La dinámica electoral no pasa por Olivos

POLÍTICA Por Jorge Liotti para La Nacion
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Los preparativos iniciales para la campaña empezaron a palpitar en los principales despachos del poder, en La Plata, en el Senado, en Diputados, en el Instituto Patria. Mucho menos vibrante es la sensación en la quinta de Olivos. Allí Alberto Fernández atraviesa un período gris de su mandato, marginado del flujo que debate estrategias y candidatos. Varios interlocutores del presidente coinciden en describirlo como “entregado” o “abatido”. 

Lo describen haciendo un esfuerzo cada vez mayor por no exhibir su pérdida de centralidad. “Está cagado a palos. Tiene que cambiar el número de teléfono porque entre Cristina, Máximo y Wado lo enloquecen”, sugiere uno de sus hombres de mayor confianza. Cristina le ha dedicado en la intimidad frases muy duras. “No respeta la investidura presidencial”, es una de las citas que reeditó cuando lo vio posar con una artista mendocina que ocupaba el sillón de Rivadavia. Puede decir cosas peores. Pero lo esencial es que asumió en los hechos la supervisión de la estrategia electoral. El lento proceso de toma de control de la gestión ahora se traslada a la campaña, sin reparar en sutilezas. Ella instaló en el Frente de Todos la idea de que hay que avanzar sin esperar mucho del Gobierno, del que se siente prescindente.

“No podemos dejar el armado de la campaña en manos de la impericia de la Casa Rosada”, dijo un merodeador de la reunión que mantuvieron el miércoles Cristina Kirchner y Sergio Massa, a la que después se sumó Máximo Kirchner. Dos horas de evaluación electoral de la provincia de Buenos Aires a corazón abierto. Un verdadero tablero de operaciones (la “mesa de los lunes” en La Plata se mantiene, pero perdió nitidez porque cada vez se suman más comensales).

El mismo día, casi en simultáneo, en Olivos Alberto Fernández recibía a uno de los intendentes más cercanos que ya no sabe cómo convencerlo de que debe recuperar liderazgo en el espacio y guiar al Frente de Todos hacia el centro, “volver al escenario 2019”. Con algo de voluntarismo aseguran que las listas llevarán también la marca de Alberto, aunque por una razón pragmática: al FdT le conviene incluir figuras moderadas que eviten un sesgo muy marcado. De todos modos, el equilibrio interno luce muy desigual.

De estas reuniones oficialistas se destacan dos datos. El primero, es que hoy muchos actúan como si el Congreso fuera un faro de poder alternativo al Ejecutivo. Lo remarcan en el kirchnerismo y en el massismo, donde hablan de que “hay conciencia de que es necesario tomar las riendas de la gestión”. De hecho, allí permanecen encallados varios proyectos de Fernández, como la reforma judicial o la de restricciones por la pandemia, pero pasaron algunas ideas de Máximo como el impuesto a las grandes fortunas y el subsidio para zonas frías (la excepción a la regla sería la ley de Ministerio Público, que Cristina ansía ver aprobada). En esas charlas parlamentarias hubo muchas críticas a Mercedes Marcó del Pont por el desastre impositivo que generó el retroactivo del monotributo. Massa (quien según algunos maliciosos le convendría que el oficialismo no logre mayoría propia así puede seguir ofreciéndose como operador clave) también se enfureció por la demora en la baja de Ganancias que empañó su ley fetiche. Por eso aparece un relato subterráneo que remarca la supuesta ineficacia del Gobierno frente a la presunta dinámica del Congreso. Un teorema muy debatible.

Por esa razón también Massa defiende cada vez más su sintonía con la vicepresidenta y con La Cámpora, y se muestra más distante con Alberto Fernández. Cristina, astuta, también tiene una estrategia hacia Massa, por quien no siente simpatía, pero al que considera vital abrazar para mantenerlo entusiasmado dentro del espacio. Un exfuncionario que la conoce muy bien asegura que el acercamiento de Axel Kicillof con el presidente de la Cámara de Diputados también es una movida de ella. En tanto, Máximo ejerce de compañero de travesuras y, al mismo tiempo, de controller cercano de Massa, quien ya se siente uno más de la familia kirchnerista a la que alguna vez enfrentó. Ahí hay discusión de poder, su especialidad. En Olivos hace frío en invierno. Lo comprobó el gobernador santafesino Omar Perotti cuando hace unos días le planteó al Presidente que había que levantarle la interdicción a María Eugenia Bielsa porque es la que mejor mide del espacio. Fernández, en cuyos oídos aún resuena la crítica a los “funcionarios que no funcionan”, le recomendó hablar con Cristina.

Preámbulo electoral 

El otro dato que surgió de estos encuentros iniciales es la evaluación de las primeras proyecciones. Nadie piensa en una derrota en la provincia de Buenos Aires, pero no todos creen que la diferencia será muy holgada. Solo algunos optimistas hablan de diez puntos de diferencia, pero los bilardistas dicen que “un triunfo es ganar por un punto”. Los más racionales proyectan una victoria de entre 3 y 7 puntos de diferencia en la provincia, con derrotas en Capital y en la franja central del país, incluido Entre Ríos, y éxitos en la mayoría del Norte (excepto Jujuy y Corrientes) y del Sur (tanto de propios como de aliados). Así resultará difícil tener mayoría propia en Diputados, que es el principal objetivo global, aunque es probable que le alcance para mostrar que a nivel nacional sacó más votos que la oposición. Un triunfo amargo.

Una encuesta reciente que aterrizó en los escritorios del FdT marca que en la provincia de Buenos Aires casi un 50% desaprueba la gestión de Alberto Fernández contra casi un 37% que lo aprueba, mientras que el 52,3% desaprueba la tarea de Kicillof contra un 35,7% que la aprueba. Si bien los pronósticos electorales son favorables, no es lo ideal que las dos principales caras visibles de la campaña arrastren esa curva descendente.

Algunos dirigentes están preocupados porque visualizan una dinámica social confusa, mezcla de desencanto por los años de estancamiento económico y temor por la pandemia. Es la primera vez que dudan sobre la eficacia de su termómetro en el conurbano, un territorio propio que hoy da síntomas de apatía generalizada. “Hay preocupación, claramente. Como peronistas nos cuesta justificar una realidad económica tan dura. Le dijimos a la gente que no vaya a trabajar en pandemia, un contrasentido con nuestra doctrina”, alerta uno de los operadores del FdT.

Marina Acosta, de la consultora Analogías, que hace trabajos para el oficialismo, señala en un informe que hoy “se mantiene dividido el espacio de opiniones en la provincia: oficialismo y oposición siguen oscilando en torno al equilibrio y la paridad. El Frente de Todos sigue apoyado entre los más humildes y tiene mucho por recuperar entre los menores de 45 años, con énfasis en los menores de 30. Ese cuadro de apoyos coincide elocuentemente con las perspectivas electorales de salida de la pandemia. El vector que lleva ‘la vacunación hacia la normalidad’ todavía no logra anclarse de manera consolidada. Las expectativas económicas se mantienen con el diferencial pesimista que traían”. En definitiva, hay mucho trabajo por hacer.

El Instituto de Estudios Económicos sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (Ieral) presentó hace poco un informe que compara la curva de salida de la crisis 2001-2002 con la actual. A principios de siglo la economía tardó seis años y medio en volver al nivel previo a la debacle. Ahora, para lograr el mismo resultado, se necesita crecer entre 2022 y 2025 al 3,8% anual, asumiendo que este año habrá un rebote del 6,5%. “Y para lograr crecer al 3,8% durante tres años seguidos es necesario romper con las dinámicas que nos impiden salir de la estanflación”, agrega el titular de la entidad, Jorge Vasconcelos.

Las prevenciones electorales también fueron un salvavidas para Martín Guzmán en su esfuerzo por convencer a Cristina Kirchner de que la única manera de evitar un default era hacer un pago parcial al Club de París. El mensaje que le transmitió fue lineal: la inestabilidad financiera que traería un incumplimiento derivaría en una escalada del dólar, inconveniente en este período. La vicepresidenta, que no era partidaria de desembolsar US$430 millones, aceptó. El ministro lo vivió como una victoria personal, porque la deuda es lo que aún justifica su permanencia en el cargo. Recién después de ese aval, conversó con Alberto Fernández. Guzmán también está aprendiendo el juego de la política. Por eso ahora cada vez que habla menciona a “el presidente Alberto Fernández, a la vicepresidenta Cristina Kirchner, al presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, y al jefe del bloque del Frente de Todos, Máximo Kirchner”. Así, como una letanía. Lo hizo dos veces esta semana. Guzmán aceptó que su gestión debe ser refrendada por todos los actores del poder. También que no puede hacer planes de largo alcance. Aprendió a vivir el día. Cuando se relaja admite: “Sé que falta lo estructural”. Confía en que Cristina no quiere un default con el FMI y que ya se resignó a que no podrá imponer su criterio de extender de diez a veinte años los vencimientos. Pero la batalla interna será durísima en el verano.

El clic de Horacio

La reunión del martes de la mesa nacional de Juntos por el Cambio fue breve y pobre en resultados. Lo único que se resolvió fue no cambiar el nombre de la coalición, una idea que llevó Horacio Rodríguez Larreta. En un rincón quedó esperando en vano Carlos Pérez, publicista de la empresa BBDO, quien tenía una presentación que no llevó a exhibir y que incluía nombres alternativos como el austero “Juntos”. Al día siguiente, el jefe porteño hizo la muestra de vocación de poder más contundente hasta ahora al sacarse una provocativa foto con Diego Santilli y un amplio grupo de intendentes, que hasta hace poco oscilaban en la incertidumbre. Fue su manera de mostrar que se había lanzado a la conquista bonaerense.

No fue una decisión arrebatada. Al contrario, fue la expresión de su cambio de estrategia, del “heredero natural” al “sucesor legítimo”. Un camino que se inició después de que Mauricio Macri lanzó su libro Primer Tiempo y en una serie de entrevistas dejó en claro que no se corría de la escena y que aún alimentaba expectativas para 2023. “Hasta hace dos meses Horacio nos decía que no quería ser líder sino presidente, y a nosotros se nos ponían los pelos de punta”, recordó uno de sus hombres de mayor confianza. Y uno de sus estrategas termina de confirmar el giro: “A Horacio todos le reconocían su capacidad de trabajo y su gestión, pero dudaban de su carácter. Este año había que dar la prueba de carácter”. Esta línea de pensamiento se complementa con otra más osada: si Larreta logra correr del tablero a Macri, indirectamente estaría empezando a diluir la incidencia de Cristina dentro del peronismo, ya que su discurso polarizante dejaría de tener atractivo. Pero hoy tiene muchos obstáculos pendientes como para ilusionarse con un mañana tan lejano.

Su charla del viernes con Macri fue razonable. Como buen cartesiano, Larreta le llevó encuestas que, según él, exponen que con María Eugenia Vidal en la ciudad y Santilli en la provincia tienen mejores perspectivas. En la ciudad parece empezar a destrabarse la situación porque Patricia Bullrich dio señales de articulación, aunque plantea que si ella se corre del primer lugar, también lo haga Vidal. Difícil. “Hay que reconocer la grandeza de Patricia”, dijo Elisa Carrió, quien habló con ella en los últimos días y pareció dar un indicio. Carrió también volvió a hablar esta semana con Macri después de mucho tiempo y si bien arrancaron muy tensos terminaron hablando del médico quiropráctico que comparten. El expresidente le blanqueó que percibía que lo querían correr de escena. Por primera vez la desconfianza y la incertidumbre invadió a los líderes del espacio. Hubo días tensos en los que no se reconocían entre ellos.

Patricia Bullrich quedó herida por algunos comentarios de Macri y eso debilitó su principal apoyo. De hecho, en la conversación con Larreta, el único pedido concreto que le hizo el expresidente fue: “Contengan a Jorge”. Se refería a su primo, que aparece en una situación más combativa en la provincia. Jorge Macri expone sondeos que lo dan por encima del vicejefe porteño. “El problema es que tiene un techo bajo por su apellido, mientras el Colorado tiene más proyección”, retrucan en Uspallata. En la provincia fue clave el corrimiento de los intendentes que venían oscilando. “Coincidimos con el diagnóstico de Horacio de que para 2023 tenemos que ampliar la propuesta y no encerrarnos en los radicalizados. Había que definirse”, sintetizó uno de ellos. Entre los huérfanos bonaerenses aún hay muchos cuestionamientos a la Vidal abandónica.

Pero a Larreta le preocupa más el surgimiento de Facundo Manes, cuyo potencial electoral es una incógnita. A diferencia de otras veces, el neurocirujano esta vez está jugando a fondo. No solo acaba de contratar una de las consultoras en comunicación más conocidas del mercado, sino que además esta semana volvió a repetir en una charla reservada: “Voy a ser presidente en 2023”. También se quejó de que le están haciendo operaciones desde Pro, anticipo de que la política argentina es menos ordenada que un quirófano. Detrás suyo se ilusionan los principales referentes radicales, desde Gerardo Morales hasta Alfredo Cornejo y Martín Lousteau, todos potenciales rivales dentro de dos años. En el bunker de Larreta no todos ven mal una interna que amplíe el espectro. De hecho, algunos creen que eso puede generar en las PASO un atractivo que no tendrá la lista única del FdT (Larreta también les está tocando el timbre a intendentes peronistas, algo que intranquiliza un poco al albertismo en fuga).

El Pew Research Center difundió esta semana un informe que marca que, en varios países desarrollados, desde EE.UU. e Inglaterra, a Suecia y Japón y Canadá, las sociedades están más divididas que antes de la pandemia. Por qué no habría de pasar también en la Argentina.

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