El Gobierno sigue enredado en el enorme desorden de su política sanitaria

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
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La pandemia, que sigue a amenazando con nuevas olas (ahora la mutación Delta del Covid), está desnudando contrasentidos en el gobierno de Alberto y Cristina Fernández. También la esterilidad de la gestión para capitalizar la experiencia que ha dejado en el mundo y la Argentina el padecimiento que irrumpió en 2020. Los equívocos parecieran ir ahora en aumento en lugar de disminuir. 

En la última semana el estrés del sistema sanitario en el país y en el AMBA viene en descenso. No es, para nada, una tendencia definitiva. Pero lo ocupación promedio de las camas de terapia intensiva (globales y en el conglomerado de la Ciudad y el Conurbano) muestra una caída que apartó la situación de la zona roja. El fortalecimiento de ese sistema, objetivo inicial de la larga cuarentena del año pasado, habría dado algún resultado. Aunque tenga todavía enormes desafíos por delante.

Sin embargo, en medio de la perseverante emergencia, aquel sistema fue lo único puesto en el debate público por la voz oficial. La vicepresidenta y el Instituto Patria promueven una nueva articulación entre la salud pública, la privada y las obras sociales. Queriendo recuperar “la gobernanza” del sistema de salud bajo la estricta rectoría del Estado.

La discusión, apaciguada sólo en parte por condicionamientos de la campaña electoral, se produce en momento en que la salud privada mantiene un planteo en la Justicia a raíz que el Gobierno, desde el año pasado, niega la posibilidad de aumentos en los servicios. Al mismo tiempo, los trabajadores del sector anuncian un paro de actividades para jueves y viernes a raíz que, dadas las circunstancias, no logran cerrar las paritarias en sintonía con el nuevo orden convalidado por el Gobierno. Es decir, incrementos que deberían estar en el orden del 45%. Galopando cerca de la inflación. Como sellaron los gremios de Hugo Moyano, camioneros, y Sergio Palazzo, bancarios.

Aquel afán de debate oficial, en cambio, emerge ausente en otros campos cruciales para hacer frente a la pandemia. Uno es el de la provisión de vacunas y la campaña de inmunización. El otro, sobre las decisiones convenientes para afrontar la tercera ola inevitable. Que públicamente admitieron el ministro de Salud de la Ciudad, Fernán Quirós, y el viceministro de Salud de Buenos Aires, Nicolás Kreplak.

Quizás Cristina, si fuera otra, debería replantear la alharaca política que hizo en su anteúltima aparición pública, cuando subrayó el gran éxito de los convenios suscriptos por la Argentina con Rusia y China para el abastecimiento de vacunas. También Alberto podría repensar el refrán sobre “que los amigos se conocen en los momentos difíciles”, como le gustó halagar a Vladimir Putin en la teleconferencia que mantuvo con el presidente de Rusia.

Está claro que Moscú no ha podido cumplir, por deficiencias propias, con los convenios suscriptos con nuestro país. Ningún funcionario lo dirá públicamente. El kirchnerismo no toleraría semejante herejía política. La admisión de Carla Vizzotti, ministro de Salud, acerca de que está en consideración la utilización de la vacuna canadiense-china CanSino para reemplazar la segunda dosis de la Sputnik V, constituye el reflejo inocultable de aquel fracaso.

Esa realidad no podría ser enmascarada ni siquiera por el relato K. Se batió el parche con la llegada inminente de segunda dosis de la Sputnik V. Serían entre 300 y 400 mil. Para cubrir a las personas que tienen vencido el plazo ya estirado entre la primera y segunda aplicación. Apenas 330 mil sobre 6 millones, según la desaprensiva lectura del Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero.

Otra faceta inexplicable de la estrategia del Gobierno radica en el ritmo de la campaña de vacunación. De acuerdo con los números oficiales, continúa existiendo una brecha de casi 4 millones de vacunas disponibles que no se inoculan. Nadie explica las razones. Habrá que buscarlas en la centralización del dispositivo que, por motivos políticos, dispuso el Gobierno. En la ineficacia de tal determinación.

Ese vacío significaría casi un atentado sanitario. También una indolencia ante la permanencia de la segunda ola del COVID y la amenaza de una tercera que el mundo está demostrando que se puede mitigar de un solo modo: con vacunaciones masivas completas. Con las dos dosis que exigen todas las vacunas, a excepción de la Johnson&Johnson y CanSino. Ninguna de ellas está todavía en la Argentina.

Más improvisaciones

El Gobierno sigue, entonces, recurriendo a improvisaciones para intentar compensar el principal déficit. La mira ha sido colocada de nuevo sobre los argentinos que viajaron al exterior. Un gesto que, con malos resultados, primó el año pasado. Un detalle de la chapucería: recién en marzo de este año se habilitó en Ezeiza un centro de testeo para los viajeros que arriban. Al poco tiempo fue denunciada la incompetencia del laboratorio instalado en el aeropuerto. Pertenecía a dos personas, sin experiencia, que figuraban como monotributistas. Se cambió, hace poco, por otro de mayor renombre.

Las autoridades supondrían que con el control de los viajeros que llegan del exterior se demoraría o bloquearía el ingreso de la tercera ola empujada por la cepa Delta. Para concederle mayor volumen a la decisión se anunciaron medidas complementarias. Axel Kicillof, por ejemplo, comunicó que los bonaerenses que regresen del exterior deberán hacer un aislamiento obligatorio de cuatro días en un hotel. Otra semana en su domicilio. Anunció para quienes no lo cumplan denuncias penales y multas de hasta $4 millones.

De nuevo la simplificación. La Dirección Nacional de Migraciones informó que el 38% de los llegados las dos semanas anteriores habían violado la cuarentena. ¿Posee el Estado capacidad logística y tecnológica para realizar un seguimiento eficaz?

Ezeiza no parece ser tampoco el foco mayor del problema. Nuestro país no es una isla. Sus fronteras, se sabe, son extremadamente porosas. Sobre todo, aquellas que separan a nuestro país de Bolivia, Paraguay y Brasil. En todas, los controles existen únicamente sobre los pasos oficiales. Cerrados en pandemia. Los alternativos son de libre tránsito. Sin el menor cuidado sanitario. La llamada Triple Frontera (Iguazú, Foz en Brasil, Ciudad del Este en Paraguay) se asemeja, en ese aspecto, a una romería cotidiana.

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