El Estado, presente o ausente según le convenga a Alberto

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Hay que leerla dos o tres veces para comprobar que es cierto. La carta de Alberto Fernández a la gobernadora de Río Negro, Arabela Carreras, tiene un párrafo asombroso que dice así. “No es función del Gobierno nacional reforzar el control de las rutas nacionales o brindar mayor seguridad a la región”. 

El Presidente se esconde bajo la frazada de la ley 24.059 de Seguridad Interior para escaparle a la responsabilidad de resolver el desafío violento de algunos grupos de origen mapuche. Con lenguaje menos técnico, el ministro Aníbal Fernández prioriza el barrio para eludir el mismo sayo. “No señora, está equivocada, no es nuestra obligación”, explica por radio. La Gobernadora, los rionegrinos y el resto de los patagónicos ahora lo saben. Nadie del Gobierno los va a ayudar en esta encrucijada.

Es impactante el proceso de degradación que viene sufriendo el gobierno de Alberto Fernández desde el resultado adverso en las PASO. Y ese deterioro se advierte sobre todo en el retroceso del Estado en muchas de las decisiones que más impactan en la vida de los argentinos. Los ejemplos sobran.

La pandemia fue la tormenta perfecta para que se produjera este fenómeno de ausencia estatal. El Gobierno impulsó el cierre de las escuelas y de las universidades, como única solución a los riesgos de contagios en los alumnos. Y también impidió el funcionamiento de las empresas y de los comercios condenando a la pobreza a miles de empresarios, de comerciantes y de trabajadores. Donde el Estado se retiraba, quedaban a la buena de Dios quienes necesitaban seguir educándose o trabajando.

Algo parecido sucedió en el ámbito de la salud. El Gobierno hizo una elección caprichosa con la compra de vacunas y retiró al Estado de aquellas ofertas que juzgó inconvenientes por razones ideológicas o por amistad para los negocios. Sólo cuando la Argentina atravesó la barrera inaudita de los 100.000 muertos, y cuando se acercaron las elecciones, Alberto y Cristina cedieron a que las dosis para salvar a los argentinos incluyeran también vacunas de Pfizer o de Moderna. Las de Johnson & Johnson por ahora no llegan.

La seguridad es otro de los escenarios donde el Gobierno manipula extrañamente la presencia y la ausencia del Estado. Utilizó la excusa de la pandemia en las cárceles para liberar a cerca de 5.000 delincuentes en la provincia de Buenos Aires. Todas las semanas, la Argentina comprueba como cientos de esos presos liberados roban, y a veces asesinan, sin que los funcionarios, ni los jueces, ni los fiscales y mucho menos la Policía se conviertan al menos en un obstáculo mínimo y haya algún tipo de protección sobre los ciudadanos indefensos.

Ahora es la amenaza, que ya lleva varios años, de la violencia ejercida por grupos de delincuentes que se abrigan con el legado de los ancestros mapuches. Algunos de ellos lo son. Otros ni siquiera eso. Pero se sirven de la reparación cultural que la Argentina lleva adelante con los pueblos originarios para reclamar e invadir tierras en la Patagonia, y llevar el planteo al terreno de la agresión, a la destrucción de casas o iglesias, o al incendio de un patrimonio histórico como el del Club Andino Piltriquitrón.

Los Fernández le dejaron en claro a la gobernadora Carreras, y a todo Río Negro, que el Estado no estará presente para ayudarlos a defender a la provincia. No está presente en El Bolsón, ni en Villa Mascardi ni en las ciudades de Chubut donde también se produjeron ataques contra la población. Resulta extraño para un Gobierno que se llena la boca y al que le gusta exhibirse como campeón del marketing de la presencia del Estado.

El que sí estuvo presente ante la justicia de Chile fue el embajador Rafael Bielsa. Fue en persona para defender al activista del grupo Resistencia Ancestral Mapuche, Facundo Jones Huala, un argentino condenado a nueve años de prisión en ese país por incendiar una finca habitada. El delincuente presume de ser un jefe aborigen y no reconoce al Estado argentino ni al chileno. Esa es la gran paradoja de este gobierno, cada vez más debilitado. La del Estado presente, que se ausenta sin remordimientos, cuando al Presidente, a Cristina o algún funcionario simplemente les conviene.

Fuente: Clarín

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