Suena la alarma en el frente oficialista, y Cristina Kirchner lo sabe

POLÍTICA Por Walter Schmidt para Clarin
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El kirchnerismo enfrenta un escenario complejo. Ningún miembro relevante del frente lo admite y, por el contrario, se muestran confiados en que con la campaña de vacunación y una tibia reactivación económica -después de tocar el piso- bastará para triunfar en las elecciones legislativas de noviembre. 

La primera señal de alarma quedó expuesta en un Pacto tácito: nada de chicanas, ni discrepancias públicas o “fuego amigo”, al menos en la cúpula que integran Cristina Kirchner, Alberto Fernández, Sergio Massa, Máximo Kirchner y Axel Kicillof. Por abajo, en segundas o terceras líneas de vez en cuando se escapa algún chisporroteo. Como cuando días atrás Hugo Moyano les advirtió a dos ministros, Claudio Moroni y Matías Kulfas, que antes de hablar en su contra lo piensen dos veces, luego que cuestionaran tibiamente los bloqueos extorsivos de Camioneros contra distintas empresas.

El Gobierno tiene presente que, en el mundo, la pandemia le hizo perder elecciones a prácticamente todos los oficialismos. Las presidenciales a Donald Trump en Estados Unidos, al oficialismo peruano a manos del dirigente de izquierda Pedro Castillo; las regionales en Francia le provocó una dura derrota a Emmanuel Macron, a Jair Bolsonaro en Brasil, a Sebastián Piñera en Chile, a Manuel López Obrador en México y a Pedro Sánchez en España provocando la debacle de su socio Podemos. La excepción parece ser el nicaragüense Daniel Ortega, que directamente metió preso a los opositores para garantizar su reelección en las elecciones de noviembre.

La segunda señal la evidencia la propia Cristina. Su presencia en actos en la provincia de Buenos no se debe a su respaldo ciego a Kicillof, a quien tiene primero en la lista de candidatos presidenciales en 2023. Se debe a la necesidad de revertir la compleja situación en ese distrito, que siempre encarna la principal batalla electoral y que es la primera pieza que, sí se cae, provoca el efecto dominó sobre el resto de las provincias.

A mediados de junio, la incursión fue en La Plata cuando dejó en claro que se apuesta todo a la vacunación y, por eso propuso dejar de lado la política sanitaria del debate proselitista. Una incongruencia de quien hace campaña con la vacunación pero no quiere recibir críticas.

Esta semana fue el turno de Lomas de Zamora, donde la vice trajo del pasado su Plan Conectar –que el actual ministro de Educación Nicolás Trotta, desarmó- para mostrar algo positivo al electorado en la educación, luego del traspié por la prolongada falta de clases presenciales. Pero sólo era un recuerdo distorsionado, que deja expuesto que no hay mucho más para mostrar de la gestión de Alberto Fernández más allá de las vacunas. Incluso, Cristina buscó atraer a la franja sub 40 del electorado que equivale al 50% de los votantes del país, citando a los traperos Wos y L-Gant, como si automáticamente sus seguidores salieran disparados a enrolarse en La Cámpora.

Todo se da frente a un panorama, por ahora oscuro. En el oficialismo circulan números que preocupan al Instituto Patria. No se trata de un relevamiento aislado sino un seguimiento importante a lo largo del tiempo. El resultado es que en la provincia de Buenos Aires el Frente de Todos está medio punto abajo de Juntos por el Cambio. No sólo eso. Florencio Randazzo oscila entre 13 y 14 puntos y vuelve a convertirse en una suerte de cisne negro del kirchnerismo. Lo números también son alarmantes para secciones electorales clave para el peronismo en territorio bonaerense como la tercera, donde en el 2019 aventajó por 30 puntos a Cambiemos y hoy no llegaría a los dos dígitos de diferencia.

Saben que a quien más votos le saca el ex ministro del Interior es al kirchnerismo. “Tenemos que ir a buscar estos votantes sino perdemos”, alerta un dirigente peronista. Aunque nadie sabe si ese enfoque será aceptado porque con candidatas como Luana Volnovich, Fernanda Raverta y Victoria Tolosa Paz, identificadas a fuego con el kirchnerismo será difícil poner en práctica un perfil moderado que recupere los votos que se irían con Randazzo, el lavagnismo y parte del socialismo.

De alguna manera, el randazzismo pretende suplantar el espíritu del Frente Renovador y “la ancha avenida del medio”, debido a que Alberto F. terminó tempranamente radicalizando su gestión y perdió parte de la franja del centro que lo votó pensando que era una alternativa superadora a Cristina. “No tenemos estrategia, sólo reuniones para evitar los roces e ir repartiendo las candidaturas”, admite un legislador K.

Si por Cristina fuera, Matías Kulfas, Martín Guzmán y Daniel Arroyo deberían ser candidatos a diputados nacionales, y así dejar vacantes esos ministerios. En un reciente encuentro de la vice con Massa y Máximo, sobrevoló entre chicanas e ironías, que el tigrense debió haber sido el candidato del Frente de Todos en lugar de Alberto F. En todo caso, una anécdota que de poco sirve para paliar el escenario adverso que tiene por delante el oficialismo.

Desde la Casa Rosada minimizan los pronósticos al argumentar que “todavía no empezó la campaña ni hay candidatos, va a empezar el 24 de julio”. Ratifican que la elección será un plebiscito a la gestión de Fernández, por eso el Jefe de campaña es Santiago Cafiero y que el Presidente “será protagonista porque se va a hablar de vacunas y eso le compete a él”. ¿Y Cristina? Aparecerá cuando ella quiera, como hasta ahora.

“Es lógico que la cabeza de lista sea alguien elegido por Alberto, más allá que pueda ser más o menos albertista y puede haber algún funcionario”, asegura un ministro. Lo que no está claro es quién tendrá más peso en la conformación de las listas. Por un lado, Máximo Kirchner –o sea Cristina- y Massa serán clave en el armado en la provincia, más allá de la palabra final de Alberto. En el resto del país la preponderancia la marcarán los gobernadores peronistas, con la anuencia de la Casa Rosada y del Instituto Patria.

En los despachos de Balcarce 50 repiten que tienen a “la vacuna como fortaleza muy importante” de la campaña y que el ministro Guzmán estará más activo públicamente, sostenido por la ayuda del Estado –impuesto a las ganancias, bono a los jubilados, paritarias- y la obra pública como signo de recuperación.

La duda es si esas medidas alcanzarán para recrear una sensación de mejora. El Gobierno es consciente que la mitad o más de la mitad de la población cree que en los próximos meses su situación económica será peor. Y tiene motivos para creerlo.

La inflación superará a la del 2020 y el temor del kirchnerismo es que se acerque demasiado al 53,8% con el que Mauricio Macri dejó el gobierno. En lo que va de la gestión de Fernández, la pobreza aumento el 30%.

Durante la semana, el INDEC difundió su informe sobre la distribución del ingreso y los números son lapidarios. La mitad de los hogares de la Argentina son pobres, teniendo como base a dos adultos y dos niños, y no alcanzan los $64 mil pesos para acceder a la canasta básica total. Respecto a los trabajadores, jubilados y quienes reciben un plan, la mitad de ellos reciben menos de $30 mil.

Si bien el Gobierno pretende instalar que los salarios le ganan a la inflación lo cierto es que según el Indec, 8 de cada 10 trabajadores o trabajadoras no podrían sacar a su familia de la pobreza porque ganan menos de $60 mil. Y ese universo contempla a quienes reciben una remuneración en blanco. ¿Los trabajadores informales, que hacen changas, que no facturan, también le ganarán a la inflación con aumentos del 40 o 45% a sus ingresos? Obviamente que no. Nadie cuenta que este segmento es casi la mitad del total de los trabajadores de un país cada vez más informal.

La llegada inevitable de la tercera ola y de la variante Delta es un nubarrón que nadie sabe si seguirá de largo o se posará sobre la Argentina durante un buen tiempo. Al Gobierno le preocupa, electoralmente, que vuelva a incidir sobre la situación sanitaria y, por ende, económica. No es para menos, la vacuna es deseada y agradecida por todos, pero no bajo el esquema una vacuna, un voto. La crisis de la economía golpea todos, y es una variable que casi ningún oficialismo pudo sortear.

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