La sangría del Presidente no para

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
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Santiago Cafiero, en una de sus infortunadas apariciones, alertó a mediados del 2020: “Imaginen lo que hubiera sido esta pandemia con Macri gobernando; una catástrofe”. Demás está decir que, sin la administración del ingeniero, la catástrofe asuela igual a la Argentina. Por la cantidad de víctimas (por encima de 110 mil), los más de cinco millones de contagios, el descalabro económico-social y una campaña de vacunación, que, pese a su mejoría, continúa siendo lenta y compleja. 

El Gobierno tiene la costumbre de ahogarse en su relato. Anunció con bombos de campaña electoral que agosto sería el mes “de las segundas dosis”. En los primeros 21 días creció sólo un 5% ese segmento de inmunizados. Hay un problema adicional que nunca consigue ser resuelto. La estrategia para la compra de vacunas resultó equivocada. Carla Vizzotti, la ministra de Salud debió viajar de nuevo a Moscú para indagar qué sucede con la Sputnik V, segunda dosis. AstraZeneca no podrá cumplir con los 3 millones prometidos para antes de fin de mes. Los envíos de Sinopharm, de China, también llegan con retraso.

Aquella lejana alusión del jefe de Gabinete a Mauricio Macri cobra otra vez plena vigencia. A falta de una oferta mejor, el kirchnerismo blande la figura del ex presidente en cada uno de sus actos como soporte discursivo. Tanta recurrencia dispara un interrogante. No está referido a la catástrofe augurada por Cafiero, que llegó, al fin, de la mano Alberto Fernández. Apunta en otra dirección: ¿cómo hubiera hecho el ingeniero para administrar una situación parecida con la hipotética oposición del Frente de Todos? ¿Habría aguantado un escándalo como el de las fotos de la fiesta clandestina de Olivos en el tramo duro de la cuarentena?

Habría que reconocerle al peronismo la capacidad de blindaje político. Ayudado por la tolerancia de sectores sociales que le dispensan fidelidad. El recorrido del “OlivosGate” parece demostrarlo. El Presidente negó su existencia. Luego la aceptó, aunque responsabilizando por “el brindis” a Fabiola Yáñez, la Primera Dama. Después asumió la plena responsabilidad. Para intentar cortar esa sangría terminó ordenando la difusión de nuevas fotografías de aquella celebración en un portal kirchnerista y en la TV pública.

En ese vértigo, el Gobierno pretendió transformar el verdadero foco del conflicto. El problema, según la lupa K, no radicaría en el error o delito cometido por el Presidente. Sería, en cambio, el supuesto manejo que del escándalo pretenden hacer la oposición y los medios de comunicación que informan.

Esos esfuerzos fueron hasta ahora vanos. La espiral del conflicto no se detiene. Espoleado desde dos planos. El espionaje sobre los invitados, las amenazas de nuevas revelaciones y la actuación judicial, a cargo del fiscal Ramiro González, que se enfrenta a una situación insólita: el principal acusado es Alberto, responsable de haber impuesto a la sociedad las normas que violó. Casi un sello de la Argentina.

El otro plano tiene relación estricta con la política. La sangría presidencial no se detiene. No encuentra la forma. Ni con el abroquelamiento y directivas a su Gabinete. Cuando estalló el Vacunatorio VIP halló el recurso de separar al ex ministro de Salud, Ginés González García. Logró un cierto control de daño. Ahora no tiene ningún fusible a mano. Sería él mismo. Por esa razón no hay cerco que sirva para silenciar al escándalo.

En el oficialismo hay conciencia de tal limitación. También, señales que atemorizan. Una es la diseminación formidable que la noticia tuvo en la sociedad. La consultora Isonomía se ocupó de pulsar la sensibilidad del tema en lugares precisos del Conurbano. Detectó que la caída de imagen de Alberto osciló en esos días entre 8 y 10 puntos. Es decir, se produjo un poderoso golpe emocional. No se puede conocer hasta cuándo será perdurable. Si llegará a las PASO de septiembre y luego se diluirá. O si se trata de una factura ya impagable para el oficialismo.

Cristina teme la segunda posibilidad. Se ausentó de la sesión del Senado que aprobó los pliegos de dos jueces (Gabriel De Vedia y María Guadalupe Vásquez) que quería el kirchnerismo. No quiso ser blanco para la oposición. Desconoce si aquella descompensación emocional podrá ser atenuada con algún mimo en los bolsillos de la gente. Difícil mientras Martín Guzmán, el ministro de Economía, mantenga la inflación anclada al menos en 3% mensual. En tanto ese dilema logre dilucidarse, resolvió ponerse al frente de la campaña. Como jefa indiscutida que es, al margen del dibujo del poder. Por primera vez, se vieron imágenes explícitas de tal ordenamiento.

La vicepresidenta llevó la batuta en cada una de las últimas apariciones públicas. Marcó el rumbo de los discursos. Retó a su pupilo y hasta lo interrumpió mientras hablaba. Alberto se comportó sumisamente. Parece ser víctima de un fenómeno que él mismo supo reprochar, en época de opositor, a cada kirchnerista. ¿Cuál?. Un invisible gas paralizante que Cristina utilizaría para disciplinar a la tropa. Ese flujo nace de su personalidad.

Cristina tiene una meta de base. En medio del descalabro general busca retener al núcleo duro que siempre la ha seguido. Ese tercio aproximado e inexpugnable. Su retórica vale en ese bolsón mucho más que ciertos devaneos de Alberto. A nadie le atrae sus diálogos imaginarios, como el que improvisó días atrás, por ejemplo, con José de San Martín. Tampoco el Presidente asoma capaz de aportarle a su vice el capital del 2019: los descreídos con Macri o los moderados que supusieron ver una luz con la fórmula invertida de Cristina deambulan ahora por la escena electoral.

La vicepresidenta trae cada vez que puede a Macri. Eso siempre amalgama a la feligresía K. En el acto de Avellaneda se burló del republicanismo, en el cual nunca creyó. Ligó los cuatro años del macrismo con una “Republica de Morondanga”. Otras pinceladas terminaron por inquietar al albertismo. La exhortación a que ponga orden donde se debe, pareció exceder el escándalo del “OlivosGate”. Tendría relación con la primera advertencia del año pasado, cuando dijo que hay “funcionarios que no funcionan”. Cristina y el kirchnerismo empiezan a convencerse de que también la gestión de Alberto sería de morondanga. La vicepresidenta intenta colocar otros cerrojos a ese tercio que escucha y obedece. Recurre a un sinceramiento brutal. Piezas de Avellaneda y el estadio de La Plata. En el primer caso, interpretó que en la Argentina habría una sola forma de pensar. Sería la que irriga al kirchnerismo. El resto sólo existiría por contraposición. Dijo que a Juntos por el Cambio no lo mueven ideas. Apenas el odio. Diseño acabado del partido único. Coherencia con el combate al republicanismo.

La segunda ocasión fue una continuidad. Con un hilo conductor. Reveló que para salir del desastre la Argentina requerirá de “varios períodos” de este gobierno. Mejor dicho, del Frente de Todos. Sencillo si, como masculla ella, la otra parte de la sociedad no existe. Las cartas parecen estar sobre la mesa.

Aquel desarrollo tuvo una frutilla de remate. Cristina sostuvo que las minorías pueden defender derechos solo cuando gobiernan las mayorías. ¿Cuáles? El macrismo lo fue, por lo menos, hasta el 2017. No le concede validez por una razón de clase. Igual habrá que reconocer que, en ese lapso, muchas minorías no la pasaron tan mal. Debe preguntarle a los movimientos sociales y piqueteros que la inquietan ahora con sus reclamos callejeros.

Antes de volcar tanta ambición y fantasía sobre la realidad, Cristina debe atravesar el cercano examen electoral. Si pasa, le aguardan dos tareas gigantescas. Hacer que los “funcionarios que no funcionan” empiecen a funcionar. Para eso necesita de otra claudicación de Alberto y saldar un pleito que dejará heridas. Porque los dirigentes cuestionados –en primer lugar, Cafiero—pertenecen a la máscara presidencial.

Después, debería meditar otra alquimia presidencial. ¿Podría ser ella misma candidata en 2023? Hoy dice que no. ¿Le daría para repetir a Alberto? Hoy tampoco. ¿Lanzaría al ruedo a Axel Kicillof o a su hijo Máximo? Están verdes. Mal vistos, mayoritariamente, por la sociedad. ¿Se abriría una hendija para Sergio Massa? Es la apuesta del ex intendente de Tigre, apegado a Máximo. Pero la falta de confianza que le dispensa Cristina sigue siendo el escollo.

Antes de ese desafío está su proyecto de colonizar el Poder Judicial. Sin esa llave, muchas cosas se le dificultan a la vicepresidenta. Veamos: esperaba, luego de su exposición y la del procurador del Tesoro, Carlos Zannini, la anulación del juicio por el Pacto con Irán, a raíz del atentado en la AMIA. La moneda cayó con la otra cara: el fiscal Marcelo Colombo se negó a declarar la nulidad y dejó la responsabilidad en el Tribunal Oral Federal 8.

Colombo tuvo dos fundamentos para hacerlo. Y un contexto inesperado. Consideró imprecisa la prueba K que vincula la reapertura de la causa con las numerosas visitas que los jueces de Cámara, Mariano Borinsky y Gustavo Hornos, hicieron en su momento a Macri. También hizo ruido al fiscal que aquella reapertura fuera votada por la jueza Ana María Figueroa, de Justicia Legítima. Pasó otra cosa: la semana anterior el régimen de Teherán designó ministro de Interior al coronel Ahmad Vahidi. Uno de los acusados por el ataque a la AMIA y con alerta roja vigente de parte de Interpol.

El Gobierno se vio forzado a cuestionar tal nombramiento. Fuera de la nota oficial nadie opinó nada más. Pero la tragedia con 85 muertos volvió súbitamente a la memoria. No resulta sencillo borrar de un trazo el pasado tan oscuro.

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