Afganistán y los límites del poder

El lunes 30, al despegar de Kabul el último avión evacuando al embajador Ross Wilson y el comandante de las fuerzas militares de Chris Donahue, se selló la retirada final de la misión norteamericana de casi veinte años en Afganistán. 

Una sensación de derrota invadió a propios y extraños. El fiasco de Afganistán ofreció la última postal de una trágica historia circular. La nación más poderosa de la Tierra pareció retornar al punto de partida que siguió a los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando la Administración Bush (hijo) decidió atacar el país que había cobijado a Al Qaeda.

Pero el caótico retiro de Afganistán mostró a Washington hesitante y dubitativo. En un encuentro que hermana a aliados y adversarios, casi la unanimidad de los analistas políticos coincidió en que la debacle en Afganistán importa un duro golpe al orgullo de la que sigue siendo la primera potencia mundial.

Acaso Washington había actuado ingenuamente, tal vez ignorando las permanentes características de esa realidad casi impenetrable que es Afganistán. Un país atrapado entre estados más poderosos como Irán, Pakistán y con una frontera norte con los “stans” de las repúblicas ex soviéticas. Invadido por fuerzas extranjeras desde tiempos inmemoriales, plagado de tribus y sectas y con una historia que en el siglo XX atravesó la monarquía, el comunismo, la invasión soviética, otra guerra civil, el reino del talibán (“estudiantes”) y la operación norteamericana, Afganistán demostró una vez más que sigue siendo un cementerio de imperios.

Para no retrotraernos a las recurrentes y traumáticas invasiones del Imperio Británico durante el siglo XIX, de pronto resulta útil recordar qué sucedió en Afganistán en el pasado inmediato. Un punto de partida que puede situarse en la Navidad de 1979. Aquella en la que el Politburó de Leonid Brezhnev decidió la invasión del país ante la posibilidad de que el régimen tambaleante de Hazfizullah Amin se volcara hacia Occidente, algo inaceptable en la mentalidad paranoica de la Guerra Fría. Una medida que tendría consecuencias de significación para la Unión Soviética y en la que jugarían un rol decisivo hombres como Yuri Andropov (jefe de la KGB y más tarde sucesor de Brezhnev), Dmitri Ustinov (ministro de Defensa), Andrei Gromyko (canciller) y Mikhail Suslov (jefe de Ideología).

Seguramente sin saberlo -y embriagados por la borrachera de petrodólares que inundaron al Kremlin en los 70- los jerarcas soviéticos se embarcaron en lo que se convertiría en uno de los catalizadores de la caída del imperio una década más tarde. La invasión provocó el colapso de la Detente y puso fin a la etapa de coexistencia con los Estados Unidos de la década anterior. En una medida que combinaba importantes dosis de fuerza bruta y escasa astucia, por primera vez el Ejército Rojo actuaba fuera de Europa. De inmediato, la Administración Carter condenó la medida e intensificó el financiamiento a los grupos locales de mujaidines que resistían a los soviéticos, una política que fue desplegada a impulso del influyente asesor de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski.

Una guerra interminable esperaba a Moscú. Una sangría de hombres y recursos drenaría a la Unión Soviética hasta obligarla a abandonar el país convirtiendo a Afganistán en un Vietnam a la medida de los rusos. Poco después de acceder al poder en marzo de 1985, Mikhail Gorbachov admitió que la guerra era imposible de ganar. Cuatro años más tarde, la Unión Soviética abandonó Afganistán en medio de una humillante derrota.

El legendario embajador soviético Anatoly Dobrynin apuntó en su obra “In Confidence. Moscow´s Ambassador to Six Cold War Presidents” (1995) que la invasión a Afganistán no había respondido a “ningún gran plan estratégico diseñado por Moscú con miras a poner un pie en las riquezas petroleras de Medio Oriente” y que había sido simplemente “una reacción a una situación local en la que la seguridad de nuestra frontera sur estaba seriamente amenazada por la creciente inestabilidad interna en Afganistán por la obvia ineptitud del gobierno de Amin”. Crítico de la decisión, Dobrynin sostuvo que la invasión supuso la elección “del expansionismo por sobre la Detente”. Reconoció que el Politburó cometió “un grosero error de cálculo” en el que “ninguno de los líderes soviéticos supusieron jamás que una guerra en un pequeño estado vecino podría durar diez años a causa del levantamiento de una guerrilla de resistencia o que el pueblo ruso tendría que pagar un precio tan elevado...”.

La asistencia de la CIA proveyó armamentos a los mujaidines, a través de Pakistán. Un antiguo hombre de Langley recordó: “Fue una guerra que se peleó con nuestro oro, pero con su sangre”. Pero la historia suele escapar a los designios de los hombres. Tal vez olvidando que aquellas milicias auspiciadas por los EEUU -y sus aliados saudíes- que lucharon contra los invasores de Moscú terminaron tomando el poder entre 1996 y 2001. Seguidores de un salafismo extremo, los talibanes (sunnitas) controlaron el país. Una nueva realidad permitiría conformar un santuario para Osama Bin Laden y su red Al Qaeda (“la base”), desde donde se planificó el atroz atentado del 11 de septiembre.

Fue entonces cuando la Administración Bush (hijo) se entregó a su Freedom Agenda y su política de Nation Building en la que su primera parada sería Afganistán. Un programa que terminaría colapsando dos décadas más tarde en los violentos episodios a los que hemos asistido en las últimas semanas.

Los traumáticos eventos reforzaron la extendida percepción de que los Estados Unidos están en retirada y que Washington ha iniciado un periodo neo-aislacionista. Convicción que a su vez contribuyó a otros desarrollos regionales, derivados de la creciente sensación de los aliados de los EEUU de creer que al final del día solo cuentan consigo mismos a la hora de garantizar su defensa. Una certeza que dio paso a los acuerdos de Abraham entre Israel y las monarquías sunitas del Golfo.

De pronto los hechos parecieron adquirir el carácter de lo inevitable. El embajador Atilio Molteni reflexionó que la política afgana desplegada por los Estados Unidos no pudo determinar un proceso peor. “Fue la más larga de las intervenciones bélicas que protagonizó Estados Unidos. Y si bien es difícil calcular los recursos financieros reales que aprobaron los poderes de Washington, el balance es terrible”. Recordó que al momento de la retirada, las tropas salientes habían dejado en el campo de batalla 2.448 soldados y miles de heridos. Molteni sostuvo que el origen de la medida que adoptó el jefe de la Casa Blanca tuvo origen en el deseo de cumplir con su compromiso electoral, “ya que la opinión pública venía demandando desde 2008 una acción de esa índole”.

La Casa Blanca, desde luego, adjudicó la rápida caída del Gobierno afgano y las escenas caóticas que se vieron en el aeropuerto de Kabul a la rendición casi automática de los desmoralizados militares locales frente al Talibán. Una lluvia de críticas se desparramó sobre el Presidente Joe Biden.

Una vez más adquirió vigencia aquella máxima que enseña que a los gobernantes de este mundo no les está dado elegir en qué circunstancias les tocará desenvolverse. Edward Luce especuló en el Financial Times que Biden estaría atravesando una situación similar a la que atormentó a Carter a partir de la caída del Shah Mohammed Reza Pahlevi y la toma de los rehenes de la Embajada norteamericana en Teherán, dos eventos dramáticos de aquel annus horribilis de 1979.

Lo cierto es que fue a Biden a quien le tocó enfrentar aquella realidad. Tal vez cuando ya era demasiado tarde, los últimos mandatarios norteamericanos comprendieron el dilema en el que su país se había embarcado. Después de todo, el propio Donald Trump había anunciado que no había más “guerras interminables”.

Ya en 2018, el profesor John J. Mearsheimer había anticipado en The Great Delusion: Liberal Dreams and International Realities que no existía ninguna posibilidad de derrotar a los talibanes para convertir a Afganistán en una democracia estable. Y advirtió que el curso a seguir más conveniente que se encontraba disponible consistía en “dilatar” el plazo para que los talibanes, que ya controlaban una importante fracción del país. Mearsheimer adelantó que en resúmen, los Estados Unidos estaban destinados a perder Afganistán a pesar de los esfuerzos militares hercúleos y de haber invertido en su reconstrucción más dinero que el que se destinó en el Plan Marshall para levantar a Europa.

O como dijo el ex embajador en Kabul Michael McKinley en Foreign Affairs “todos hemos perdido Afganistán” tras “dos décadas de errores, faltas de juicio y equivocaciones colectivas” que desembocaron en haberle servido el país a los talibanes en una bandeja de plata.

Una vez más la Historia parece haber demostrado la imposibilidad virtual de construir formas de gobierno al estilo occidental en determinadas partes del mundo. Un observador recordó hasta qué punto había actuado sabiamente el presidente George H. W. Bush (padre) cuando en 1991 aceptó el consejo del general Collin Powell de retirarse inmediatamente de Irak un a vez que la misión de desalojar a las tropas de Saddam Hussein se había completado. Y al mismo tiempo, evocó cómo su hijo George W. Bush y en alguna medida su sucesor Barack Obama habían eternizado una suerte de guerras permanentes en Afganistán e Irak con las consecuencias por todos conocidas.

Acaso habían aflorado las limitaciones objetivas en la actuación de las potencias. Un memorioso recordó cuando poco después del 11 de septiembre, el mítico Yevgeny Primakov había aconsejado a sus colegas norteamericanos “no repetir nuestros errores en Afganistán”. El antiguo canciller y premier ruso recomendó a Washington procurar “actuar en base a una coalición si verdaderamente querían la paz y la estabilidad”. Palabras que recobraron sentido el martes pasado, cuando los talibanes tomaron el control del Hamid Karzai International Airport tras la partida del último avión norteamericano. Motivando al vocero Zabihullah Mujhid a celebrar desde la pista, regocijándose ante la prensa diciendo que “la victoria nos pertenece” y que la derrota norteamericana implica “una lección para el mundo”.

Fuente: Infobae

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