Cuando el culpable es el otro

POLÍTICA Por Joaquín Morales Solá para La Nación
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Hay un rasgo de Alberto Fernández que nunca cambió y consiste en sostener que la culpa es del otro. Su nuevo hallazgo en ese sentido es el problema de la inflación, que fue alta en septiembre y promete ser igualmente elevada en octubre. Los autores de la escalada de precios son los empresarios, sobre todo los que producen alimentos. El Gobierno es, según esa estrategia política y electoral, un ángel inocente que viene a salvar a los argentinos de las garras de empresarios sin alma. El arquitecto de la nueva estrategia es el flamante secretario de Comercio, Roberto Feletti, impulsado por Cristina Kirchner para ocupar ese cargo. 

El Presidente no disiente, a pesar de que acepta de hecho que existe una fractura expuesta con el cristinismo, pero por otra razones. Jamás por buscar un culpable en otra parte. Esa política une al jefe del Estado y a la poderosa vicepresidenta en posiciones comunes. “Después de casi dos años de gobierno, es difícil que la gente les crea que los problemas los crearon otros o que no se resolvieron por culpa de otros”, dice un funcionario que suele frecuentar los principales despachos de la Casa de Gobierno. Y agrega: “Pero la aceptación de que son errores propios sería un suicidio en estos momentos y nadie se suicida en política”.

La negociación frenética de las últimas horas (finalmente abortada) para hacer una lista cada vez más larga de precios máximos tenía como protagonistas a dos actores descreídos del papel que cumplían. Feletti, por su lado, con más ganas de aplicar la decisión con la fuerza de un martillazo que de acordar en buenos términos. Ayer se le sumó la nueva vocera presidencial, Gabriela Cerruti, quien amenazó con que “se tomarán las medidas necesarias” si no hubiera acuerdo. ¿Cuáles son las “medidas necesarias”? El martillazo que anhela Feletti. A su vez, el malestar empresario es evidente en cualquier mesa que agrupe a hombres de negocios, con la excepción de los que van a almorzar con el Presidente llevados por Sergio Massa, Eduardo “Wado” de Pedro y Máximo Kirchner. “Es increíble que el establishment le crea a un mitómano como Massa”, estalló Elisa Carrió poco después de ese encuentro en la cima del poder.

Ninguno de esos empresarios tiene que pelear argumentos en la dura mesa de Feletti. Las grandes organizaciones empresarias, como la UIA y AEA, ausentes de las convocatorias alimentarias del Presidente, saben que la estrategia del Gobierno es desviar la culpa propia hacia la responsabilidad empresarial. Los empresarios se sientan en la mesa de Feletti porque no tienen otra alternativa, pero ya anticiparon que una imposición arbitraria de precios terminará con la decisión de sacar del mercado los productos eventualmente afectados por la resolución del secretario de Comercio. La escasez de productos esenciales podría estar a la vuelta de la esquina. Los empresarios están en las oficinas de Feletti porque tienen que estar, no porque quieren estar. Ningún actor de este drama hace lo que le gustaría hacer.

“No esperamos que nos inviten a almorzar, pero sí que nos dejen trabajar tranquilos y resuelvan ellos los problemas del país”, dice un empresario que, al revés de los que invita el Presidente, no tiene negocios regulados por el Estado; solo invierte y produce. “Ir a verlo a Feletti es como pasear yendo al cadalso”, apunta otro. Las empresas convocadas por el Gobierno son las que fabrican el último escalón de la cadena de productos alimenticios. Más arriba están los proveedores de insumos, a los que también tendrán que congelarles los precios. O los otros tendrán que trabajar a pérdida. Imposible que esto suceda. Un empresario escuchó que a Feletti le comentaban que también habían aumentado los precios de los zapatos. “Por ahora, comencemos con la lista de los alimentos”, le contestó Feletti. Dejó abierta la puerta de un congelamiento general de precios. Ni Guillermo Moreno se animó a tanto.

“Estamos siempre abiertos al diálogo”, declaró Daniel Funes de Rioja, presidente de la UIA y de la Copal, la central de empresas de la alimentación, en el mismo comunicado que denunció que no había ahora condiciones para negociar. Otro empresario lo traduce: “Es imposible negociar cuando el margen de negociación es cero”. Es el margen impuesto por Feletti, alumno dilecto de la escuela guillermomorenista. El economista Hernán Lacunza apuntó que el control de precios no tendrá efectos para el consumidor común y que el error está en el diagnóstico: “El problema no es la inflación, sino la emisión monetaria que la impulsa”.

El Gobierno, en efecto, se equivoca en el diagnóstico y manipula la historia. El sábado último, ante una platea de camporistas arrebatados, Cristina Kirchner aseguró que ni Perón ni su marido muerto habían querido tener relaciones con el Fondo Monetario. Lo de Perón es relativo. El Fondo Monetario se constituyó en 1945 con apenas 28 países. Perón asumió la primera presidencia en 1946 y fue derrocado en 1955. La Argentina se incorporó formalmente al FMI en 1956. Durante la primera y segunda presidencia de Perón, el Fondo no era ni la sombra de la institución poderosa e influyente que llegó a ser con el paso de los años. Más bien era un organismo en fase de construcción.

Es cierto que Néstor Kirchner le pagó en 2005 al Fondo todo lo que el país le debía, unos 9800 millones de dólares. Pero poco después acudió en pedido de ayuda a su amigo Hugo Chávez, entonces cargado de dólares. Chávez le prestó dólares a una tasa de interés del 15 por ciento anual contra el 4 por ciento que cobraba el Fondo Monetario. Claro está: Chávez no le pregunta a Kirchner qué iba a hacer con la economía argentina, como suele hacer el Fondo. Eso explica en alguna medida que durante el período kirchnerista (2003-2015) la deuda soberana del país haya aumentado de 180.000 millones de dólares a 240.000 millones de dólares. El famoso desendeudamiento por parte de los Kirchner forma parte solo de un relato fantasioso.

La preocupación del Gobierno por la inflación se respalda en dos razones. La primera: llegó a la conclusión de que no puede hacer nada para resolverla con la poca confianza con que cuenta y con los números macroeconómicos tan desordenados. La otra: la inflación es el principal problema que preocupa a la sociedad cuando faltan escasos 24 días para las elecciones generales y cuando viene de sufrir una seria derrota en las primarias. La información sobre el estado de la sociedad fue confirmada por una medición de la encuestadora Poliarquía realizada en los últimos días. La inflación y la falta de empleo son los principales problemas de la gente común, asegura el informe.

Pero esas mediciones de Poliarquía encierran otras conclusiones (malas) para el Gobierno. Sostienen en su primer párrafo que “se profundiza el desgaste político del Gobierno y los indicadores de la evaluación de la situación general y económica no mejoran a pesar de los anuncios”. La encuestadora había visto hace algunos meses ciertos indicios de mejora en la imagen del Presidente y del Gobierno, sobre todo después de que se flexibilizara la cuarentena y de que comenzaran a bajar los contagios y las muertes por la pandemia. Eso se “frenó en seco”, afirma. ¿Qué es lo que motivó esa reversión de un clima más favorable para el oficialismo? Según Poliarquía, el hecho que modificó todo fue la difusión de las fotos de Olivos con la celebración del cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yáñez, en momentos en que el país entero estaba en prisión domiciliaria por la peste. La imagen positiva del Gobierno cayó 5 puntos en el último mes y se sitúa ahora en solo el 27 por ciento. La imagen negativa se eleva hasta el 46 por ciento. El 56 por ciento sostiene que el Gobierno no sabe cómo resolver los problemas del país. Este porcentaje aumentó 6 puntos en los últimos 60 días.

La imagen de autoridad del Presidente es la más castigada por la opinión pública. Solo un 8 por ciento cree que Alberto Fernández es quien manda. Por el contrario, un 34 por ciento está seguro de que es Cristina Kirchner quien dispone. El resto estima que existe una lucha por el poder entre ellos. La sociedad mira lo que hay. ¿O, acaso, podía pasar inadvertido que la vicepresidenta le cambió el gabinete al Presidente solo con la redacción rápida de una carta de unas pocas líneas? Nada más que un 5 por ciento de los encuestados menciona al Presidente espontáneamente como su político favorito. Cristina no se queda atrás en el cruel camino del desbande. Su imagen negativa es del 55 por ciento, aunque conserva una imagen positiva del 31 por ciento.

Las recientes revelaciones políticas del Gobierno no contribuyeron a mucho. O a nada. Aníbal Fernández tiene una imagen negativa del 48 por ciento y una positiva del 25. Juan Manzur está mejor y peor al mismo tiempo. Tiene una imagen positiva de solo el 16 por ciento, pero su imagen negativa es menor que la de Aníbal: del 37 por ciento. Por lo demás, bajaron hacia niveles más negativos todos los índices de percepción social. Por ejemplo: el optimismo, las expectativas sobre el futuro y los pronósticos sobre la situación personal. La última línea del informe dice más que todo el resto. La oposición subió a nivel nacional 6 puntos en la intención de voto (del 45 al 51 por ciento) y el oficialismo bajó del 33 al 31 por ciento entre los argentinos que dicen que lo votarán. Por eso la desesperación para buscar a un culpable por el vasto sufrimiento social. Por eso también Cristina Kirchner confía más en la derrota que en la victoria.

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