La catástrofe argentina merecía una campaña electoral menos anodina

POLÍTICA Por Marcos Novaro para TN
05-af-milei-tolosa

Javier Milei es el rostro más patético pero tal vez también el más representativo de una Argentina que se debate entre la impotencia y la bronca. 

Se presenta como un anarco liberal, aunque en verdad lo que nos propone es que lo nombremos dictador con la suma del poder público, para que acabe a las patadas con todos nuestros problemas, aplicando fórmulas tan ostensiblemente inviables como sumar de un día para el otro millones de empleados públicos a la masa ya infinita de desempleados y subempleados, suprimir el Banco Central y que cada quien emita su moneda, o que las calles sean mantenidas por sus frentistas y le cobren por ello a los transeúntes que las utilicen.

En un país donde se han sucedido gobiernos cada vez más débiles en los últimos 10 años, que tuvieron hasta dificultades para mover de un lugar a otro o hacer trabajar a sus propios funcionarios, se entiende haya ganado adeptos esa mezcla de ideas delirantes con insultos homogéneamente distribuidos entre todos los involucrados en dichas gestiones. No se trataría, estrictamente, de un voto antipolítico, sino de una pura manifestación de bronca. Que, convengamos, para la salud de las instituciones puede ser mejor que llevar a la gente a tirar piedras al Congreso, o que los electores se queden en su casa.

Por lo demás, lo que ofreció la campaña fue la constatación de que el oficialismo carece de rumbo, y la oposición tarda en ofrecer uno que no suponga la reiteración de lo que ya se intentó y fracasó.

Hizo bien por lo tanto Victoria Tolosa Paz al recurrir al sexo, y del modo más guarro posible, para llamar la atención. Logró al menos que se dejara de hablar por unos días de las metidas de pata de Alberto y se hablara de su ocurrencia y de quién estaba siendo invitado a gozar con ella, si sus votantes o solo su círculo de funcionarios.

Con todo, más allá del efímero protagonismo discursivo que así adquirió, y que sólo podría sostener si se le ocurrieran todas las semanas frases igualmente escandalosas, las encuestas no indican que le haya alcanzado para sumar muchos votos: se volvió más conocida, pero lo que subió sobre todo fue su imagen negativa, que pasó, de julio a septiembre, de 46,5 a 61,6% según encuestas realizadas por Giacobbe entre votantes bonaerenses. Lo que estaría indicando que la candidata, en vez de destacar y liderar su espacio, apenas logró compartir la suerte del pelotón de dirigentes provinciales y nacionales del FdeT, que en el distrito se distinguen por recibir todos más de 60% de rechazo. Una suerte de marca de identidad.

La pregunta que anda dando vueltas es cómo puede ser que, con ese nivel de rechazo, que afecta tanto al presidente como a su vice y al gobernador, de todos modos el oficialismo pueda aún aspirar a salir primero en la provincia. ¿Es que la unidad del peronismo y la dispersión del voto opositor alcanzan para asegurar esa preeminencia, incluso en condiciones tan precarias como las que ofrecen gestiones de gobierno que no pueden mostrar un solo dato a su favor? ¿Será cierto que, a disgusto y sin ninguna expectativa de que esas gestiones mejoren, un porcentaje suficiente del electorado bonaerense va a mantenerse fiel a este bote que hace agua por los cuatro costados, pero aún les garantiza mantenerse a flote? ¿Tan poca penetración en el voto duro del peronismo bonaerense logran las candidaturas filoperonistas de Randazzo y Santilli, aún en circunstancias para ellos tan favorables?

Por lo que han observado algunos encuestadores, Florencio Randazzo había arrancado bastante bien y llegó a reunir entre 6 y 8 puntos de intención de voto a poco de lanzar su candidatura, pero luego la aparición de Facundo Manes le significó una pérdida de dos o tres puntos. Si el electorado que está en disputa no pasa de esos guarismos y se mueve entre apoyar a alguno de ellos, quiere decir que lo que podían robarle al oficialismo era bastante poco, y este ya lo había perdido antes de que se iniciara la campaña. Hay que ver, de todos modos, si no se van sumando con el paso de los días otros votantes a esa hemorragia, a raíz de la decantación de las metidas de pata de Alberto y compañía. Y el resultado final entonces termina difiriendo del que parecía inamovible.

Es probablemente esa perspectiva la que llevó a Alberto Fernández a hacer una declaración de lealtad “a Cristina, Máximo y Massa” que pintó de modo prístino, por primera vez, cuál es la fuente de autoridad en el oficialismo.

El presidente se reconoció, en el acto del lunes pasado en Tecnópolis, como un gerente que ha caído en desgracia frente a sus contratantes, los dueños de la empresa, y necesita que ellos vuelvan a confiar en él. ¿Por qué hizo explícita esta situación justo ahora, a pocos días de la votación, y de forma tan gráfica?

Podría pensarse que lo hizo para dar a entender que reconoce su situación de debilidad, y ya no va a resistir que le intervengan el gabinete, y los miembros del politburó que desde ahora nos gobernará abiertamente pongan y saquen funcionarios a voluntad en cuanto terminen de computarse los votos. O pueden también leerse esas palabras como una forma de descargar responsabilidades por un resultado que se espera no será muy favorable para el oficialismo: tal vez lo que está dando a entender Alberto es que, si hay que buscar responsabilidades, no empiecen por él, porque acá ha habido “funcionarios que no funcionan” pero también un comando que tuvo la sartén por el mango y no acertó en cómo usarla.

A lo único que ha atinado ese comando en los últimos días es a insistir en que la oposición va a tener que colaborar con ellos en la negociación con el Fondo, y compartir los costos políticos que de ella se deriven, porque, según su interpretación de las cosas, “ellos fueron los que crearon el problema”.

Los líderes de JxC rechazaron de inmediato el convite: en medio de la campaña, no cabía que hicieran otra cosa, claro. Pero, ¿qué van a hacer si, a partir de diciembre suman senadores y diputados suficientes como para condicionar la aprobación de un acuerdo?, ¿usarán ese poder para condicionar la negociación y tratar de llevarla en la dirección que ellos le darían, para bloquearla y debilitar aún más la gestión de Alberto, o la dejarán hacer, sin comprometerse en el resultado de un acuerdo que, según lo que evalúan la mayor parte de los analistas, en el mejor de los casos será provisorio y de dudoso cumplimiento, así que habrá que volver a negociar en 2023?

De seguro esta última es la opción más sencilla de encarar, porque un mal acuerdo será, en cualquier caso, mejor que la ausencia de todo entendimiento, e involucrarse mucho más en las negociaciones, tratando de imponer lo que JxC podría considerar como un “plan de estabilización y reformas consistente” será inviable. Intentarlo supondría que la coalición opositora apurara el diseño de un plan de gobierno y la resolución de su interna. Dos cosas que, como se está viendo en estas elecciones, apenas si están en sus inicios, y con suerte podrán resolverse de acá a 2023.

Es lógico que los electores reclamen, entonces, por la falta de mejores propuestas, de un horizonte distinto, que ofrezca alguna esperanza y algo de certidumbre sobre lo que puede esperarse a continuación. Y ante la falta de respuestas mejores se enojen, amenacen con quedarse en sus casas, o votar con bronca. Pero no deberían olvidar cómo llegamos a esta situación, y que quienes tienen que hacer el trabajo político necesario para sacarnos del pozo no son, no podían ser, mucho más previsores de lo que han sido ellos mismos.

Te puede interesar