Inflación y emisión: la vieja manía de empapelar el país

ECONOMÍA Por Silvio Santamarina para TN
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Uno de los trucos marketineros de esta campaña que más repercusión logró fue la simple ocurrencia de una joven precandidata a diputada cordobesa de Juntos por el Cambio: Fiona Cavazzon empapeló con billetes de diez pesos la puerta de una sucursal del Banco Nación, para ilustrar la acelerada depreciación de la moneda argentina. 

Del otro lado de la grieta, el economista -y exfuncionario K- Emmanuel Álvarez Agis había advertido unos días antes que, si seguía el ritmo de emisión vigente, los billetes de mil pesos se empezarían a usar para “empapelar las paredes”.

Las raíces profundas del empapelado

Es probable que, en ambos casos, la metáfora de empapelar usada para caracterizar un contexto inflacionario y de expansión monetaria desbocada haya sido inspirada -de modo consciente o no- por las famosas imágenes de alemanes empapelando con marcos devaluados las paredes de sus habitaciones, durante la hiperinflación de los años 20, en la crisis que hirió de muerte a la República de Weimar. Sin embargo, el empapelado es un concepto que tiene raíces profundas en la historia argentina.

Ya en la segunda mitad del siglo XIX, se hablaba de “empapelamiento”, para denunciar emisiones indiscriminadas de billetes, letras, cédulas hipotecarias, subsidios y empréstitos, en fin, todo tipo de papeles sin respaldo (en esa época, en oro) o con respaldo dudoso. En la prensa y los debates parlamentarios, abundaba el término, con el que se alertaba sobre el festival de gasto, déficit y endeudamiento en el que incurrían los sucesivos gobiernos, fueran nacionales, provinciales o municipales.

Uno de los más chispeantes usuarios de la figura del empapelamiento para pintar la realidad monetaria de su tiempo fue Carlos D’Amico, quien fue gobernador bonaerense entre 1884 y 1887, en una gestión sacudida por denuncias de corrupción y despilfarro presupuestario. Acosado por causas judiciales, venganzas partidarias y cachetazos periodísticos, D’Amico huyó al exilio en México y prendió el ventilador. Volaron papeles: sus memorias, bajo el título Buenos Aires, sus hombres, su política (1860-1890), se convirtieron en un best-seller maldito.

Si bien D’Amico se excusa en el libro de las denuncias en su contra, al mismo tiempo relata hechos que lo incriminan, por lo cual sus escritos se pueden leer como la confesión y denuncia de un arrepentido del desmanejo y la corrupción política, acaso el primero de la historia nacional.

En su diagnóstico del crack financiero de la Argentina de fines del siglo XIX, el político “arrepentido” señala: “Aumentó el empapelamiento oficial, el empapelamiento particular de la especulación hecha con los dineros de los Bancos oficiales, papeles de empresas particulares que pasaron de mil millones, pero que se vendían en la Bolsa, servían al juego y al agio y perturbaban las finanzas”.

En su confesión de funcionario fugado, D’Amico asocia la manía nacional de empapelar la economía con la de “traspapelar” los recursos del Estado. ¿Y la falta de honestidad en el manejo de los dineros públicos? En su época había discrecionales, que el gobernador gastaba sin dar cuenta. “Y se traspapelaban quince millones de pesos…”, recuerda en sus memorias.

De ahí a la plata negra de la política, hay un paso. Y la codicia monetaria se lleva puesta cualquier idea de transparencia en el funcionamiento de los partidos y de la dinámica electoral, manchada por el clientelismo y el fraude. La apatía ciudadana, para D’Amico, también tiene precio: “Ese pueblo se conmueve solamente cuando le tocan el bolsillo sin devolverle el gasto con una diversión picante, o una emoción fuerte, o una ostentación que motive el despilfarro.”

Y, en la lógica damiquiana, si se han pulverizado los partidos y sus principios, arrastrando con ellos las grandes aspiraciones humanas, a la maquinaria del poder solo le queda un combustible y lubricante universal: el empapelamiento, legal e ilegal.

“Los que acuden a colocarse bajo la sombra de esa bandera sin colores definidos, en la que sólo se ve escrito el nombre del que manda, son los sueldistas del presupuesto, los procónsules de las provincias, los favorecidos de los bancos oficiales, los contratistas subvencionados por cientos de miles, los traperos de palacio, los mendigos millonarios, que tienden la mano para recoger la limosna del magnate, pero que no pueden cubrir, ni con insensatos despilfarros, la bajeza de su alma. Y todo eso, no ahora solamente. ¡Siempre, de Rivadavia acá!”, sentencia D’Amico.

En tiempos de reflexión electoral, los argentinos volvemos a meternos en el cuarto oscuro con los bolsillos llenos de boletas y de billetes con caras diferentes pero que representan la misma impotencia colectiva: la perspectiva de un futuro devaluado.

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