Un mini 2001 con perfume peronista

ECONOMÍA Por Fernando González para Clarin
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 Alberto y Cristina disputan poder en medio de la crisis con cartas y audios virales. Se echan la culpa por la derrota.

 
Hace dos meses, se cumplieron 13 años de la madrugada en la que los Kirchner se quisieron ir. Julio Cobos acababa de votar con voz trémula el histórico “no positivo”, que enterraba la resolución 125 de retenciones a la exportación de granos, y un Néstor furioso le dijo a Cristina “vámonos a Santa Cruz”. La fuga del poder nunca se concretó porque hubo mediadores para evitar aquel colapso. Uno fue el presidente brasileño Lula Da Silva. Y otro fue el entonces jefe de gabinete, Alberto Fernández. 

La carta que Cristina le envió a Alberto en el anochecer del jueves, a través de la vidriera digital de las redes sociales, transmite la sensación de una amenaza flotante. Le da a entender que, si no satisface su pedido de cambios en el gabinete, la alternativa posible es la ruptura. “¿En serio creen que no es necesario, después de semejante derrota, presentar públicamente sus renuncias?”, les plantea a los funcionarios que no funcionan luego de acusarlos de estar “atornillados a sus sillones”.

Cristina se anticipa a las decisiones demoradas de Alberto y revela que fue ella quien sugirió ubicar al gobernador tucumano, Juan Manzur, como jefe de gabinete. Un gambito de dama para poner sobre el tablero la salida de Santiago Cafiero. Y luego se cobra la cuenta pendiente de las fotos y los videos de la Quinta de Olivos con el vocero presidencial, Juan Pablo Biondi, a quien acusa de hacerle operaciones de prensa. ¿La última? Haber difundido en plena guerra de intrigas la aceptación de la renuncia de Wado De Pedro, que luego debió desmentir la secretaria Legal, Vilma Ibarra.

De todos modos, el golpe más estremecedor de Cristina contra la resistencia de Alberto fue al flanco económico. A la Vicepresidenta le da ternura Martín Guzmán. Trata de no herirlo personalmente y lo llamó un par de veces esta semana para asegurarle que ella jamás pidió su renuncia. Pero en la carta habla de “un ajuste fiscal equivocado” y escupe datos como para dejar en claro que el desplome de la economía es el motor inmóvil de la derrota.

No necesitaba hostigarlo más. Horas antes, anticipado en Clarín por una crónica de Natasha Niebieskikwiat, se había viralizado un audio de la diputada kirchnerista Fernanda Vallejos de casi doce minutos dedicados casi exclusivamente a crucificar a la economía de Alberto y Guzmán como el germen de la grieta con el albertismo. “Somos keynesianos y él es neo (no por la Matrix, sino por neoliberal)”, lo ataca Vallejos, en el lenguaje críptico de los economistas.

La estrategia es clara. La culpa de la derrota la tienen los números de Alberto y Guzmán. La obsesión por el orden fiscal y el romance con el FMI. Con esa simplificación, el kirchnerismo intenta pasar por inocente. El extenso discurso de Vallejos en clave de whatsapp es un espejo insolente del texto de la Vicepresidenta. A la carta de Cristina solo le faltan los adjetivos imprescindibles que convierten el audio en una pieza de colección. “Ocupa” o “mequetrefe”, para el Presidente. Y otros para el ministro Matías Kulfas o la nombrada Vilma Ibarra que enriquecen el arte de la puteada.

Al Presidente le toca ahora definir su próxima y definitoria jugada. ¿Acordará la salida de uno, dos o tres ministros con Cristina para buscar un acuerdo, aún a riesgo de transitar debilitado los dos años de gobierno que le quedan? ¿O intentará construir la utopía del albertismo al que jamás se animó cuando las encuestas ubicaban su imagen por las nubes?

Alberto y Cristina juegan al ajedrez en lo más alto del poder mientras la Argentina se sumerge una vez más en la dinámica del derrumbe. Es ese momento del país sin destino en el que la celebridad de un ministro o la de un secretario de Estado duran lo que un suspiro. Solo ellos dos tienen la oportunidad de esquivar un nuevo desastre y evitar que este tiempo sea recordado como un mini 2001.

Como otra zancadilla de la historia. Y esta vez con el perfume deteriorado de la confrontación peronista.

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