Alberto Fernández pidió ayuda a los empresarios y les dijo que Cristina Kirchner apoya un acuerdo con el FMI

ECONOMÍA Por Marcelo Bonelli para Clarin
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Alberto Fernández hacía diez minutos que hablaba de los serios problemas que existen en la negociación con el FMI. El Presidente los enumeró en forma sincera: falta una eternidad para cerrar con Washington. Pero fue muy claro en el objetivo que busca la Casa Rosada: “Queremos un acuerdo con el Fondo”. 

Los comensales pararon de masticar. Era el inicio del almuerzo, con ensalada de palta y langostinos. Francisco de Narváez había rehusado la comida: llegó a la Casa Rosada ya almorzado. Aprovechó y fue hasta la médula: “Existen muchas dudas: la señora vice, ¿también está de acuerdo en cerrar con el Fondo?”.

Alberto no dudó: “Cristina está de acuerdo”. Wado de Pedro no habló. Pero como un padrino miró a todos y asintió con la cabeza. El delegado de la vice en la Casa Rosada avaló los dichos de Alberto.

Hubo alivio entre los hombres de negocios. Después, siguieron con el plato de bife y el budín de chocolate. El encuentro duró casi tres horas. Alberto habló la mayor parte del tiempo. Fue con crudeza. Distante de los embrollos que genera en sus –muchas veces– contradictorias e inentendibles declaraciones públicas.

Clarín confirmó que los hombres de negocios también fueron al hueso. Dijeron que no quieren más sarasa oficial y pretenden saber qué rumbo seguirá la Argentina después de las elecciones.

Se habló de inflación. Se habló de la bomba de la emisión. Estuvo en la mesa el alocado gasto público y se discutió un cambio monetario con dolarización parcial incluida. De Narváez –el empresario que más habló– propuso “un perdón” para atraer a los millonarios dólares que los argentinos tienen en el colchón. Sugirió permitir su curso legal en ciertas actividades: “Hay que explorar una canasta de monedas”.

Fueron temas profundos. Javier Madanes fue más terrenal: habló del cepo y la inviabilidad de una brecha del 90%. Los banqueros hicieron una inquietante descripción de las reservas.

Los máximos hombres de negocios ven que las cosas van a la deriva y temen –y quieren evitar- que entremos en una tormenta perfecta después de las elecciones de noviembre.

Estaban, además de De Narváez y Madanes, Marcos Bulgheroni, Jorge Brito (h), Marcelo Mindlin, Juan de la Serna, Hugo Eurnekian y Alejandro Simón.

Wado los convocó de urgencia. Algunos viajaron desde Punta del Este. Son los que eligen emigrar, para vivir tranquilos, obviar las persecuciones de la AFIP y el hostigamiento antiempresario de Cristina.

La invitación estuvo precedida de un asado íntimo en el quincho de Sergio Massa. El líder del Frente Renovador auspició este acercamiento: fueron Bulgheroni, Brito y De Narváez. Máximo le dijo al trío: “Somos conscientes de que no tenemos márgenes de seguir haciendo pelotudeces”.

Alberto –este martes- pidió apoyo. Pidió ayuda. Pidió que lo comprendan. Juró varias veces que no perseguía a la inversión y la empresa.

Brito expresó que los empresarios quieren colaborar a estabilizar las cosas. Habló de acuerdo y todos pidieron la participación sindical: la intención es hacer un acuerdo que sirva de salvavidas a la gestión de la Casa Rosada hasta el 2023.

Alberto pidió hablar directo con los dueños de las empresas. Criticó a la cúpula de la UIA. Madanes aplaudió la iniciativa: el dueño de Aluar sostiene –desde hace tiempo- que falla la cúpula fabril.

El Presidente buscó sincerarse: “Queremos un acuerdo con el FMI, porque sin acuerdo caemos al precipicio”.

La situación –en verdad- con el FMI está complicada. El encuentro entre Kristalina Georgieva y Martín Guzmán fue cordial, pero intrascendente. Se avanzó poco. Guzmán salió con gusto a nada de su despacho: un lavado tuit de Kristalina y un nuevo pedido de Washington para que la Casa Rosada presente un plan de estabilidad y crecimiento.

La jefa del FMI está golpeada: lejos de un espaldarazo, la decisión del board del FMI la dejó condicionada en su gestión.

Estas situaciones se zanjan de una sola manera en la burocracia de Washington: todos se cubren endureciendo posiciones y volvieron a defender la máxima ortodoxia en el FMI.

Guzmán desaprovechó los tiempos. Tenía todo para cerrar a fines del 2020 y postergó los plazos. El ministro –después– dijo que firmaba en el último marzo, pero dejó pasar otra oportunidad. Ahora, todo es más difícil. Guzmán acusa de su falta de resultados a las posiciones políticas de Cristina y sus relatos anti-FMI. Los tiempos cambiaron en Washington.

El FMI tiene la intención política de cerrar un acuerdo, pero persisten diferencias sustanciales con Argentina. La Dirección del Hemisferio Occidental del Fondo habría elaborado un paper secreto. En ese documento se quejan de que Argentina no termina de presentar un plan global y coherente.

Alberto comunicó el martes con franqueza ese cuadro de situación. Admitió que no están resueltos temas claves con el FMI.

El primero es el referido al plazo de gracia que exige la Argentina. Tampoco se toma en cuenta el reclamo de estirar el plan de pago a 20 años. No existe en los estatutos y nadie piensa en cambiarlos para complacer a Cristina.

El Presidente confirmó a los hombres de negocios que la reducción de sobretasas sigue sin prosperar y en veremos. Ambas son cuestiones políticas. El problema es la ofensiva que existe contra la política cambiaria.

Julie Kozac y Luis Cubeddu –el lunes pasado– reclamaron a Miguel Pesce una estrategia con el dólar consistente. El BCRA –esta semana- logró una victoria pírrica: el supercepo les permitió comprar US$ 500 millones.

El costo es serio: traba a importaciones y las fábricas frenan su actividad. Renault deja de vender su auto más barato en Argentina.

Los técnicos del Fondo objetan la brecha y piden otra política cambiaria: sin brecha y que permita acumular reservas anuales por US$ 5.000 millones.

Se trata de argucias técnicas. En otras palabras: exigen una devaluación. Guzmán se opone. Contragolpeó esta semana: propuso un “crawling peg”. También incluyó un tema urticante en la negociación: Guzmán quiere que el FMI devuelva los DEG que Argentina utilizó para abonar los vencimientos de este año por unos 3.000 millones de dólares.

El tema está abierto. Y es difícil: un ajuste cambiario –sin plan coherente- puede hacer derrapar la economía. Este jueves, Juan Manzur viajó a Manhattan. La misión tiene un objetivo: respaldar los planteos de Guzmán.

A las 10 de la mañana estará, cara a cara, con los hombres de negocios de Wall Street. Será en el Consulado de Nueva York y tendrá que lidiar con preguntas duras.

La aparición de Roberto Feletti no lo va ayudar: el congelamiento de precios no se entiende entre las multinacionales y los bancos de EE.UU. ¿Por qué va a funcionar ahora lo que fracasó este último año? A Paula Español la echaron de la Secretaría de Comercio.

Cristina la acusaba de blanda y su estrategia fracasó: desde hace un año aplicaba controles y la inflación no paró de subir. Este jueves volvió a saltar: 3,5%. La Casa Rosada vive una contradicción: expande el gasto y le da a la maquinita inflacionaria, pero le pone cepo a los precios.

En la intimidad con los Súper, Feletti explicó así la extrema medida: “La situación social es difícil. La gente no tiene dinero. Queremos evitar desbordes en diciembre”.

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