Gane o pierda, Cristina se radicalizará

POLÍTICA Por Joaquín Morales Solá para La Nacion
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Se trata más de disparates de la política que de otra cosa, porque la Argentina no es Suiza. Una semana antes de cruciales elecciones legislativas, la inmensa mayoría de los argentinos ni siquiera acepta responder las encuestas. En las mediciones telefónicas, solo un 4 o un 5 por ciento de los consultados acepta responder. Bajó el agua de la pandemia y apareció el país real: con su economía destruida, con una sociedad fatigada por tantas limitaciones, temerosa de perder el trabajo, cansada de que los ingresos no lleguen a fin de mes. El Gobierno creía que la gente lo aplaudiría cuando mermara el riesgo de la enfermedad. Pero se encontró, en cambio, con una sociedad mucho más enojada que agradecida. El masivo cierre definitivo de comercios y empresas, y la fuga del país de importantes empresas extranjeras son espectros de un país que no se veía cuando estaban todos encerrados. Ahora se ven y se sufren. 

En cualquier encuesta, los primeros tres temas de preocupación social son económicos. La inflación, el primero de ellos. El consumo bajó un 20 por ciento en los últimos dos años. Es muchísimo. El riesgo de enfermarse de coronavirus aparece en el quinto lugar, después de la economía y la inseguridad. Una sociedad irritada y retraída puede saltar hacia cualquier lugar o hacia ninguna parte en un domingo de elecciones. ¿Mayor abstención? Puede ser. ¿Un crecimiento del voto en blanco? Es probable. ¿Una buena elección de los candidatos marginales? Es posible. El Gobierno recibió encuestas que lo preocuparon severamente. El 80 por ciento de la sociedad (clase media, clase media baja, la clase social baja y los pobres) está en esa condición de hartazgo y desinterés. No sucedió un estallido como el de 2001, pero nadie sabe cómo se expresará ese fastidio. Las encuestas desaniman al Gobierno, pero ¿impulsarán cambios en la dirección de la sensatez y el pragmatismo? Nadie anticipa nada, porque nadie sabe nada. “La jefa está callada”, dice un albertista. La jefa es Cristina.

La economía y la pandemia fueron gobernadas más por la ideología que por el sentido común. La consecuencia es una economía en crisis y una vacunación que se está concretando tarde y mal. Ninguna fuente oficial explicó hasta ahora por qué hay tantos problemas con la vacuna rusa Sputnik y con el abastecimiento de la anglo-sueca AstraZeneca, las dos mayores apuestas de la administración de Alberto Fernández. La ideología y los amigos. Los países que prescindieron de esas vacunas ya tienen al 60 o al 70 por ciento de sus sociedades vacunadas con las dos dosis. Aquí ese porcentaje llega apenas al 35.

Si se mira con objetividad la historia, debe concluirse que al país lo espera una radicalización después de las elecciones generales de noviembre. Sea cual fuere el resultado. Cristina Kirchner se radicalizó luego de perder las elecciones de 2009, y se radicalizó también después del arrollador triunfo en las presidenciales de 2011. En rigor, ella está convencida de que las cosas están mal (eso lo sabe) porque Alberto Fernández aplicó políticas tibias, sobre todo en la economía. Una derrota o un empate le confirmará que políticas más heterodoxas aun serán una solución. El Presidente no estará en condiciones, en tal caso, de resistir el asedio de su incómoda socia.

Por primera vez en mucho tiempo, el peronismo enfrenta elecciones sin un liderazgo claro. Algo parecido sucedió en 2003, hace casi 20 años, cuando el partido de Perón se presentó a elecciones presidenciales con tres candidatos. El vacío político duró poco. Néstor y Cristina Kirchner impusieron luego un férreo control del justicialismo. Ahora, Alberto Fernández no reclamó el liderazgo que le corresponde a un presidente peronista, y Cristina Kirchner prefirió estar en un plano furtivo la mayor parte de la campaña electoral. La oposición no está mejor. A Mauricio Macri lo llamaron de nuevo, luego de que muchos de sus dirigentes le ofrecieran la jubilación anticipada. Ernesto Sanz está en Mendoza y solo participa esporádicamente.

Elisa Carrió acaba de adelantarse a una denuncia judicial contra ella (una operación “político-judicial” la llama). Hizo una grave denuncia penal por la persecución personal que sufre, aseguró, desde hace 25 años. Culpa a un peronista con un importante cargo parlamentario de la autoría intelectual y a los amigos que él tiene en las dos principales fuerzas políticas. La causa está bajo secreto del sumario. Carrió estuvo el miércoles pasado en Comodoro Py, sede de los tribunales federales penales. Macri, Carrió y Sanz fueron los líderes que guiaron al viejo Cambiemos en las elecciones de 2015. Las elecciones del próximo domingo confirmarán –o no– si Horacio Rodríguez Larreta es el nuevo líder de la coalición opositora. Dependerá de lo que suceda con María Eugenia Vidal en la Capital y con Diego Santilli en la provincia de Buenos Aires, ambos ahijados políticos del alcalde capitalino. Por ahora, las palomas se transformaron en halcones. Los que propiciaban la negociación y los acuerdos se lanzaron a una guerra que no saben hacer. Las encuestas son a veces fotografías, no películas. Una cosa es la sociedad opinando sobre la necesidad de la paz y el diálogo en tiempos no electorales; otra cosa es cuando la gente común ve la oportunidad cierta de cambiar un rumbo que no le gusta.

Una pregunta sin respuesta es por qué no participan de estas elecciones dos figuras con más popularidad que los candidatos impuestos. Uno es Fernán Quirós, que cuenta con más simpatía social que Rodríguez Larreta (y con menos imagen negativa). Cerca de Quirós explican que él es ministro de Salud y que sería una pésima decisión abandonar ese crucial cargo cuando aún la pandemia es un riesgo potencial. Otros señalan que Quirós no decidió todavía si su futuro estará en la política o en la medicina y el sanitarismo. La segunda figura política que no participa es Sergio Berni, mucho más conocido y popular que la primera candidata por el oficialismo en la provincia de Buenos Aires, Victoria Tolosa Paz. Fuentes del kirchnerismo señalan que Cristina Kirchner, amiga de Berni, dejó que Alberto Fernández pusiera la primera candidata. Nadie le discutirá a ella la propiedad de la victoria, si sucediera la victoria, pero ella podrá enrostrarle al Presidente la derrota si ocurriera la derrota. Además, Cristina se asegura siempre el control del futuro. Una victoria de Berni en la monumental Buenos Aires podría llevarlo a este a la convicción de que su destino es presidencial. Eso no está en los planes, por ahora al menos, de la vicepresidenta.

Las encuestas señalan un crecimiento del voto antisistema o antipolítica. Figuran en ese voto de protesta la derecha de Javier Milei y de José Luís Espert y los partidos de la izquierda, mayoritariamente trotskista. Milei se convirtió en la Capital en una especie de moda de los jóvenes. Su fuerte electoral está en los varones de menos de 30 años, según los relativos resultados de las encuestas. Ya ocurrió algo parecido con Pino Solanas en 2009. Fue la moda de los jóvenes y logró, como candidato a diputado nacional, casi el 25 por ciento de los votos porteños. Nunca más repitió solo una elección ni siquiera parecida. Milei y Espert le sacan mayormente votos a la oposición de Juntos por el Cambio. La izquierda poda la fronda electoral del kirchnerismo.

¿Será así? ¿O la abstención y el voto en blanco serán los fenómenos más importantes del próximo domingo? Solo hay una certeza: no se pueden (ni se deben) analizar con parámetros normales los tiempos anormales.

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