Inflación y pobreza, el fracaso cumple medio siglo

ECONOMÍA Por Fernando González para Clarin
critica

Gardel se quedó corto. Sobre todo, cuando decía "que veinte años no es nada”. En la Argentina tampoco significan demasiado cincuenta años. Hay señales de la impotencia que llevan medio siglo, pero que siguen sin encontrar el camino del aprendizaje. La persistencia lamentable de la inflación y el crecimiento sostenido de la pobreza a través de las décadas y de los diferentes gobiernos son apenas dos de las heridas que sangran e impiden encontrar el sendero de la recuperación. 

Para muestra basta un ejemplo previsible para la Argentina e increíble para el resto del planeta. clarin.com acaba de publicar un video de 1973, grabado por Canal 13 y en el que se puede observar a un grupo de mujeres peronistas “de la resistencia” entrar a una carnicería del barrio de Belgrano para vigilar los precios de la carne. A modo de policía barrial, increpan al carnicero e interrogan a una cliente para ver si se cumplen los precios máximos ordenados por el ministerio de Economía de aquel brevísimo gobierno de Héctor J. Cámpora.

Ya se sabe cómo terminó todo aquello. Cámpora duró 49 días y fue empujado del gobierno por quien lo había designado candidato: Juan Domingo Perón. El líder veterano, ya muy golpeado en su salud, gobernó junto a su esposa, la inexperta Isabel Martínez, y a uno de los personajes más trágicos de la historia reciente: el también inexperto en la gestión, pero intrigante y violento José López Rega.

El peronismo de los años setenta matizó una enorme ineficacia en la administración con la violencia institucional en todos los sentidos. Pasó de la economía regulada con José Bel Gelbard al caos desregulado con Celestino Rodrigo. Y los precios máximos, controlados por militantes entusiastas, terminaron en la primera hiperinflación de la historia, iniciando una carrera hacia el derrumbe que maximizó la dictadura militar y no logró revertir ninguno de los gobiernos democráticos desde 1983.

La inflación y la pobreza tuvieron en democracia tres breves períodos de respiro. El año en el que Raúl Alfonsín y Juan Sourrouille implementaron el Plan Austral (1985-1986); los cinco años en los que Carlos Menem y Domingo Cavallo aplicaron el Plan de Convertibilidad hasta que la ficción 1 peso-1 dólar comenzó a desmoronarse con el efecto Tequila; y los tres años en los que Néstor Kirchner y Roberto Lavagna mantuvieron los superávits gemelos (fiscal y comercial), ayudados por el altísimo precio de la soja en los mercados internacionales. Fueron oasis que no alcanzaron para evitar el regreso al desierto de la decadencia.

En su ruta borgeana de fracasos circulares, la Argentina insiste con las mismas recetas que se estrellaron hace apenas cincuenta años. Ahora son la secretaria de Comercio, Paula Español, y la diputada Cecilia Moreau, las que proponen el apriete a los formadores de precios como único método para domar una inflación que, este año, volverá a superar la cifra fatídica del 50%.

La grieta entre economistas keynesianos y liberales se termina cuando todos ellos admiten que el primer paso para terminar con la inflación (y con la pobreza) es gastar menos, o al menos lo mismo que se recauda. Regla básica que aplican en sus hogares todas las familias argentinas, pero que la dirigencia política insiste en vulnerar. Los impuestos, cada vez más altos para compensar el desequilibrio fiscal, los terminan soportando los sectores más pobres.

Por eso, resulta desesperanzadora la carta de Cristina Kirchner en la que acusa por la derrota electoral del Frente de Todos en las PASO al “ajuste fiscal equivocado” que implementó el ministro de Economía, Martín Guzmán. Está claro que el derrumbe económico es una de las grandes razones de la debacle oficialista en las elecciones primarias, pero si el diagnóstico es criticar la prudencia fiscal y apuntar a gastar los fondos sin ningún criterio ni barreras para poder ganar en noviembre, el desastre para el día después de las legislativas está garantizado.

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