Cristina cada vez más jefa, Alberto cada vez menos

POLÍTICA Por Gonzalo Abascal para Clarin
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Para advertir la profundidad de la confusión en el oficialismo por estos días, alcanza con un dato: la voz más coherente que se escuchó desde el episodio “foto del cumple de Fabiola” fue la de Luis D’Elía. El mismo que ganara una triste fama por golpear a un opositor en la Plaza de Mayo, hoy raleado de cualquier posibilidad de pertenencia -lo cual le habilitó una inusual sinceridad- pareció un ejemplo de sentido común. “Fue una cagada la foto en Olivos y una cagada el pedido de disculpas”, definió con crudeza. 

El resto de las voces que ensayaron una defensa penduló entre el tono de “lo hago por obligación y porque estoy en campaña”, la mayoría; y aquellos que sugirieron que lo hecho por el Presidente “estuvo mal... pero no tan mal”. Santiago Cafiero fue quizás el caso más emblemático con su aventurado “el Presidente no jodió a nadie”. Luego de repasar los variados dichos no resulta difícil concluir que, en verdad, los integrantes del Gobierno y sus alrededores censuran más la ingenuidad torpe de posar para las fotos que la participación en la velada nocturna. Que habrá habido otras y quién sabe con qué otros invitados.

Faltaba escuchar qué diría Cristina Kirchner. La oportunidad fue este martes, en un acto en Avellaneda montado para transmitir un mensaje claro a propios y extraños: cerramos filas detrás de Alberto Fernández.

¿Y qué dijo la Vicepresidenta? Primero resulta interesante detenerse en lo dicho por el Presidente, quien no disimuló su necesidad de buscar apoyo en cada uno de los dirigentes que lo acompañaban. En una muestra de fragilidad disfrazada de generosidad, eligió repasar “logros” de la gestión, pero sobre todo se ocupó de nombrar a cada uno: Máximo Kirchner y el mérito de impulsar el impuesto a las grandes fortunas; Sergio Massa y la modificación del impuesto a las ganancias; Cristina y la aprobación de los proyectos en el Senado; Kicillof y la recuperación de las obras en la Provincia… La lectura era inequívoca: un Presidente preocupado por agradecer el apoyo que lo está rescatando de un remolino que amenazó con tragárselo.

Cristina, en cambio, no necesitó muletas políticas ni discursivas.

Para empezar, recurrió a Néstor Kirchner. “Ya llega Néstor, siempre llega Néstor”, atajó alguna exclamación que recordaba al ex presidente. Sabe como nadie que en momentos de crisis nada mejor que intentar recuperar la identidad desdibujada. Y que, si el presente no ofrece argumentos a favor, o los que ofrece impactan por su raquitismo, más vale buscarlos en un pasado siempre posible de idealizar.

Lo que siguió fue directo y confirmó que si a alguien no convencieron las explicaciones y disculpas del Presidente y sus funcionarios, fue, sobre todo, a ella. “No te enojes Alberto, no te pongas nervioso”, sugirió, casi maternal. Para enseguida lanzar la estocada: “Poné orden donde tengas que poner”.

No necesitó más para expresar una idea que la acompaña y preocupa desde hace tiempo: que el Presidente transita una administración desordenada en varios frentes.

En la gestión lo advirtió con aquello de “los funcionarios que no funcionan”, lo reiteró cuando pidió que algunos ministros “se busquen otro laburo”. Y ahora pareció extenderlo incluso al plano de los hábitos de Alberto y su círculo íntimo, incluida su pareja Fabiola, en Olivos. La magnitud de la crisis a semanas de las elecciones sugiere que ese orden no se alcanzará con cosmética. Más temprano que tarde alguien deberá pagar.

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