El presidente vigilado: perdió la confianza del kirchnerismo y Máximo gana injerencia en la gestión de Gobierno -

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
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"Alberto (Fernández) parece estar hoy como estaba Cristina (Fernández) antes de las legislativas del 2009”. La comparación fue trazada por un consultor cuyos puntos de vista también suelen ser requeridos por el Gobierno. No significa ningún vaticinio electoral. Apunta a demostrar el grado de irritación y cansancio de la sociedad –potenciado por la pandemia– con el poder. Y la política, en general. Desnudaría además el desgaste de la figura presidencial. 

Aquel tiempo estuvo marcado por el conflicto con el campo. Doce años después, aunque parezca increíble, ese conflicto permanece. Sello argentino. En una dimensión todavía menos explosiva. Ahora talla la tragedia del coronavirus. Sus errores y escándalos. Una crisis económico-social que ahondó ese final traumático de la administración de Mauricio Macri.

La comparación tendría asidero por otro motivo. Como entonces, también hoy existe un sistema de poder compartido en la cima. Néstor Kirchner fue la sombra de Cristina hasta su muerte. Luego nació el poderoso liderazgo de la dama. El doble comando y la popularidad del ex presidente por sus cuatro años de gestión, no alcanzaron para impedir la ajustada derrota en las legislativas, incluida Buenos Aires. ¿Será suficiente ahora con el caudal que conserva la vicepresidenta para que no se repita la historia? El kirchnerismo no posee certeza ante esa pregunta.

La convivencia de Néstor y Cristina en el poder fue difícil. Nunca hubo desconfianza entre ellos. Diferencias, sí. El Presidente siempre supo cómo saldarlas. El gran problema en la coalición de Gobierno sería ese: después de un año y medio largo, Alberto es mirado de reojo. Sus equívocos, declarativos y de gestión, perforaron la convicción por la cual fue ungido candidato: las experiencias anteriores en estamentos del Estado. Su capacidad para articular intereses encontrados.

Esa pérdida de confianza tiene otra derivación. El Presidente, desde el inicio, estuvo condicionado por el peso político de Cristina. Se le han achicado muchísimo los márgenes para intentar imponer alguno de sus puntos de vista a la hora de administrar. Tal debilidad tuvo un registro llamativo la última semana. En un acto de campaña, juró que jamás traicionaría a la vicepresidenta, a Máximo Kirchner ni a Sergio Massa. Quizás la necesidad hizo que dejara la mención del “pueblo que me votó” para el último lugar. Los grados de dependencia presidencial estarían reflejados en ese ordenamiento.

Las tensiones internas que fue incubando la pandemia no han desaparecido en la campaña. Alberto debió bregar para imponer a Victoria Tolosa Paz y Leandro Santoro como cabezas de lista en Buenos Aires y la Ciudad. Las complicaciones importan en la Provincia. Según resulte la votación allí, el Gobierno puede ganar o perder la elección nacional. El kirchnerismo no deja de reparar en el mensaje jabonoso de la mujer candidata. “Hay mucha actuación y poco contenido político”, subrayó una joven de La Cámpora. Aludió a que sus palabras volarían de un lugar a otro, sin anclaje consistente.

Aquellas tensiones tienen otros indicios. La prescindencia pública de Cristina en este tramo. El recorrido proselitista del Presidente, sólo en el interior del país. Con dificultades. Quiso visitar Entre Ríos y no pudo por el mal humor del campo. Debió conformarse con Chaco. El involucramiento de Máximo, ahora mismo, más en temas espinosos de la gestión del Gobierno –la extensión del cepo a la exportación de carne– que en tareas de campaña. Hay sensores que se activaron debido a la preocupación general.

La elección del domingo anterior en Corrientes es referencia. Se trató de la segunda de orden ejecutivo (Jujuy fue la anterior) de las cuatro que hubo hasta ahora en pandemia. No sorprendió el triunfo del radical Gustavo Valdés. Tampoco meses antes el de Gerardo Morales. Los reparos vienen por otro lado. En ambas provincias Alberto había arrasado en 2019. En Corrientes, el peronismo resignó más de 20 puntos respecto de la elección para jefe provincial de hace cuatro años.

Otro par de datos debiera ser compartido también por Juntos por el Cambio. El nivel de participación no superó el 65%. Los votos en blanco y nulos llegaron a 72 mil. Más de la mitad del total que cosechó el postulante peronista, Fabián Ríos. Detrás de esos números puede ocultarse el desencanto popular por tantas decepciones. La oposición parece tomar nota: ningún precandidato, radical o macrista, deja de marcar la importancia de asistir a votar el próximo domingo.

Cristina también atendió el desenlace en Corrientes. Es una de las ocho provincias donde se renovarán senadores. El oficialismo pondrá en juego 15 bancas. Tiene en la actualidad 41. La Cámara alta representa la fortaleza de la vicepresidenta. Maneja una mayoría cómoda. Incluso el quórum. Allí se suelen originar los proyectos controvertidos de ella misma y del Gobierno. En la primera línea figura la modificación de la ley del Ministerio Público. Busca cesar al actual procurador general, Eduardo Casal. Tomar, de paso, el control directo de los fiscales.

La realidad indicaría que el oficialismo va camino a resignar una banca en Corrientes. Podría suceder lo mismo en Córdoba y Santa Fe. En esa provincia se vislumbra otra amenaza. El prólogo de la PASO con que el ex ministro Agustín Rossi desafió al gobernador Omar Perotti (respaldado por Alberto y Cristina) indica paridad. El posible triunfo de Rossi significaría un golpe para gobernabilidad de la provincia en los próximos dos años. El jaque podría representarlo la victoria de Juntos por el Cambio.

El panorama tendería a complicarse más si el kirchnerismo es vencido en Chubut. Resignaría dos bancas. Podría colocar el quórum en riesgo. Esas novedades reavivan los reproches contra el Presidente. Que parece condenado a pagar los platos rotos si el oficialismo no gana la elección. E impedido quizás de capitalizar en su beneficio un triunfo. “Si ganamos será por Cristina. Y pese a Alberto”, es la frase repetida por los hombres enojados del Instituto Patria.

En la vitrina de aquellos reproches sigue figurando el escándalo del Olivosgate. La fiesta de cumpleaños de la Primera Dama, Fabiola Yáñez, el 14 de julio del 2020. Durante la cuarentena estricta. El mismo día, vaya casualidad, en que Máximo debió festejar un cumpleaños íntimo por Zoom. El Presidente apostó a que el conflicto se fuera diluyendo luego de ordenar difundir por la TV pública imágenes de la celebración. No mensuró el impacto público. Ni la influencia que tendría en el Poder Judicial.

Veinte días después de la revelación y de abrirse una causa, Sebastián Casanello resolvió declararse incompetente. Bombazo en Olivos. Alberto confiaba en que el magistrado avalaría su tesis del error. No del delito cometido. Por esa razón se encargó de elogiarlo rápido. Suponía además que las tramitaciones del fiscal, Ramiro González, y la buena voluntad del juez distanciarían al escándalo de la campaña.

Casanello, más allá de las razones de jurisdicción que adujo para desligarse del tema, es un magistrado sensible. Enemigo de verse compelido a dirimir un pleito entre las necesidades del poder y la percepción pública crítica. Tomó el recaudo de derivar el asunto al Juzgado de San Isidro el día de la finalización del turno de la jueza Sandra Arroyo Salgado y el inicio del de Lino Mirabelli. No representarían la misma cosa para el Gobierno.

La decisión de Casanello fue mal recibida. El viceministro de Justicia, Juan Martín Mena, la cuestionó. Se trata del funcionario encargado de influir en Comodoro Py. Con justeza, lo que evitó sufrir el magistrado que se declaró incompetente. Arroyo Salgado es la ex esposa de Alberto Nisman, que apareció muerto en su departamento un día antes de formular la acusación contra Cristina por el Memorándum de Entendimiento con Irán. Mirabelli posee menor notoriedad. Pero exhibe algún recorrido en el tiempo de pandemia.

Intervino en casos sonoros al comienzo de la cuarentena. El de un joven surfer, interceptado en la panamericana por violar la prohibición de circular. El de un hombre (preparador físico) que agredió a un vigilador, en un edificio de Vicente López, por recriminarle la violación de protocolos. Ambos episodios siguieron su curso y están elevados a juicio. Mirabella se ocupó también de otra denuncia en la residencia de Olivos. Sucedió en agosto del 2020, luego de un encuentro del Presidente con Hugo Moyano, parte de su familia y la Primera Dama. Hubo difusión de una foto, con los participantes juntos y sin barbijos. El juez consideró que se había tratado de una reunión de trabajo. Dio por superado el incidente.

La saga demostraría que el escándalo parece haberse tornado inmanejable para el Gobierno. Agravada por el surgimiento de imponderables. O no tanto. La Cámara Federal resolvió reabrir la causa del Vacunatorio VIP que, parcialmente, había dado por cerrada la jueza María Eugenia Capuchetti. La pandemia no es sólo tragedia: también, una pesadilla política para el Gobierno.

La angustia de Cristina permanece en otro lado. El fiscal Marcelo Colombo rechazó su pedido de anular la causa por el Pacto con Irán. La decisión final pasó a manos del Tribunal Oral Federal 8. Se abre la posibilidad que la vicepresidenta –se verá cuándo– deba ventilar en público las razones que la llevaron al acuerdo con el régimen de Teherán. Tal vez, como sostienen algunos expertos, debería ser sobreseída. Tendrá que explicar igual por qué hizo lo que hizo con el mayor atentado terrorista (85 muertos) que padeció la Argentina. Es, justamente, lo que quiere evitar.

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