El gen revolucionario de Alberto Fernández que nadie conocía

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
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La campaña electoral, amén de convertirse de a poco en un espectáculo insoportable de fuegos de artificio, descubre facetas ocultas de la personalidad de los dirigentes. La novedad, en este caso, recae sobre Alberto Fernández. Los modos y estrategias de Cristina Fernández son bien conocidas porque, en ese plano, arranca una extensa ventaja al Presidente. 

La vicepresidenta muestra en su trayectoria siete campañas en las que tuvo participación directa. Cuatro presidenciales (2007, 2011, 2015 y 2019) y tres legislativas (2009, 2013, 2017). Alberto, como protagonista central, apenas en dos. La del 2019 y la actual. Participó activamente en otras, aunque siempre desde un costado, casi en las sombras. Con Néstor Kirchner (dos veces), con Cristina (una), con Sergio Massa (2013) y Florencio Randazzo (2017).

La campaña del Presidente hoy trasunta una diferencia con la anterior. En aquel momento alcanzó su giro camaleonesco con el kirchnerismo y el pésimo legado que le dejó Mauricio Macri para renovar expectativas sociales y enterrar, en muchos, la memoria horrible del segundo mandato de Cristina.

Ahora, en cambio, está obligado a hacerse cargo de todo lo que ha pasado en este año y medio trágico y excepcional de la pandemia. Con una combinación de desventajas: la herencia macrista parece haber quedado lejos; Cristina no asoma con voluntad de compartir los costos políticos.

Tales orfandades colocarían al Presidente en un teatro nuevo. Desconocido para él. Motor, tal vez, de la ruptura de algunos límites inhibitorios que, la psicología demuestra, posee el común de los mortales. De allí, la frecuencia con que Alberto se enreda en sus propias palabras. O la llamativa impunidad que exhibe para describir en público hechos falaces.

Un caso: en abril de este año inauguró 132 viviendas en Avellaneda que, según él, estaban casi concluidas en 2015. Conjeturó que solo el “odio macrista” habían frenado su entrega. El plan había sido lanzado en 2010 por Cristina. En 2015 estaba a medio hacer. Por falta de recursos las 300 viviendas fueron reducidas a la mitad.

El lunes, durante un acto con jóvenes en Tecnópolís, produjo quizás uno de sus hechos memorables. Inaudito. Para la mayor parte bisoña del auditorio pasó como si nada. Alegre por la fluidez de su discurso –sin reparar en conceptos- Alberto hizo de repente un silencio antes de disparar una parrafada. Se acomodó despatarrado en una banqueta y emprendió: “Yo mi vocación revolucionaria de joven la sigo manteniendo viva”, aseguró.

“Algunos dicen que uno es revolucionario de joven y conservador de grande. No es mi caso”, continuó. “Tenemos adentro nuestro unas enormes ganas de cambiar las cosas, una rebeldía propia de la edad que ojalá nunca muera; como el mayo del 68”. La brecha de edad entre Alberto y esos jóvenes que escuchaban superaba, con creces, las cuatro décadas. De aquella célebre rebelión con cabecera en Francia pasaron 53 años. Vale interpelarse: ¿Cuántos de los cerca de 20 mil jóvenes presentes tenían conocimiento de lo que representó el hito de aquella eclosión cultural y política que se esparció por el mundo?

El pasado lo condena 

En medio de esa épica, el Presidente intentó mechar la suya. El gen revolucionario juvenil de Alberto reconoce otras estaciones. El debut político dentro del Partido Nacionalista Constitucional, de Alberto Asseff. Por entonces, una agrupación identificada con la derecha. Más adelante, la primera incursión pública en el gobierno de Carlos Menem. A cargo de la Superintendencia de Seguros.

Luego una alianza con Domingo Cavallo y Gustavo Béliz para pugnar por la Jefatura de la Ciudad. En una lista de legisladores porteños entre los cuales, dos de ellos, hacían pública la reivindicación de la dictadura. Años más tarde, nació el vínculo con el matrimonio Kirchner. Quizás sintió abrazar en ese momento algún ideal revolucionario. Ya orillaba los 50 años.

El Presidente edificó toda aquella fantasía únicamente por necesidad de la campaña y la percepción oficial de que los límites impuestos durante la pandemia han producido un alejamiento de sectores juveniles del Frente de Todos. Que, como ocurre al conjunto de la sociedad, demuestra menor interés cuando es convocado para votar en una elección legislativa.

Por esa razón Alberto insistió tanto con la reivindicación de las libertades humanas y ciudadanas que su propio Gobierno se ocupó de cercenar con una estrategia de pandemia que estuvo mal diseñada. Hizo excesivo hincapié en las restricciones y el encierro prolongado. Delante de un colectivo de artistas se ocupó ayer de pedir perdón. Todos aspectos que la oposición, no sólo de Juntos por el Cambio, incorporó a la agenda del debate público.

El Presidente alertó sobre “los liberales que hablan de libertades pero son muy conservadores”. Los vinculó con los objetores de la cuarentena y los antivacunas. “Piquénle el boleto porque ese discurso lo conozco bien”, aconsejó. Desplegó la fábula sobre su gen revolucionario.

Tal vez, esa improvisada imaginación fue simplemente una respuesta a las expresiones libertarias que en la Ciudad y en Buenos Aires representan los economistas Javier Milei y José Luis Espert. Cuya bandera de guerra, según se advirtió en un mitin en Palermo, parece resumirse en el grito furioso y sencillo de "libertad".

La campaña del Frente de Todos exhibe muchos escollos. Menos, claro, la utilización de recursos del Estado para hacer publicidad proselitista. El tópico de la economía pareciera por ahora vedado. En especial por la inflación. La esperanza del regreso a la vida normal, con la cual machaca, pende de un hilo delgado. Nadie sabe cómo ni cuándo impactará en la Argentina la nueva ola de Covid, con la variante Delta, que impacta en Europa y Estados Unidos.

La herencia del macrismo también asoma remota. Para colmo, Mauricio Macri estuvo varias semanas en el exterior distanciado de la campaña y ajeno a las turbulencias de Juntos por el Cambio. El ingeniero acaba de regresar a la Argentina. Hay indicios que volverá a la arena política. La luz que clama el kirchnerismo para volver a batallar.

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