidad de combinar vacunas para completar los ciclos de inmunización. Arguyó que otras naciones lo vienen haciendo.

Es cierto que esas prácticas se han ensayado, con cuidados extremos, en Alemania, España, el Reino Unido y los países nórdicos. Fueron aceleradas durante la segunda ola para aumentar la inmunidad y cortar la cadena de contagios. En aquellas comparaciones nunca hay equivalencias. Con ese recurso Alemania trepó al 53% de su población vacunada con una dosis y al 34,5% con ambas. Nuestro país está en 34% y en 8,5%, respectivamente.

Otra dificultad consiste en la forma de administrar las vacunas. Resulta inconcebible que haya más de cinco millones de dosis sin aplicar cuando el coronavirus castiga. El dato surge de números oficiales. En la mayoría de los distritos sucedió una centralización de los gobiernos. Amén de la utilización política. Axel Kicillof resaltó que la campaña ha sido posible gracias a la “militancia política”. Llamó a reclutar a jóvenes kirchneristas y “ponerse los barbijos” para acelerar el proceso. Destacó que todo se hizo gracias al Estado, sin apelar a la privatización. ¿De qué?

Con la segunda dosis de la Sputnik V también reina la oscuridad en el relato oficial. El Gobierno estuvo reticente y huidizo hasta que el vocero del Kremlin, Dmitry Peskov blanqueó un par de situaciones: que la producción de la segunda dosis es de alta complejidad; que darían prioridad al mercado interno debido a la propagación del virus. Tal vez sea verdad, porque la campaña en Rusia va por detrás de la Argentina. Apenas el 14,5% recibió una dosis; el 11.3% tiene las dos. China hizo un anuncio similar luego del último envío de Sinopharm a nuestro país, al cual volvería a abastecer el mes que viene. El Gobierno de Xi Jinping anunció la semana última que se aplicaron 1.000 millones de dosis en el gigante de Asia.

La acumulación de vacunas sin aplicar, según la oposición, podría obedecer a la incertidumbre del abastecimiento. El Gobierno no querría verse sorprendido en el tramo final de la campaña y las vísperas del calendario electoral. La conjetura, tal vez, explique el brote de esperanza que surge de voces oficiales. Alberto vaticinó un cercano final de la pandemia. Inexplicable por varias razones. Hay países que, como Israel, la dieron por superada. Por la aparición de nuevas variantes del virus (cepa Delta) debieron retornar a los cuidados. En la Argentina se detectaron pocos casos aún de dicha mutación. Pero sería irremediable que en algunas semanas tengan circulación comunitaria.

No se trata de ningún fatalismo. Se desprende de la deficiencia en controles del Estado y también una desaprensión social. La Dirección Nacional de Migraciones informó que el 38% de los ciudadanos que retornaron últimamente del exterior violaron la cuarentena preventiva obligatoria.

El Presidente fue sólo un avanzado del optimismo oficial. Santiago Cafiero, el jefe de Gabinete, auguró que si avanza la vacunación podría discontinuarse la utilización de los barbijos. Matías Lammens, el encargado de Turismo y Deportes arriesgó que en el último trimestre regresaría el público a los estadios de fútbol. La campaña fuerza la temeridad.

La tragedia también repercute en Juntos por el Cambio. La oposición hizo de las críticas por la compra de vacunas y su lenta aplicación un eje de la agenda. Un interrogante expandido en la coalición obligó al reseteo: ¿Sería prudente la lucha encarnizada por las candidaturas ante una sociedad descreída de la clase política y angustiada por la pandemia y sus secuelas económicas?

En la cumbre que los principales líderes de la coalición hicieron en un local llamado “Galpón de los Milagros”, se produjo un efecto homónimo. Nadie estuvo dispuesto a declinar banderas. Todos convinieron en no convertir cada lucha en un espectáculo. El desafío mayor apunta a dos protagonistas: Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta. El ingeniero supone que quiere ser corrido prematuramente. El jefe de la Ciudad presume que no tendrá 2023 si no consolida su sucesión porteña y asegura un desembarco en Buenos Aires. No lo guiaría la máxima de un heredero. Más bien, la ambición de un conquistador.

María Eugenia Vidal resolvió que no volverá a la Provincia. Condiciona su candidatura en la Ciudad a una cosa: que no participe el ex presidente. Se advierte también una señal de ruptura. Patricia Bullrich tampoco se bajará. Salvo que la mano de Larreta haga magia, la interna parece inevitable.

Diego Santilli, el vicejefe, tiene decidido probar en Buenos Aires. Larreta lo apuntaló con los intendentes del PRO. Jorge Macri, intendente de Vicente López, desea lo mismo. Ambos fueron sorprendidos por la irrupción radical: la postulación de Facundo Manes. La jugada podría tener una derivación. Un acuerdo con la corriente que representa el ex titular de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó. El neurólogo y el político tuvieron un encuentro a solas.

Juntos por el Cambio parece preservar la unidad. Ahora deberá hallar un mensaje que renueve las expectativas sociales. Confía, como ocurrió en 2015, que el protagonismo de Cristina ayude a esa ímproba tarea.

Eduardo van der Kooy para Clarín

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