Los manotazos de un Gobierno sin brújula que aún no logró procesar la hecatombe electoral

POLÍTICA Por Eduardo van der Kooy para Clarin
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La Argentina ingresó desde este martes, virtualmente, en el tiempo de la pospandemia. Un privilegio que, con exclusividad, ha consagrado en el mundo hace muy pocos días Dinamarca. La novedad fue comunicada a borbotones por el nuevo jefe de Gabinete, Juan Manzur, y por la ministra de Salud, Carla Vizzotti. 

¿Ocurrió algo excepcional en materia sanitaria y epidemiológica que nadie conocía? ¿Terminó nuestro país, de manera súbita, su campaña de vacunación? Nada de eso. Después de pasar más de una semana en estado de inconciencia, por el impacto de la derrota electoral, el Gobierno reapareció dispuesto a complacer a la sociedad. Sin sujetarse a ninguna privación.

La marea de anuncios sobre el fin de muchas restricciones y el relajamiento de otras resultó de tal magnitud e improvisación que indujo a confusiones. Muchos ciudadanos pensaron que podían salir inmediatamente a la calle sin cuidados. La mayoría de las medidas, sin embargo, (entre otras, la reapertura de fronteras) empezará a regir desde el primer día de octubre. Habrá que aguardar la disposición oficial.

El objetivo central del Gobierno es simular el comienzo de un nuevo ciclo para intentar remontar la cuesta hasta los comicios definitivos del 14 de noviembre. A la idea de pospandemia añade una serie de medidas para fomentar el consumo y mejoras. Nadie conoce cómo hará para financiarlas. Evitando dejar dinamitado el camino que falta recorrer hasta el 2023.

Emerge con bastante claridad que ni los Fernández (Alberto y Cristina) ni el Frente de Todos lograron procesar todavía la hecatombe. Al menos de manera integral y homogénea. Hay brújulas distintas.

El Presidente revoleó su Gabinete por presión de la vice. La jefa, oculta en El Calafate, estaría convencida que el mal manejo de la economía y los errores políticos de Alberto habrían detonado la ira de una mayoría social. Axel Kicillof circunscribió todo a los efectos de la pandemia. Nadie hizo una disección de la derrota.

La precariedad de esos análisis y la chapucería de los anuncios estarían en línea con la metodología con que el Presidente resolvió la nueva articulación de su equipo de ministros. Pareció prevalecer un internismo que sacó a la luz varias debilidades. La falta de figuras de talla en el kirchnerismo para ser ubicadas en la línea de fuego. También la oferta morosa de un peronismo que tiene dificultades para reeditar tiempos de mayor florecer.

La Cámpora, cuya batuta tiene el diputado Máximo Kirchner, no pudo aportar un sólo funcionario al nuevo gabinete nacional. Tampoco en Buenos Aires. Se trata de la organización con la cual Cristina aspira a eternizar su proyecto de poder. La excepción fue Eduardo De Pedro: quedó como ministro del Interior, luego de la maniobra de su renuncia declinable con la cual desestabilizó al Gobierno, sólo a raíz de una exigencia de Cristina a Alberto. No pareció una casualidad: los camporistas en funciones ejecutivas (las intendencias de Quilmes, San Andrés de Giles y Mercedes) también fracasaron frente al desafío de las urnas.

La novedad peronista en el teatro del poder nacional pareció Manzur. Tampoco es tal. Fue funcionario en La Matanza, ministro de Cristina y dos veces gobernador de Tucumán. La segunda mitad de su mandato (habrá que verlo) debió dejarla en manos de su rival interno, el vicegobernador Osvaldo Jaldo. El nuevo Jefe de Gabinete replica la pertenencia a un peronismo estructuralmente muy similar al del conurbano.

La vuelta de Aníbal Fernández​

Sabina Frederic, novedad cuando asumió en Seguridad, compuso en este largo año y medio un redondo fracaso. Fue blanco dilecto de la vicepresidenta a través del ministro de Seguridad de Buenos Aires, Sergio Berni. Su sustituto es Aníbal Fernández. El padre de la derrota del 2015 en el principal distrito electoral. En la llamada “década ganada” había ocupado ese cargo. También la Jefatura de Gabinete, la Secretaría General, las carteras de Interior, Justicia y Derechos Humanos y Producción bonaerense.

Nadie podría endilgarle falta de experiencia. Menos inhibición para comunicar y polemizar sobre el tema que sea. La duda en este tiempo de “renovación” oficial sería otra. ¿Cuánto podrá ayudar Aníbal para recuperar caudal electoral? Sobre todo en Buenos Aires.

En esa geografía sostuvo en el 2015 una interna memorable contra Julián Domínguez. Le ganó, aunque fue acusado de fraude. Será ahora desde Seguridad garante del orden en las elecciones que vienen. Domínguez regresó a Agroindustria donde ya estuvo en el plano nacional y bonaerense. El conflicto con el campo permanece, con matices, desde el 2008. Ahora por el cepo a la exportación de carne que hizo célebre Guillermo Moreno. Algo no habría funcionado.

Los cambios en Buenos Aires mostrarían género más atractivo para cortar. Kicillof, por mandato de Cristina, debió admitir la decepción de la experiencia con un equipo propio. Tuvo que desplazar, con un ascenso vacío, a su jefe de Gabinete, Carlos Bianco. En ese lugar desembarcó el ex intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde. En Infraestructura llegó otro ex alcalde, Leonardo Nardini, de Malvinas Argentinas.

Ambos han sido exhibidos como un triunfo de Máximo K. Son peronistas devenidos al kirchnerismo. Pero podrían ser otra cosa según la coyuntura política lo demande. Se trata de la clásica plasticidad del peronismo. Kicillof se apoyará en ellos para buscar mejorar una imagen de gestión que es mala. Hay otro objetivo que excede al gobernador: conseguir que desde las alturas del poder Insaurralde y Nardini movilicen a sus colegas del conurbano para mejorar la votación de las PASO. Sin esa meta, le resultará al Gobierno muy difícil modificar el resultado general.

Todos los movimientos denuncian las dificultades que poseen el Gobierno y la coalición oficial para un reacomodamiento. Y la posibilidad de generar expectativas a futuro, sepultadas por ahora en la frustración colectiva. Se advierte un agotamiento en el dispositivo superior del poder, que conforman Alberto y Cristina. También una dificultad objetiva de que nazca algo nuevo mientras lo existente envejece irremediablemente.

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