Mauricio Macri y Cristina Kirchner, conductas distintas ante una común tentación

POLÍTICA Por Marcos Novaro para TN
02-MM-af-ck

Se escucha decir que estas legislativas serán importantísimas pues resolverán de una buena vez la larga disputa entre república y populismo, o entre la justicia social y el egoísmo de los ricos, según a quién uno le preste oídos. Pero son discursos de campaña. Hay que ver si el vuelco de votos en una u otra dirección da para tanto, o si el resultado termina siendo bastante más ambiguo, en un proceso político que tiene matices, distintas velocidades y enfrenta a actores bastante heterogéneos. 

Lo que sí puede preverse es que algo de esta heterogeneidad se resuelva o reacomode. A través de cambios en la vida interna de las dos coaliciones en pugna. Que es probable que vayan, además, en detrimento de quienes hasta aquí han sido sus principales líderes, y a favor de figuras de recambio.

Al respecto, la buena noticia que recibió la oposición en estos últimos días es que, en su caso, hay más chances de que el proceso sea más o menos rápido y poco conflictivo. Mauricio Macri jugueteó con la posibilidad de promover una gran batahola interna, para frenar o al menos demorar la consolidación del proyecto de Horacio Rodríguez Larreta. Pero finalmente parece haberse decidido por un acuerdo, que le permitiría retener algo de su antiguo rol, pero en lo esencial cede ante lo inevitable. Y a lo que prefieren el grueso de los dirigentes y votantes, tanto del PRO como de JxC.

La mala noticia para el país es que nada parecido va a suceder en la coalición que nos gobierna. Cristina Kirchner no tiene ninguna duda, nunca la tiene, y cede, sí, pero a la tentación a la que Macri se está resistiendo: la de jorobar a su partido con tal de preservarse. Así que se prepara para aplicar sus conocidas recetas de doblar la apuesta ante la adversidad, y hacer crujir hasta reventar las estructuras que ocasionalmente utilizará para conquistar el poder. Con tal de salvar lo que queda de su imagen y de las funciones de que ha venido disfrutando.

Los moderados del peronismo, por tanto, no volverán a tener oportunidades mientras convivan con ella. Si es que realmente tuvieron alguna en el pasado. Porque, convengamos, la promesa que al respecto hizo en su momento Alberto Fernández ya se frustró demasiadas veces. En consecuencia, la única alternativa que les va a quedar a quienes en su momento la creyeron es el repliegue y la paciencia, a la espera de que se presente una ocasión favorable para la ruptura.

Quien tiene más para ganar, si estas tendencias se confirmaran, es Rodríguez Larreta. Él ha visto a lo largo de este año, con impotencia y seguramente no poco disgusto, cómo sus pares gobernadores, casi sin excepción, festejaban o al menos callaban mientras Alberto le recortaba los fondos coparticipables a su distrito. Pero eso no quita que lo una ahora con ellos, incluso con la mayoría de los de signo peronista, una común expectativa electoral: que las legislativas de este año les permitan, sino desembarazarse de, al menos sí debilitar y empezar a dejar atrás, la hegemonía que sobre todos han venido ejerciendo sus respectivos y ya muy desgastados líderes nacionales. Sería una merecida compensación si se confirmara que el escenario para que eso suceda se le va a despejar bastante más rápido y más fácil al jefe de gobierno porteño, que a los caudillos peronistas del interior.

Todos ellos necesitan que, cuando la gente vaya a las urnas, no apunte los cascotazos en su dirección. Y, de ser posible, los oriente de manera que les ayuden a procesar la sucesión de liderazgos que mal o bien, en verdad más mal que bien, han venido moldeando la política nacional, y ya hace tiempo les están estorbando para desplegar sus propios planes al respecto.

Aunque, en el clima de candente malhumor que reina en la sociedad, ninguno de ellos tiene ese resultado asegurado. Corren riesgos, más o menos serios según los casos, de ser arrastrados en la volada, por un electorado que nadie sabe muy bien cómo va a terminar canalizando sus frustraciones, si va a hacer o no distingos entre nuevos y viejos, entre gestores locales y nacionales de la crisis, entre “promotores” y “víctimas” de los desgastantes conflictos que se asocian con la “grieta”, etc. Un riesgo que es mucho más serio para quienes han hecho una mala administración distrital, y menor para aquellos acostumbrados a competir con nadie, porque sus distritos se parecen bastante a sultanatos o a democracias soviéticas, según cómo se quiera catalogarlos.

También esos riesgos se acrecientan, claro, según qué actitud adopten los líderes nacionales que se quiere ver “de salida”, pero que se perciben a sí mismos vivitos y coleando, con mucho futuro, porque los apoyan aún importantes minorías intensas, son bastante jóvenes y constitutivamente voluntaristas. Por eso es tan importante alcanzar algún grado de entendimiento con ellos, en una transacción que los aliente a franquearle el paso a sus pretendidos sucesores, o al menos a no hacerles la vida imposible. Cualquier salida, en suma, que evite de su parte una sobreactuación destructiva de su poder, orientada a mostrar que aun mandan y que lo pueden seguir haciendo por largo tiempo.

Larreta parece estar cerca de encontrar una fórmula de este tipo. Viene corriendo altos riesgos en su intento de instalar candidatos propios en los dos principales distritos del país, donde se juega centralmente esta disputa, y mostrar que puede conducir al resto de la coalición opositora detrás suyo. Ante todo, porque en ambos distritos, y ejerciendo la conducción de su propio partido, hay otros postulantes, Jorge Macri y Patricia Bullrich, cuya presencia podía tentar al ex presidente a apostar por la confrontación, y por ofrecerles a través suyo mayores cuotas de participación a los demás aliados, para involucrarlos también en la pelea.

Si Larreta lograra desactivar esa amenaza, a través de un acuerdo o de internas que al menos no dividan y debiliten al PRO, solo le quedaría por delante el pequeño desafío de ganar. De lo que trata su otro gran riesgo: salirse ahora con la suya, pero después hacer una elección mala o mediocre. La culpa sería toda suya.

En cuanto a los gobernadores peronistas del interior, su apuesta por el localismo (a través de Hacemos por Córdoba, Hacemos por Santa Fe, por Entre Ríos, etc.) parece ser, al menos en algunos casos, la única opción que les va quedando frente a una conducción nacional del FdeT en la que no cortan ni pinchan. Y ni siquiera esa salida es fácil, pues choca contra su dependencia de los fondos nacionales de asignación discrecional, más necesarios que nunca en los días que corren para asegurar su supervivencia. Es decir, para pagar los sueldos a término y no ser sepultados por protestas en su contra, en plena campaña electoral. Y que Cristina y los suyos pretenden usar, justamente, a través del botón que dice “Alberto”, y que en esto no se sabe si va a resistirse más o menos que en otros menesteres para los que lo han pulsado, para lograr lo contrario de lo que esos gobernadores pretenden: garantizar la nacionalización de las elecciones y un control aún más firme de la confección de las listas de candidatos y, a través de ellas, del territorio y de las bancadas legislativas de aquí en adelante. Aun cuando haya que romper lanzas con figuras locales, por cuya perdurabilidad en el kirchnerismo apuestan aún menos que ellas por la de los referentes del FdeT.

¿Terminará entonces Cristina estimulando involuntariamente la reemergencia del peronismo disidente, en la forma de esas listas localistas, si es demasiado renuente a ceder en la renegociación de espacios de poder con los gobernadores? ¿Y cuántos votos propios podrán realmente movilizar y salvar para sí líderes distritales que, en casos como los Schiaretti y Perotti, están ciertamente también muy debilitados?

En general, los jefes provinciales prefieren que no se vuelvan a presentar múltiples listas peronistas en sus territorios, como fue costumbre hasta 2017 en muchos lados. Salvo que no tengan otro remedio, porque desde nación pretendan imponerles un sometimiento demasiado humillante y fundado no en la confianza sino solo en la plata. A lo que aspiran es, ante todo, a unificar y conducir. Y, en todo caso, buscarán marcarle la cancha a Cristina en base a los resultados: sacando más votos en sus provincias que los que ella logre entre los bonaerenses.

Y allí se va a jugar, justamente, una parte importante de los resultados de estas elecciones: no sólo va a importar la suma global de votos del FdeT, cuántas listas disidentes o “localistas” se presenten y cómo les vaya, importará también la comparación entre la provincia de Buenos Aires y el interior, en particular provincias que siempre han buscado preservar cierta autonomía, y cuyos gobernadores están hoy decepcionados de los resultados logrados con el FdeT y su fórmula de convivencia con Cristina y el kirchnerismo, como Manzur, Uñac y compañía.

Por eso el resultado en el principal distrito del país va a tener esta vez aún más importancia que la habitual. Si a las listas de Cristina allí les va mucho peor que en 2019, pierden o empatan y su desempeño difiere del que logran las listas oficiales en el interior, el peronismo territorial ganará autonomía y se planteará desde ese lugar la discusión sobre cómo sigue esta historia, si hay o no continuidad posible del FdeT, si rompe o no lanzas en algún momento con el kirchnerismo, y quiénes serán los aspirantes nacidos de su seno para suceder a Alberto.

En eso, paradójicamente, Larreta puede ayudarlos y mucho. Porque es él quien está en condiciones de, logrando un buen resultado con un candidato afín en provincia, doblegar a los de Cristina, y abrirles indirectamente una ventana de oportunidad a potenciales competidores de entre aquellos, pero también a posibles aliados, para el 2023. Además de que, a los propios, les demostraría así que puede repetir el mayor éxito de Macri en 2015: la “invención de Vidal gobernadora”, que le permitió a éste ser presidente y a su coalición sostenerse en el poder. Más motivos para pensar, por tanto, que al ex presidente ya no se lo necesita para que la oposición recorra nuevamente ese camino.

Claro que nada de esto es novedad. Cristina, Máximo y Kicillof lo tienen desde hace mucho en cuenta y por eso orientaron la parte del león de esos recursos nacionales de asignación discrecional a ese distrito. De allí también su obsesiva preocupación por desmentir lo que dicen las últimas encuestas: que desde el verano hasta hoy han perdido más de 10 puntos de intención de voto entre los bonaerenses.

Y es que, a diferencia de lo que sucede con el dinero, las credenciales partidistas y la fe de los más fanáticos, en todo lo demás los líderes emergentes de ambas coaliciones corren con ventaja frente a sus jefes. Lo muestran todos los sondeos de opinión: el diferencial de adhesión entre unos y otros es apabullante. Cualquier lista que lleve el apellido Macri o exprese apoyo a su figura tiene muchos más problemas para seducir al electorado que si la avalan Larreta, Vidal u otros líderes distritales relativamente más “nuevos” de JxC. Y algo parecido sucede en el campo peronista: todas las encuestas muestran a los jefes bonaerenses y nacionales del FdeT al final de la tabla de simpatías, en el caso de Massa y Máximo con niveles récord de rechazo en los últimos meses, igual que Cristina, y en el de Alberto, con una diferencia a su favor cada vez más escueta.

Será inevitable, en suma, que los resultados electorales se lean, además de en el clave oficialismo vs. oposición, en esta otra de nuevos vs. viejos, locales vs. nacionales. Y, por lo que hemos dicho, sea cual sea el resultado en aquella primera arena, y aun cuando termine habiendo un relativo “empate” en ella, no necesariamente sucederá lo mismo con las relaciones de poder dentro de los dos campos en pugna.

Si sus challengers no logran despegar, Cristina y Mauricio seguramente seguirán cumpliendo funciones imprescindibles, como la de mantener mínimamente unidas esas dos coaliciones. Si en cambio los líderes emergentes se consolidan, aquellos se opacarán y estos podrán aprovechar la oportunidad para innovar en las estrategias de las mismas, y tal vez hasta para cooperar entre sí. Porque lo que también cabe imaginar es que, por más que se fortalezcan, difícilmente lograrán desmentir la impresión generalizada de que solos no van a poder, y manteniéndose dentro de sus rediles terminarán recreando los conflictos y debilidades que ya sellaron el destino de las últimas tres presidencias, y consumiendo innecesariamente el poco tiempo que le queda a este país para superar sus fracasos y frustraciones.

Vistas desde esta perspectiva, es cierto que las elecciones que vienen son muy importantes. Pero no tanto por las razones que se suelen dar.

Te puede interesar